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OPINIÓN. Debate en redes: cacerolas, política y privilegios de casta

Sin cuestionar las ganancias del gran capital, las "redes" pusieron en debate los privilegios de la casta política. Pero estos están íntimamente unidos a las primeras.

Eduardo Castilla

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo

Martes 31 de marzo de 2020 16:20

¿Vuelve la famosa grieta? Las cacerolas que sonaron en la noche del lunes dieron la señal de alarma. La pregunta circuló en redes sociales y medios. Las primeras volvieron a escenificar chicanas, acusaciones y críticas. Juntos por el Cambio -o parte del mismo- renació de las cenizas para proponer una demagógica baja en el “gasto de la política”.

Se trata, recordemos, de la misma fuerza que hace apenas un mes se levantó de las bancas en Diputados para no enemistarse con la casta judicial. Caraduras...tan duras como la Rocca.

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Quienes cuestionan a “los políticos” lo hacen desde un silencio larvado ante un hecho nodal: en esta crisis los intereses del gran empresariado nacional y extranjero están a salvo. Hasta ahora sus intereses siguen intactos. La “solidaridad” pregonada para pagar la deuda pública o para hacer frente al coronavirus no alcanza a sus bolsillos.

Los apellidos Rocca, Madanes, Macri, Mindlin o Pagani suenan en esa elite privilegiada. La prepotencia patronal avanza un paso cada día. Este martes, en Tierra del Fuego, la empresa Mirgir habló de 740 despidos. Su dueño es “Nicky” Caputo, el eterno amigo de “Mauricio” y uno de los grandes ganadores del ciclo cambiemita.

El debate en redes tiene su contraparte en una defensa genérica de “la política”. Así, por simple asociación, ésta viene a ser igualada a los jugosos ingresos de funcionarios, diputados y senadores. Aristóteles, desde la antigüedad clásica, derrama más de una lágrima.

Haciendo la misma operación lógica, se podría decir que “la Justicia” son los privilegios de la casta con aroma a rancio que habita en los Tribunales de Comodoro Py, entre otras regiones.

La grieta se cierra, sin embargo, en un punto. Aquí también se evita poner en cuestión los intereses del gran capital. Se festejan acaloradamente los retos que el presidente propina a los empresarios. Se guarda un cuidadoso silencio sobre lo impotente de los mismos: la pretendida dureza oficial no ha hecho bajar los precios ni garantizado el alcohol en gel.

En alguna que otra portada periodística se enderezan los cañones contra Techint. Se recorre la historia nacional para recordar sus vínculos con el Estado. Se silencian aquellos incómodos, como la gestión que garantizó una jugosa indemnización en Venezuela por Sidor.

El vandorismo empresarial se responde con un poco de retórica progre, desgajada de cualquier medida estructural que afecte seriamente el poder del gran capital.

Ilustrando la variopinta composición oficialista, Sergio Massa hace suya la demagogia cambiemita y analiza recortar dietas. Una “traición” más del hombre de Tigre. O una sencilla división de tareas para seguir robándose base ajena.

La única fuerza que ha planteado seriamente terminar con los privilegios de la casta política ha sido el Frente de Izquierda, presentando en reiteradas ocasiones proyectos para que todo funcionario político y legislador gane como un trabajador o una maestra. Gracias a peronistas, macristas y radicales, los mismos duermen en los cajones del Congreso.

Esos privilegios -señaló siempre este espacio- están íntimamente ligados al rol de gestores de los intereses del capital. La vida lujosa de jueces, diputados y ministros, los acerca -casi los hermana- con el gran empresariado que maneja los destinos del país.

Las cacerolas y las chicanas en Twitter posiblemente estén anunciando el fin del clima de unidad nacional que recorrió el país en las últimas semanas. Tal vez expresen, de fondo, las diversas soluciones que empiezan a perfilarse ante el país que vendrá luego de la cuarentena, con su secuela de mayor pobreza, hambre y desocupación.

Los críticos de “los políticos” ya anticipan su lugar a los pies de Paolo Rocca y cía. Los defensores de “la política” adelantan que tampoco tocarán seriamente esos intereses.

De cara a la catástrofe social que se avecina, no hay salida progresiva para las grandes mayorías sin tocar seriamente los intereses de las grandes patronales. Todo lo demás tiene el aroma del engaño.

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Eduardo Castilla

Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.

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