Según cifras oficiales, la crisis sanitaria trajo como consecuencia que se duplicara el desempleo entre las mujeres.

Joss Espinosa @Joss_font
Jueves 22 de octubre de 2020
Se confirma lo que pronosticábamos para las mujeres trabajadoras: la pandemia y la avaricia patronal han dejado a miles de mujeres sin empleo.
Según datos del Inegi, en su Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), en Marzo de este año la desocupación entre las mujeres rondaba un 3 %, es decir previo a la pandemia. Esto representaba que 688 mil mujeres estaban sin empleo o buscando uno.
La desocupación llegó a un 6.34% para julio, es decir en cuatro meses se duplico la cantidad de desocupación en las mujeres, que equivale a un millón 245 mil 028 mujeres. Esto representa un enorme retroceso en la inserción en el campo laboral por parte de las mujeres.
Algo similar comenzaba a vislumbrarse ya que, del más de millón de empleos formales perdidos que reportaba el IMSS en los primeros seis meses, el 60 % era hacia mujeres.
A esto se suma que en dichas cifras oficiales, tanto del Inegi como del IMSS, no figura la pérdida de ingresos de todos los empleos informales que quedaron arruinados durante la pandemia: pequeñas comerciantes, vendedoras informales e incluso trabajadoras domésticas.
Es aún más alarmante si pensamos en todos los hogares que están encabezados por mujeres y solo se sostenían de dicho sueldo. A esto se suma la imposibilidad de muchas mujeres de reincorporarse al campo laboral de manera formal debido a la carga de tareas reproductivas, en el hogar y de cuidados, que en medio de la pandemia creció enormemente, por el cuidado de niños y niñas debido a que están cerradas las escuelas, el cuidado de adultos mayores y enfermos, así como las tareas de limpieza, cocina, entre otras.
Te puede interesar: Multitask: eufemismo que oculta el cansancio de las mujeres
Te puede interesar: Multitask: eufemismo que oculta el cansancio de las mujeres
¿A que responden estas cifras?
Históricamente, desde que las mujeres nos integramos al campo laboral de manera masiva, lo hicimos en las peores condiciones.
Por un lado se dio la introducción de las mujeres en los gremios que representan tareas reproductivas en el ámbito productivo; es decir, las tareas de limpieza o intendencia, educativas, de cuidados, producción de alimentos, etc. Ramas altamente feminizadas y precarizadas. En muchas de ellas priman los bajos salarios, la inestabilidad y la falta de derechos laborales.
Por otro lado, estamos expuestas a la brecha salarial, que representa no solo la desigualdad salarial pese a que realicemos las mismas tareas que los varones y con la misma capacitación; también expresada por la ocupación de los trabajos más precarios o por no poder acceder a ascensos. Esto tiene como consecuencia una brecha salarial entre hombres y mujeres del 21 % en México.
Esto que parece invisible e impensable, es una realidad que se mantiene para millones de mujeres, algo que no solo nos afecta a nosotras, sino que somos utilizadas por las patronales para presionar los salarios a la baja para el conjunto de la clase trabajadora. Si un varón no accede a una rebaja salarial, detrás hay muchas mujeres que accederían a ese trabajo, incluso por menor paga. Esto se sostiene a través de prejuicios patriarcales que nos relegan a las mujeres únicamente al ámbito privado y de las tareas domésticas, siendo nuestro ingreso al campo laboral un “extra”.
Hay que contemplar que muchas mujeres también por estar atenidas a las tareas del hogar, no pueden entrar a un empleo formal, teniendo como opción trabajos informales como los antes descritos.
Por último, la feminización y precarización de gremios como el sector maquilador. Muchos analistas sobre el fenómeno de la maquila en la frontera norte, han señalado que el fenómeno del ingreso de miles de mujeres a las maquilas, se dio dadas sus “condiciones fisiológicas” para realizar ciertas tareas que se requieren en dicha industria, así como el aprovechamiento que hicieron de las necesidades de miles de mujeres que quedaron al frente de sus familias y necesitaban alguna fuente de ingresos.
Todas estas condiciones de precarización e inestabilidad, generan que las patronales tengan todas las posibilidades para que de un plumazo dejen en la calle a miles de mujeres.
Te puede interesar: Ser mujer maquiladora en tiempos de coronavirus
Te puede interesar: Ser mujer maquiladora en tiempos de coronavirus
Doblemente explotadas, doblemente peligrosas
Las mujeres no solo vivimos el desempleo y la precarización. De la mano del deterioro de las condiciones laborales también aumenta la violencia hacia nosotras; con los feminicidios y desapariciones en aumento, queda claro que en los marcos de este sistema vivimos de manera más cruenta las crisis.
Por otro lado se suma la negativa de derechos democráticos, como el derecho al aborto, que sigue cobrando la vida de miles de mujeres al año.
Pero a contra mano de estas condiciones, en los últimos años hemos visto el emerger de un potente movimiento de mujeres, que comienza a alzar la voz contra la violencia patriarcal que permea todos los ámbitos en los que nos desenvolvemos.
Más allá de que este incipiente movimiento ha sido muy importante y ha puesto sobre la mesa la denuncia de que no queremos a ni una menos por feminicidios ni por abortos clandestinos, es importante que dicho movimiento voltee a ver a aquellos sectores que viven la opresión de forma más brutal, es decir, las mujeres trabajadoras que hoy sufren la consecuencia de los despidos, o que están en la primera línea enfrentando la pandemia, en las peores condiciones laborales y sin los insumos necesarios como el sector salud.
Desde nuestra perspectiva, el movimiento de mujeres debería unir las demandas contra la violencia y la precarización, identificando que como grandes enemigos tenemos a las patronales que despiden y recortan salarios, a la burocracia sindical que pacta con las patronales para que esto suceda, y el Estado que permite que la crisis sea descargada sobre nuestras espaldas.
Y en ese camino también tejer una alianza fundamental con el conjunto de la clase trabajadora que hoy también padece los estragos de la crisis. Un movimiento de mujeres con las trabajadoras al frente, que de forma independiente al gobierno y a la derecha, de la mano de la lucha contra la violencia, pelee porque no haya ni un despido más, para revertir los que ya se efectuaron, que paren los sectores no estratégicos con licencias pagadas y por conquistar los mínimos derechos laborales.
Estas demandas deben estar al frente de cara al próximo 25 de Noviembre, día internacional de lucha contra la violencia hacia las mujeres, en el que nos apostaremos a volver a tomar las calles, contra la violencia, la precarización y la represión.
Esa alianza, de la mano de retomar las calles y la unidad de las demandas, podrían ser pasos firmes para avanzar en la denuncia de las condiciones estructurales que permiten la violencia feminicida y la precarización, y conseguir que esta vez la crisis no la paguemos nosotras ni nuestras familias.