—Acá somos todos perros —nos decĂa el Tigre cuando entraba uno nuevo a laburar—. Es asĂ. Y si a un perro le das de comer alimento balanceado, le ponĂ©s la mantita, lo cepillás, lo hacĂ©s mierda. Le cagás el instinto. Con nosotros es lo mismo...
Sábado 7 de diciembre de 2019 00:00
—Acá somos todos perros —nos decĂa el Tigre cuando entraba uno nuevo a laburar—. Es asĂ. Y si a un perro le das de comer alimento balanceado, le ponĂ©s la mantita, lo cepillás, lo hacĂ©s mierda. Le cagás el instinto. Con nosotros es lo mismo. A un perro tenĂ©s que dejarlo cazar: una laucha, un gato, un pájaro, por más que se le escape, vos tenĂ©s que dejarlo. Una liebre, lo mismo: largá al perro y que corra. Que afile los dientes.
Y nos largaba a la calle.
El que más se entusiasmaba era el Miqui. Le decĂamos Miqui para joderlo, porque no le gustaban los ingleses ni el apodo inglĂ©s. Entusiasmar es un suponer, porque no se le movĂa un mĂşsculo de la cara. Vos tenĂas que imaginarte que le corrĂa sangre por las venas. AhĂ aprendĂ a intuir con mirar nomás: los ojos, las comisuras, un sacudĂłn de la cabeza. Y el Miqui era asĂ: el Tigre nos hacĂa una arenga y al Miqui se le ponĂan brillosos los ojitos. Era una luz.
No daba para salir con el Miqui porque estaba re loco. Era un sacado cuando estaba a la intemperie. ÂżViste esos tipos que no salen nunca y cuando salen no paran de mirar culos y tetas? AsĂ, sacado con cualquier cosa.
Siempre tiraba un tiro el hijo de puta, cuando estaba todo tranquilo que ya te volvĂas, pumba, cueteaba al aire, no me preguntĂ©s por quĂ©. La primera vez que saliĂł nos estábamos ya subiendo, te digo, todo tranquilo, y eso que eran las cinco de la mañana, julio, no habĂa nadie en la calle, y el tipo pela y tira. ÂżA quiĂ©n le tirás flaco?, le gritĂ©. Le gritĂ© porque nos dimos vuelta todos. Nada, te juro por Dios que no me contestĂł nada. Yo le contĂ© al Tigre cuando volvimos.
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—Vos dejalo que lo estoy preparando yo —me dijo y me dejĂł claro que tenĂa que cerrar el culo.
Adentro el Miqui era otra persona. Daba miedo. A mĂ no, porque ÂżquĂ© me iba a hacer?, pero entraba el pibe y no volaba una mosca. Cuando entraba el Tigre nos cagábamos todos de risa porque ya entraba jodiendo. “Todos con el culo contra la pared”, decĂa. Como Ă©l era del cuerpo se reĂa de los federicos y más que más de los pakis. Pero entraba el Miqui y se meaban todos y por más que era evidente nadie decĂa nada de eso. Ni siquiera cuando el Miqui no estaba.
Nadie querĂa salir con Ă©l, nadie querĂa quedarse adentro con Ă©l, nadie lo querĂa, pero ninguno se animaba a decĂrselo. Yo tampoco, medio por el Miqui mismo, medio por lo que me habĂa dicho el Tigre.
Un tiempo me acuerdo que se tirĂł un colchĂłn en un cuartito y casi casi que se quedĂł a vivir adentro. MejorĂł un poco el ambiente porque era un loco del orden y mandaba a limpiar cinco veces por dĂa. Incluso habĂa olor a limĂłn, lo que nunca.
Un dĂa vino el Tigre y me dijo “Andá, llevalo a la casa. Vayan al cine o a tomar un helado”. Lo fui a buscar al cuartito que se habĂa acomodado. Ahora me acuerdo que incluso le puso un candado a la puerta, que Ă©l decĂa que era porque desconfiaba de los sucios, pero yo sabĂa que lo puso para marcarnos una distancia. Me entreabriĂł apenas la puerta y ni me invitĂł a pasar. LleguĂ© a ver que habĂa clavado un rosario y una estampita en una de las paredes del cuartito.
