Fiel a su historia y a su estilo, la jerarquía católica armó un show para hablar de sus aberraciones y, en el mismo acto, confirmar que no está dispuesta a abandonarlas.

Daniel Satur @saturnetroc
Martes 26 de febrero de 2019 14:27
Desde el vamos, poco podía esperarse de una “gran cumbre sobre abusos sexuales” si esta iba a estar presidida nada menos que por un conspicuo encubridor de abusadores. Es imposible que un conciliábulo de hienas resuelva algo en favor del bienestar de las cebras. Pero según el discurso oficial de la monarquía apostólica romana, eso sucedió entre el jueves 21 y el domingo 24 en el Vaticano comandado por Jorge Mario Bergoglio.
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La cumbre puede haber sido “histórica”, pero la historia siempre es la misma. Cuando los crímenes se acumulan de a miles durante décadas, en todo el mundo, y cuando los criminales con sotana, nombre y apellido desbordan las páginas periodísticas, la Iglesia católica junta a su jerarquía para “reflexionar”, declararse “culpable”, pedir un ligero “perdón” y prometer que nunca más se dejará tentar por el pecado. Pero todo seguirá su curso.
En esta ocasión, para que la Curia mundial por primera vez en la historia reconociera públicamente su prontuario de violaciones y abusos sistemáticos sobre niños, niñas, adolescentes y monjas; fue fundamental que miles de víctimas de todo el planeta decidieran romper el silencio sepulcral al que curas y obispos quisieron condenarlas, ponerse de pie y gritar bien fuerte y a los cuatro vientos.
Muchas de esas víctimas, las más decididas, fueron escuchadas por gran parte de la sociedad y por una parte del periodismo, al tiempo que recibieron la marginación planificada de la jerarquía católica. No por casualidad muchas de ellas, en un acto de sana preservación, terminaron abrazando el ateísmo y conformando redes de sobrevivientes de abuso sexual eclesiástico en decenas de países para luchar colectivamente contra la mentira, el encubrimiento y la impunidad.
La potente voz de esas organizaciones de sobrevivientes, como era de esperarse, fue despreciada en la reciente reunión convocada por Francisco.
Apenas comenzada la cumbre, el periodista Nelson Castro (bergogliano de la primera hora) entrevistó desde las calles del Vaticano para TN a Denise Buchanan, sobreviviente jamaiquina y miembro de ECA (Basta de Abusos Clericales, por sus siglas en inglés), una de las organizaciones que aceptó concurrir a una reunión privada en el marco de la cumbre.
Castro no pudo evitar que la mujer dijera estar “muy decepcionada” con el papa, que dice “tomarse en serio” el flagelo de los abusos pero “ni siquiera estuvo en la reunión” a la que les convocaron para “escucharles”. Y confirmó que incluso algunos de los obispos participantes de la cumbre “están acusados de encubrir, es decir de hacer algo tan malo como el abuso mismo”.
Para Buchanan, Francisco no hace otra cosa que “revictimizar” a las víctimas. “Fuimos a una reunión privada con obispos para saber qué van a hacer para terminar con esto”, dijo la mujer, “pero es más de lo mismo, con diferentes palabras, nada serio”.
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Ninguna palabra de Bergoglio es improvisada. El domingo, desde el ventanal del Palacio Apostólico y de cara a la feligresía congregada en la Plaza de San Pedro, el papa habló de la necesidad de “amar a los enemigos”. Citando a Jesús, dijo “hagan el bien a aquellos que los odian, bendigan a aquellos que los maldicen, recen por aquellos que los tratan mal”. Sin dudas, un mensaje cifrado a quienes desde hace décadas vienen denunciando tanto odio y maltrato de parte de los poderosos con sotana.
El lunes la Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual Eclesiástico de Argentina (conocedora de Bergoglio desde mucho antes de que fuera elegido papa) emitió un comunicado en el que cataloga a la cumbre del fin de semana como “un nuevo acto de simulación e hipocresía” por parte del Vaticano. Una cumbre que “confirma el estado de corrupción sistémica que impera en la Santa Sede” y “el alto grado de miseria y cobardía de todos y cada uno de los jerarcas” eclesiásticos. Ni más ni menos, la voz de la experiencia.
Para la Red es fundamental que el Estado Vaticano “se decida a cumplir con los compromisos que asumió al suscribir las Convenciones internacionales sobre Derechos Humanos”, algo que evidentemente la monarquía católica no hizo, no hace ni piensa hacer. Incluso, como sucede en gran parte de los estados del mundo, si el Vaticano aceptara cumplir con esas convenciones internacionales, eso no aseguraría el castigo a los culpables. Son múltiples y extensos los lazos de la casta católica con la casta judicial en muchos países lo que le garantiza impunidad durante años
Pero la cosa va más allá. El tenebroso historial de violaciones y otras torturas sobre niñas, niños y adolescentes es una de las manifestaciones más putrefactas de una institución que durante siglos hizo de la manipulación de los cuerpos (y de las “almas”), de la doblegación de las voluntades (con la palabra, la cruz y la espada) y del robo de bienes ajenos una ley divina.
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La Iglesia católica bendijo y acompañó brutales genocidios, desde la medieval quema de millones de mujeres en plazas públicas europeas hasta la desaparición de miles de personas en las dictaduras latinoamericanas de los años 70, pasando por la masacre y esclavización masiva de indígenas con la conquista española y los campos de concentración de Hitler, para mencionar solo algunos ejemplos.
De todos esos procesos el Vaticano sacó provecho, apropiándose de inconmensurables riquezas terrenales a partir de múltiples lazos y alianzas estratégicas con las clases dominantes y los Estados, que la hicieron parte de sus constituciones y sus leyes.
Ninguna “cumbre” episcopal saldó cuentas con ese pasado de odio y muerte. Tampoco hubo “reparación” para las descendencias de aquellas víctimas. Y mucho menos hubo una devolución de las riquezas saqueadas a lo largo de los siglos. ¿Por qué, entonces, la Iglesia haría lo contrario respecto a las sistemáticas prácticas de abuso sexual y encubrimiento por parte de curas, obispos, cardenales y papas?
Con la “cumbre” del último fin de semana la Iglesia de Bergoglio, el más conservador de los “reformadores”, no hizo más que consumar su doctrina: mantener el poder en la Tierra a cualquier costo, golpeándose el pecho con gesto patético cuando determinadas aberraciones ya no pueden ser contenidas intramuros.
Nada que sorprenda, pese a la insistente preocupación de cierta feligresía política que quiere hacernos creer que Jorge Bergoglio es lo que no es ni nunca quiso ser.
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Daniel Satur
Nació en La Plata en 1975. Trabajó en diferentes oficios (tornero, librero, técnico de TV por cable, tapicero y vendedor de varias cosas, desde planes de salud a pastelitos calientes). Estudió periodismo en la UNLP. Ejerce el violento oficio como editor y cronista de La Izquierda Diario. Milita hace más de dos décadas en el Partido de Trabajadores Socialistas (PTS) | IG @saturdaniel X @saturnetroc