¿Qué pasa en las sesiones de los templos gobernados por pastores con tonada brasileña? ¿Qué pregunta y qué responde el dueño del altar a quienes llegan con la desesperación de una enfermedad incurable o una adicción? Un relato sin milagros, probablemente dictado por Satanás.

Rodrigo Lescano Redacción Zona Norte Gran Buenos Aires @lescano559
Jueves 8 de diciembre de 2022

Siempre paso de canal cuando aparecen a la medianoche las publicidades de “Pare de Sufrir”, el nombre con el cual se conoce al programa televisivo de la Iglesia Universal del Reino de Dios. Hasta que la instalación de uno de sus templos a unas cuadras de mi casa me despertó la curiosidad de averiguar cómo se fabrican los milagros.
Apagué el cigarrillo antes de entrar al templo de la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD). Un cartel pegado a la puerta me dice los horarios de las diferentes sesiones (lo que los católicos llaman misas) que hay en la semana. La Iglesia atiende de lunes a domingo, desde las 8 hasta las 20. Cada día es para una temática particular. Por ejemplo, los lunes se dedican a las dificultades económicas, mientras que los jueves se realiza la “Terapia del amor”, un espacio para hallar la armonía en el hogar. El martes es para quienes se encuentran mal de salud.
Abro la puerta de vidrio. El blanco predomina en todo el ambiente. No hay cuadros de Jesús ni cruces. Solo un pasillo, interrumpido por un hombre sentado en un escritorio. En éste no hay computadoras ni teléfonos. Solo volantes a color con información de las reuniones y las actividades que realizan. El señor, un joven que tendrá menos de 30 años y quien está vestido de saco y corbata (como si fuese un guardia de seguridad de un local bailable), me invita a girar a la derecha. Me aclara que, en el caso de sentirme incómodo, me puedo retirar en cualquier momento.
Debo aclarar que es la primera vez que entro a un salón de reunión de una iglesia evangelista, algo que además se muestra poco en las transmisiones televisivas de trasnoche. Las paredes son lisas. No hay ventanas ni vitrales como habría en cualquier parroquia o capilla. Solo veo butacas y un altar. Las luces prendidas refuerzan el blanquecino de una atmósfera donde predomina el silencio. Un mar de butacas, separadas por un corredor, hace que se sienta alejado el altar. Me voy a la tercera fila de asientos. Son tan cómodos como los del cine.
Miro a mi alrededor. Hay solo 9 personas sentadas. No dicen nada. La mayoría son adultos. Trato de contar los asientos. Tranquilamente doscientos fieles pueden ubicarse en ellos. Observo el altar. El atril de madera tiene una cruz dorada en su centro. Al fondo, se encuentra una representación del Arca de la Alianza, el cofre de madera cubierto de oro que, según la Biblia, contenía las dos tablas de piedra de los Diez Mandamientos. Su color dorado rompe con lo blanco descripto anteriormente. Mis ojos se detienen profundamente en el arca. Me siento Indiana Jones, cuando en la primera película de su saga, queda atónito al encontrarla antes que los nazis.
Mi concentración se interrumpe cuando las luces bajan y sólo queda iluminado el altar. Una voz femenina grabada invita a todos a apagar los celulares y nos recuerda que está prohibido grabar en cualquier formato, así como también charlar con el de al lado. De repente, empieza a sonar una canción suave como las que pasan en las radios evangélicas. La puerta que decía “Privado” se abre por primera vez y el pastor Hugo sube con toda la energía al altar. Su presencia impacta. Su camisa no tiene ninguna arruga. Su corbata rosa está lisa como la madera de la mesa donde me encuentro escribiendo esta crónica. Sus zapatos brillan como los de un bailarín de una destacada orquesta de tango. Comienza el show.
Todo es espiritual
El pastor Hugo no se queda quieto. Se mueve por todo el altar. No usa micrófono. Con voz potente y tonada brasileña, nos invita a los presentes a que nos acerquemos a Dios, al Hijo y al Espíritu Santo. La plegaria comenzó. Hace hincapié en que los milagros pueden ocurrir. Los feligreses se paran y se acercan al altar por pedido de él. Nos entrega a cada uno el Salmo 23 y lo leemos en voz alta. Este salmo menciona que “el bien y la misericordia” seguirán todos los días a quien es guiado por el “Señor”.
Hugo hace su predicación. Todo el tiempo refuerza en su discurso la idea de que la salvación solo es a través de la fe. Sin embargo, no hace un monólogo como se esperaría de un sacerdote católico. Le pregunta a cada uno de los presentes, los cuáles seguimos parados de frente al altar, por qué estábamos allí. Un señor de canas cuenta que tiene dolores en la cintura, otro –teniendo una foto de su familia en sus manos- detalla su cáncer y una jubilada resalta sus dolores estomacales. El más joven de los presentes expresó que se sentía bien, un matrimonio comentó que estaba con problemas económicos y una señora lloró porque no sabe qué hacer ante la internación de su esposo.