—Vamos a tomar fresco —le dije. Me mirĂł con la jeta fruncida y me dijo que no hacĂa falta y empezĂł a cerrar la puerta. Yo le crucĂ© el pie y le di un manotazo a la puerta—. Es una orden, la concha de tu madre. Si no te gusta, decile al Tigre.
Se cambiĂł y salimos.
Todo por Ăłrdenes. Lo llevĂ© a la casa donde vivĂa con la madre y una hermana. El padre se habĂa muerto, segĂşn me dijo la vieja que era servicial, nada que ver con el hijo. TenĂa un hermano viviendo por Magdalena. La vieja tambiĂ©n habĂa sido monja, creo, y habĂa dejado, no sĂ© por quĂ©. Ni le preguntĂ©. Estuvimos dos minutos, que el Miqui se bañó, se cambiĂł, y nos fuimos. Igual, mientras se cambiaba me dijo que lo esperara en la pieza de Ă©l. Era como una pieza de un cura, con poquitas cosas. No porque haya estado en la pieza de un cura, pero me imagino que son asĂ. La cama, el ropero, una silla y el escritorio con biblioteca y una lámpara de esas que se enganchan con un broche. TenĂa esos libros de la colecciĂłn Billiken, esos que leen los pibes. Llena la biblioteca de esos libros que tenĂan tapa roja y la portada con dibujos. Y una revista que era Clarinada, del tiempo del pedo, que tenĂa dibujos de judĂos y rusos, y revistas El Caudillo. Esa sĂ la conocĂa, el Tigre tenĂa alguna en la oficina. Y revistas Patoruzito y PatoruzĂş. Y un montĂłn de fascĂculos del mĂ©todo Ilvem, de detective. Un montĂłn un montĂłn. Y unos cuadernos Gloria con anotaciones, dibujos de croquis, calles, dibujitos de tipos y flechas, asĂ como si estuviera estudiando cĂłmo seguir a alguien.
Cuando escuchĂ© que saliĂł del baño me sentĂ© en la cama y me hice el boludo. Cuando salimos no saludamos ni a la vieja ni a la hermana, que estaban escuchando la radio y tomando mate en el patio. Le preguntĂ© por la familia, si tenĂa alguien más, por la hermana, que era más fea que agarrarse los huevos con la puerta. SĂ, no, sĂ, no. No decĂa nada y menos que menos le insistĂ. Fuimos ahĂ a Lavalle a mirar vidrieras y tomar un helado y lo mismo, un sacado, pero no mirando minas. No. Mirando a ver si detectaba alguna maniobra.
—Descansá que te vas a volver loco —le dije. Pero ni bola. Tomaba helado lambiendo como un pibe mogĂłlico. DejĂ© de preguntarle por Ă©l porque era al pedo. EmpecĂ© a contarle de mĂ. Igual, escuchaba hasta ahĂ nomás. Al Ăşnico al que le llevaba el apunte era al Tigre.
Y a diosito. Rezaba a la mañana, al mediodĂa, a la tarde. A veces se colgaba rezando en medio del laburo y todos tenĂamos que esperar a que terminara. Me acuerdo que la hizo rezar a una piba que se meĂł porque no se acordaba del avemarĂa. Le cruzĂł la jeta con un latigazo de la sobaquera y la piba se meĂł. No le hizo nada en ese momento porque dijo que estaba cerca de la Virgen, que se esperara hasta más tarde. Igual volviĂł como tres horas despuĂ©s y le metiĂł un confite, El Tigre no le dijo nada porque estaba estropeada de todas formas. Pero a todo el resto no nos hubiera dejado.
Yo me supongo que al Miqui se lo aguantaba porque el hermano del Tigre era cura en CĂłrdoba y entendĂa lo de la religiĂłn.
