Martes 20 de marzo de 2018

Como era de esperar, Vladimir Putin fue reelegido presidente de la Federación Rusa. Detrás de su aparente fortaleza y de la de su régimen fuertemente bonapartista, gobierna un país débil, asolado por los bajos precios del petróleo y el aumento de los costos de defensa, una combinación que desencadenó el colapso de la Unión Soviética.
En lo que va de su mandato, Putin ha sido un hábil jugador de ajedrez que, consciente de su situación, ha utilizado las contradicciones y debilidades de Occidente para aparecer más fuerte y temido que lo que es. En su próximo (¿y probablemente último?) mandato, se espera que se mantenga el eje con China, que actualmente es conveniente para ambos países y que se ha convertido en vital para Moscú con el creciente aislamiento de Occidente.
Así, el acuerdo firmado el pasado mes de noviembre entre el grupo petrolero ruso Rosneft y el CEFC China Energy para suministrar a China más de 60 millones de toneladas de crudo ruso en cinco años está en funcionamiento desde el 1 de enero de 2018. Sin embargo, para Putin es vital romper elfrente entre los Estados Unidos y la Unión Europea que se ha vuelto a soldar por el litigio por el atentado contra el ex espía ruso Sergei Skripal y su hija, envenenados con un tóxico militar que Londres identifica como puesto por Moscú. Para eso deberá saldar la creciente presión norteamericana sobre Europa que busca cortar toda salida estratégica al este para Alemania, presión que se ha intensificado con Trump detrás también del objetivo de Estados Unidos de debilitar a Rusia como competidor en el mercado energético europeo.
Así, en política exterior, mientras intenta cerrar la crisis siria luego de haber ganado la guerra tratando de construir una paz que garantice a Rusia una posición duradera como actor de primer orden en Medio Oriente -con bases militares y de acuerdo con Irán y posiblemente Turquía-, su centro de gravedad será buscar una salida a la crisis ucraniana. Mientras considera que Kiev, capital de un “estado fallido” está perdida, el sureste de Ucrania se está convirtiendo en un nuevo conflicto congelado a un alto coste económico y político para Rusia.
Por ahora, la táctica parece ser molestar a Occidente en la medida de lo posible, contando con la fatiga europea y el deseo de alcanzar un compromiso. Para el líder ruso este acuerdo es esencial para lograr un levantamiento de las sanciones y la entrada de inversiones que permiten modernizar su economía muy dependiente del petróleo.
Pero a diferencia de sus anteriores mandatos, el plano interno podría ser una línea de mayor inestabilidad. Putin se presenta como un líder que está por encima de los desacuerdos partidarios y políticos, que ha "sacado a Rusia de su destrucción", que ha restringido a la oligarquía y ha asegurado el bienestar de los ciudadanos. El putinismo pudo consolidarse gracias al recuerdo traumático que significaron la década que siguió a la disolución de la ex-URSS y la política abiertamente pro imperialista de Yeltsin, que alentaba una relación de completa subordinación a las potencias imperialistas. Fue en ese marco que se estableció un pacto de estabilidad y de cierto bienestar a cambio de silencio entre el Kremlin y sus ciudadanos.
Pero lo novedoso, según Vladimir Petukhov, director del Centro de Investigaciones Sociales Complejas del Instituto de Sociología de la Academia Rusa de Ciencias, en diálogo con el periódico en línea Gazeta.ru, es el "cambio bastante brusco de la larga tendencia de más de una década de búsqueda social de estabilidad a la búsqueda del cambio", que se había producido durante los últimos meses. Entre octubre de 2016 y octubre de 2017, el número de partidarios del cambio aumentó del 39 por ciento al 52 por ciento. Según el historiador y politólogo Valerii Solovei, "por primera vez en los últimos 25-26 años en Rusia, la búsqueda del cambio supera la búsqueda de la estabilidad. Y esto entre todos los grupos sociodemográficos".
Este aumento de las expectativas de la población rusa que no tiene expresión electoral al no existir una alternativa progresista a Putin – el Partido Comunista que salió segundo con un 12.26% de los votos iba representado por un gran multimillonario- puede ser la piedra de toque del nuevo zar ruso.

Juan Chingo
Integrante del Comité de Redacción de Révolution Permanente (Francia) y de la Revista Estrategia Internacional. Autor de múltiples artículos y ensayos sobre problemas de economía internacional, geopolítica y luchas sociales desde la teoría marxista. Es coautor junto con Emmanuel Barot del ensayo La clase obrera en Francia: mitos y realidades. Por una cartografía objetiva y subjetiva de las fuerzas proletarias contemporáneas (2014) y autor del libro Gilets jaunes. Le soulèvement (Communard e.s, 2019).