La sesión se interrumpe por un instante. Llega a la sesión una joven madre soltera, la cual denuncia que padece violencia de género. Todos la miramos. Se quiebra en llanto ante la mirada de su hija pequeña que la acompaña. Se sienta porque no aguanta el dolor de su situación. Nadie toca a nadie. No hay abrazos, palmadas en el hombro ni palabras de aliento. Solo importa la “salvación” que da el pastor ante cada problema contado. Para él, los problemas de salud son “espirituales” y, para sanarlos, no hay que apartarse del camino de Dios, el Hijo y el Espíritu Santo, ya que pueden ocurrir “milagros”. La palabra Amén se repite a cada instante y es dicha por todos.
Cuando llega mi turno, le cuento mi adicción al cigarrillo. Me contesta que mi problema es espiritual y que, a pesar de que “la Organización Mundial de la Salud sostiene que las adicciones no tienen cura”, puedo superarlo. Tanto mi tabaquismo como los padecimientos contados están cruzados por el diablo, el mal o algún tipo de brujería. Solo pueden ser superados por “la fe y la comunión del Evangelio, observando los mandamientos del Señor, dirigidos por su Espíritu, por su Palabra y por su Nombre”.
Fui exorcizado
El momento de predicación todavía no ha terminado. El pastor Hugo nos obliga a cerrar los ojos y llevarnos el salmo a la zona del cuerpo en donde tenemos dolor. En mi caso, elijo la boca. Arenga frases que atraviesan temáticas como el sacrificio, el acto de fe o la entrega total a Dios. Intento abrir los ojos pero el conductor del ritual me pide que los cierre.
Comienza a hablar sobre cómo el “diablo” actúa a través de nuestros pensamientos. Se baja del altar y toca la cabeza de un creyente. Se queda unos segundos y pide que los males se alejen de su cuerpo. Hace lo mismo con cada uno de nosotros. Este procedimiento se conoce como “curación por la fe”: el pastor, al ser concedido por Jesucristo como autoridad espiritual, puede curar a los enfermos y expulsar a los demonios. Por medio de sus manos, el pastor puede sanar los males de la persona como lo hicieron, según el Nuevo Testamento, Jesús y los apóstoles.
El pastor pregunta a los fieles cómo se sienten. Ellos expresan que se sienten aliviados, más tranquilos. En mi caso, finjo que me “liberé” de una presión. Hugo hace chistes y todo el tiempo nos hace repetir frases que finalizan con la palabra amén o nos pregunta “¿Es cierto o no?” Es una forma de controlar que estamos siguiendo su mensaje. Nuestros cuerpos son controlados por él. Pide que pongamos las manos en alto y que apuntemos a nuestras casas. Grita “Sal de ahí” y todos con nuestros brazos realizamos un movimiento como si expulsáramos algo. Explica que esto se hace para que el “mal” se vaya de nuestros hogares.
Intenta convencer de que lo que ocurre es gracias a la Palabra de Dios. Fue por esta figura divina que llegamos a las puertas de la Iglesia. Nos persuade de que, para solucionar nuestros problemas económicos, espirituales y físicos, debemos concurrir al templo.
Para demostrar que los milagros se cumplen, Hugo hace hablar a una jubilada que cuenta que, gracias a sus oraciones, su nieto pudo salvarse de la muerte. Luego, la madre soltera trae una anécdota en la cual su hija recibió una descarga eléctrica, lo que la dejó en terapia intensiva. Los médicos no esperaban que se salvara pero, al invocar a Dios con sus oraciones, sus órganos volvieron a la normalidad en menos de 24 horas. Ir al Reino de Dios trae sus beneficios.
Mi primer pacto
La ceremonia está concluyendo. Luego de rezar parados tocando el altar, el pastor entrega a cada uno de los presentes un tríptico dividido en siete partes para que todos los martes que vayamos pongamos algo que nos aflija y lo dejemos en el altar. Invita a que colaboremos económicamente con un diezmo para conseguir mayor prosperidad en nuestras vidas. Recuerda que no es obligatorio poner dinero pero dice que Dios proveerá más bienestar si lo hacemos. Muestra una canasta de mimbre y la deja en el altar. También hay sobres. Allí se acercan los fieles y realizan su donación. Me acerco sigilosamente y pongo una moneda de cinco pesos.
Hice mi primer “Pacto con Dios”. Mi “sacrificio económico” me traerá prosperidad económica y bienestar en mi salud. El incumplimiento de ese “pacto” puede convertirse en la causante de mi infelicidad, pobreza y sufrimiento. Este concepto está apoyado en la teología de la prosperidad, donde la obligación es dar como mínimo el diezmo, esperando que Dios te devuelva ese esfuerzo en vida. Y si esto no se cumple está la figura del Diablo que se ocupa de aterrorizar a los fieles.