Una vez para Navidad brindamos ahĂ. Un pibe que era de una escuela de electrĂłnica habĂa arreglado una heladera que estaba tirada y resultĂł que enfriaba bien. Metimos unas cervezas y unas sidras y les mandamos hacer un lechĂłn en el fondo. Comimos que daba calambre. Y chupamos lindo. Tanto que lo vi en pedo al Tigre. Y parece como si el Miqui se hubiera sentido habilitado, porque tambiĂ©n chupĂł. Yo le controlaba el escabio, porque tenĂa miedo que se pusiera a tirar tiros ahĂ adentro. Pero no, cosa de no creer, hacĂa chistes. Más bien boludos, tipo chistes de jaimito y esas cosas, chistes de pibe de la primaria. Pero todos nos reĂamos, incluso el Tigre. No de los chistes, sino de la alegrĂa del Miqui, que parecĂa un nene con regalitos.
ContĂł el chiste de la mina que mete al amante cuando el marido se va a laburar y cuando llega el marido lo esconde atrás de la radio y como el tipo estaba bolas, le asomaba el pito por el dial. Un chiste pelotudo, no te asoma el pito por el dial. Pero el Miqui lo contaba porque querĂa llegar al final: cuando el marido llega y quiere escuchar la radio y se pone a girar el dial y la radio no funciona y el amante de la mina canta “Radio Rivadavia informa la hora, guacho hijo de puta soltame las bolas”. Él querĂa llegar a esa parte y cuando llegĂł se entrĂł a cagar de risa. Y nosotros nos reĂamos de la alegrĂa que le daba a Ă©l putear.
Cuando se hicieron las doce brindamos. Pero Ă©l lo primero que hizo fue ponerse a rezar.
—Dejate de joder con la cruz —le dijo el Tigre. Pero el Miqui siguiĂł rezando, con los ojos cerrados y todo. TerminĂł de rezar y ahĂ reciĂ©n brindĂł. Yo te lo cuento y parece una boludez, pero era la primera vez que alguien no le hacĂa caso de entrada al Tigre. Los demás estaban muy en pedo, pero yo vi toda la secuencia. El Tigre se lo quedĂł mirando sin decir nada y yo lo miraba al Tigre.
—Hay cosas más importantes que rezarle a diosito —le dijo el Tigre cuando el Miqui terminó y abrió los ojos.
—No hay nada más importante que Dios —le contestĂł el Miqui, sin desafiarlo, mamado. Pero se lo dijo—. Arriba mĂo, sĂłlo Dios.
No sĂ© por quĂ© habrá agregado eso, que resultaba ser un desafĂo. No le puso esa intenciĂłn, pero resultaba un desafĂo. Los pakis no se dan cuenta de eso, pero los del cuerpo son sensibles y no les gusta. El Tigre no dijo nada. Cuando se hicieron las dos nos habĂamos quedado un par comiendo pan dulce y chupando. El Miqui se habĂa quedado dormido en la mesa, con las manitos cruzadas.
—Es asà nomás —dijo el Tigre—. Somos todos perros. Y cuando un perro tuyo te muerde la mano, lo que tenés que hacer es sacrificarlo. Podés aguantarle cualquier cosa, menos que muerda la mano que te da de comer.
Lo escuchamos todos. Asentimos callados. No sé si el Miqui lo haya escuchado y se haya hecho el dormido. Pero el Tigre era el Tigre. Al tiempo al Miqui lo trasladaron a Córdoba. El Tigre lo saludó y le deseó suerte y que dejara de tirar tiros al pedo. Le dio un beso en la mejilla y todo. Los demás eran unos brutos y ninguno vio nada raro, pero a mà me quedó una espina. Yo ahà aprendà a ver cosas que los demás no ven.
El Tigre empezĂł a viajar seguido al interior. Se quejaba porque tenĂa que laburar como chancho, decĂa. Pero iba contento, parece, y siempre traĂa recuerdos de donde andaba. "Golosinas pa los perros", nos decĂa.
A mĂ no me llamĂł la atenciĂłn cuando me enterĂ© que al Miqui lo habĂan matado en un enfrentamiento en Tucumán. Todos nos dimos cuenta de que fue durante un viaje del Tigre. Pero nadie dijo nada. ÂżPara quĂ© vas a andar preguntando?