Una de las respuestas a la propuesta de decidir democráticamente la próxima sede es que el “espíritu” del Encuentro es el consenso. ¿Verdad o la excusa para justificar una imposición burocrática?

Celeste Murillo @rompe_teclas
Jueves 13 de octubre de 2016
El acto de cierre del Encuentro Nacional de Mujeres estuvo cruzado por la imposición de un sector de la Comisión Organizadora de la próxima sede en Chaco. Una de las respuestas a la voz que creció en los talleres de Rosario, de decidir democráticamente, es que el consenso es el “espíritu” del Encuentro y que votar significaría su liquidación.
¿Cómo funciona el consenso?
Quienes estuvieron en Rosario habrán escuchado a algunas coordinadoras y mujeres que visitaron los talleres “aclarando” que en los Encuentros de Mujeres no se vota porque la “tradición” es el consenso. El argumento para defender ese funcionamiento es que el método del consenso permite un debate más rico y mejores conclusiones. Cuando existe acuerdo sobre temas generales como la necesidad de conquistar el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, pelear por la absolución definitiva de Belén o fortalecer el movimiento contra la violencia machista, el consenso no parece ser un problema.
Pero, ¿qué sucede cuando hay dos o más visiones sobre un tema? ¿Qué herramientas tiene el movimiento de mujeres para expresar lo más democráticamente posible esas visiones que enriquecen el debate y fortalecen las conclusiones? ¿O es lo mismo que se expresen por igual las ideas que defiende la mayoría, la minoría o una sola persona, como sucede en las conclusiones generales de los talleres?
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Ante la existencia de más de una visión, no es extraño que surja la propuesta de expresar las ideas de la mayoría y la minoría. Esto se consigue concretamente votando. Sucede en las asambleas de trabajo, en las estudiantiles, sucede incluso en las asambleas de consorcio de los edificios porque es una forma práctica de alcanzar acuerdos cuando hay diferentes visiones.
¿Significa que se anula la posibilidad de llegar al consenso? En absoluto, y siempre que sea posible puede ser una vía económica para el debate. Pero deja de ser una herramienta útil cuando es utilizado como una justificación para silenciar a las minorías. Y lo más peligroso es cuando se usa para justificar el silenciamiento de una diferencia o, peor, de una mayoría.
La trampa de “votar es dividir”
Pero la trampa del consenso no termina en la eliminación de las diferencias mediante el silenciamiento de las diversas posiciones en los casos en los que no hay acuerdo. Existe otro problema incluso mayor que es el de la masividad. El método del consenso sigue funcionando (no sin cuestionamientos como sucedió este año en Rosario) en ámbitos como los talleres, que agrupan a entre 50 y 100 mujeres. En grupos pequeños es posible buscar vías para acordar, pero incluso en esos mismos lugares más de una vez se traban las discusiones cuando no hay acuerdo. ¿Qué hacer?
En los hechos, presionar por el consenso expulsa a aquellas personas que opinan distinto, silencia a las minorías o, al contrario, disuelve el peso de la mayoría al ponerla al mismo nivel de todas las visiones existentes. Si en un taller de 50 personas la puerta está cerrada y hay 30 que creen que hay que abrirla, 14 creen que debe quedar cerrada, 3 quieren romperla y 3 quieren pintarla, ¿cómo se resuelve la cuestión si no se alcanza el consenso? Si todas las visiones son válidas y no hay acuerdo, ¿qué hacer con la puerta? Existe un escenario peor: la puerta sigue cerrada durante todo el debate y nunca se abre porque no hay consenso.
Las cosas por su nombre: consenso de minorías es burocracia
Eso fue lo que sucedió en el cierre del Encuentro Nacional de Mujeres, con un aditamento. Como se vio en el video publicado por La Izquierda Diario, un sector de la Comisión Organizadora, el PCR y Patria Grande, tenían una decisión tomada en caso de que las compañeras estuvieran “superadas”, según palabras de la entrevistada. Es decir, sin importar lo que dijeran los talleres o el acto de cierre, incluso mediante el método desopilante del “aplausómetro”, la sede elegida sería Chaco.
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Este hecho abre otro interrogante, antes de cuestionar el método del consenso. ¿Por qué es ignorada la enorme mayoría de las mujeres que participan del Encuentro, en su corazón que son los talleres, a la hora de elegir la sede? ¿Por qué ese tema nunca se pone a discusión en los talleres? Un sector de la Comisión Organizadora responde al planteo de buscar medios más democráticos con la “tradición”, ¿tomar la decisión –de forma cuestionable– cuando no está la mayoría del Encuentro también lo es?
Existiendo otras instancias en las que participa la mayoría del Encuentro, ¿por qué dejar para el último día en un espacio mucho más difícil para discutir (como son en general los actos al aire libre o en lugares amplios), sin sonido ni lista de oradoras que pueden plantear sus argumentos a favor y en contra de la próxima sede? ¿Si compartimos dos días enteros por qué esperar al momento en el que muchas mujeres deben volver a sus provincias, retomar el trabajo y el estudio para decidir la sede?
Entonces, si no se expresan las visiones diferentes y no se busca el consenso entre la mayoría del Encuentro, ¿entre quiénes es el consenso? Entre algunas organizaciones de la Comisión Organizadora, como nos demuestra una vez más nuestra “amiga brutalmente honesta” del video. No nos sorprende el verticalismo papal del PCR (que no se pone colorado cuando dice que comparte la visión del mundo con Bergoglio), pero sí resulta chocante de las compañeras de Patria Grande, que en su discurso bregan por la horizontalidad. Y sorprende más aún cuando no se respetan siquiera los métodos que se justifican con la “tradición”, como el aplausómetro, un verdadero sinsentido que, sin embargo, también es ignorado cuando arroja un resultado que no agrada a un sector. O la Comisión Organizadora se considera una minoría calificada (¿meritocracia?) o prefiere los métodos burocráticos con el pretexto de que “las compañeras están superadas”.
No por casualidad la forma asamblearia, donde se expresan todas las visiones con el peso que le otorgan las personas que las apoyan, es la que han elegido a lo largo de la historia todos los movimientos de lucha. La votación no divide, solo muestra la diversidad de opiniones y otorga un medio para organizarse. El consenso, como demostró el Encuentro Nacional de Mujeres, tiene muchos límites y cuando esos límites no son superados por otras formas más democráticas solo favorecen los acuerdos a espaldas de las mayorías.

Celeste Murillo
Columnista de cultura y géneros en el programa de radio El Círculo Rojo.