Hugo está en el altar y saca una pulsera. Pregunta quién va a volver el jueves que se realiza la “Santa Cena”. A los que afirman positivamente, se les entrega. En mi caso, no me la da porque le dije que estaba con exámenes. Me invita a que vaya el domingo al templo. Para terminar, saca una copa con aceite de oliva, la cual representaría el Espíritu Santo. Pone sus dedos en ella y toca la palma de la mano de cada fiel. Es una forma de salir protegidos del diablo. Es conocido que la IURD entrega diversos objetos que los considera como amuletos mágicos que liberan al individuo de una enfermedad o resuelven un mal pasar económico.
A la “derecha” del Señor
Algo que me llamó la atención de toda la reunión es que no hubo menciones a recompensas en el paraíso o amenazas de ir al infierno. Es que para la iglesia Universal del Reino de Dios, las llamas del inframundo y la paz del Jardín del Edén están aquí en la tierra. La “cura divina”, la “liberación de los espíritus malos” y la prosperidad económica como fruto de la bendición de Dios son los ejes de una doctrina donde la única gratificación que importa es la momentánea, la que resuelve los problemas personales, familiares o laborales, sean de orden emocional o económico.
Al igual que la derecha neoliberal, la teología de la prosperidad sostiene que el éxito personal se consigue de manera individual. Cualquier tipo de realización se hace por fuera del espacio colectivo. Aquí aparece el vínculo con figuras de derecha como Trump o Bolsonaro, quienes en sus gobiernos predicaron la meritocracia como forma de enfrentar los problemas del capitalismo. En una entrevista para La Izquierda Diario, Ariel Goldstein, sociólogo del Conicet y autor del libro "Poder evangélico", expresó que parte de la cosmovisión de la IURD es el esfuerzo individual y la fe. “Había una publicidad de la Iglesia Universal que decía que ‘la pobreza no es una condición social sino un mal espiritual ́. Hay una lectura que se difunde entre los creyentes de que no existen más actores sociales, sino distintos individuos que tienen fe y luchan por oportunidades”, aclaró.
En su libro, Goldstein menciona la idea de las “iglesias shopping”, donde el fiel es un consumidor de los productos que le ofrece el templo. Esto ha permitido que haya pastores que hicieron enormes fortunas con las donaciones de los fieles y el consumo de objetos religiosos. El sociólogo dice: “La idea de iglesia shopping también es como entretenimiento, que también tiene que ver con el consumo. Ir a la iglesia es como un paseo familiar. En este punto superan a la Iglesia católica que no ha desarrollado esto. En Brasil, Edir Macedo (fundador de la IURD) es la única persona que tiene un banco, un canal de televisión, un ejército y una iglesia. Y lo muestra como un logro personal por la bendición divina. Y eso es compartido con esas visiones individualistas del neoliberalismo, de la autorregulación del mercado”.
El iluminado
La sesión ya terminó. Casi todos se fueron. Soy el último en el lugar y me acerco a Hugo. Le digo que me llama la atención su expresión corporal en el altar y su verborragia. Fingiendo curiosidad, le consulto sobre las diferencias con las otras iglesias de la zona. Me esquivó respondiendo que van todas las religiones al templo. Es que la Iglesia Universal no es reconocida como evangélica. Su doctrina es una mezcla de elementos del evangelismo, el catolicismo y de los cultos afrobrasileños.
El pastor continúa con su invitación a la sesión del domingo. Lo cambio de tema al preguntarle cómo no se agota al escuchar todo el día los problemas de la gente. Él me contesta que está “iluminado por el Espíritu Santo” y que eso hace que se sienta con energía. El pastor me despide poniendo sus manos en mi cabeza y vuelve a sacarme los “malos espíritus de los vicios”. Lo despido con un apretón de manos. Salgo del templo y lo primero que hago es prender un cigarrillo.
Bonus track
- La siguiente nota no tiene como fin faltar el respeto a los creyentes trabajadores que concurren a la IURD. Defendemos la libertad de las creencias, pero nos oponemos a su institucionalización ya que, bajo este sistema, las iglesias son utilizadas por las clases dominantes para legitimizar su poder sobre las clases explotadas.
- Para profundizar este aspecto y desentramar la relación entre las iglesias y el Estado, recomendamos este dossier.
- Fumar es perjudicial para todos los ámbitos de la vida. Lucrar con las necesidades de la gente, también.
Agradecimiento especial a Daniel Satur, Esteban Hoffmann, Carolina Keve y Gonzalo Amarilla por haber brindado sus opiniones en el momento de edición y correción de este artículo.