Los Gobiernos de todo el mundo presentan sus políticas ante el coronavirus como las únicas posibles. Lo que se evita es cuestionar los intereses de los grandes capitalistas y la destrucción de los sistemas de salud para reducir el gasto público.

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo
Viernes 27 de marzo de 2020 20:57
El debate recorre el mundo. Periodistas, médicos o economistas: privilegiar la economía o la salud. Pero el dilema es falso. Se sostiene sobre una regla de oro: oponer al despliegue del coronavirus los pobres recursos de sistemas sanitarios en crisis, al borde del colapso, herencia de décadas de ajuste fiscal. Se ampara, también, en la decisión estatal de no tocar las ganancias del capital. Al contrario, el camino que recorren los Gobiernos del mundo es el de nuevos y masivos salvatajes a las empresas.
El debate exige, además, olvidar una premisa: el virus podría haber sido previsto si se hubieran seguido desarrollando diversas investigaciones, lo que facilitaba la creación de una vacuna. Para los grandes laboratorios y para los dueños del poder político esa nunca fue opción. Para los primeros, porque curar es más redituable que prevenir. Para los segundos, por su carácter de fieles sirvientes del orden capitalista.
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¿Dos modelos?
Boris Johnson, apologista temprano de un neomalthusianismo que proponía ofrendar a “los más viejos” para salvar la economía, tiene coronavirus. Entró, involuntariamente, en el listado de los que él consideraba “prescindibles”. Hace días, obligado por la realidad, había abandonado su programa inicial.
A miles de kilómetros, Donald Trump insiste en volver a llenar iglesias y shoppings el 12 de abril, cuando se celebre Semana Santa. El hombre que ocupa el Salón Oval se concentra en el calendario electoral. Su reelección se juega en conquistar algo parecido a la “normalidad”. Sin embargo, la pandemia escala en territorio norteamericano: el país ya alberga a la mayor cantidad de personas contagiadas en el mundo. Simultáneamente, las consecuencias económicas escalan, con la desocupación haciendo punta.
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Al sur, llegando a la infranqueable frontera argentina, Bolsonaro propone volver a llenar las calles. Con casi 100 personas fallecidas, se anima a una ironía decadente, la de que el brasileño “no se contagia con nada” porqué “vive saltando o sumergido en las cloacas”.
En el otro extremo, naciones como Italia y España cuentan las víctimas por varios centenares en cada jornada. Los contagios crecen en forma exponencial. Allí, discursivamente, se privilegia la salud a la economía. Pero las cuarentenas forzosas, por sí mismas, presentan el mismo grado de impotencia ante la pandemia.
Un punto unifica los dos “modelos”: la negativa a impulsar de manera temprana el testeo masivo de la población, medida que se evidenció fundamental en Corea del Sur o Alemania, países que parecen estar controlando el virus. Ambos paradigmas desnudan, también, la decadencia de sistemas sanitarios colapsados ante la pandemia. La cara más cruel de esa moneda son las miles de enfermeras y de médicos contagiados de coronavirus. El Estado capitalista, una vez más, es el máximo responsable.
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Cuarentena peronista
En la Argentina, el Gobierno y sus voceros proponen el mismo (falso) dilema. La cuarentena es presentada como ejemplo de la elección por la salud. La decisión obliga a pedir “paciencia” a quienes se hunden junto a la economía.
Frente a la pandemia, la política oficial repite una receta fallida: no haber iniciado testeos masivos para evaluar la curva del contagio, determinando las zonas más comprometidas. Sin conocer cómo se despliega el virus por el mapa nacional, el plan gubernamental propone y sostiene el encierro masivo de la población, imponiendo el confinamiento con métodos crecientemente policiales.
Recién por estas horas, luego de los reiterados reclamos opositores -en particular del Frente de Izquierda-, el testeo avanza lentamente. Se extiende a provincias y laboratorios pero lo hace con desigualdad y desorganizadamente. Sigue aún muy lejos de alcanzar los niveles de masividad necesarios. Lo crucial de este tema debería obligar al Gobierno a presentar un plan serio. No es, señalemos, lo que ocurre.
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La contracara de esa tardanza es la celeridad para imponer retenes en cada ruta del país. Son los patrullajes en cada barriada y los aprietes policiales contra la juventud humilde. Es el verde oliva entrando en La Matanza o en Quilmes para hacer “contención social”.
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El plan oficial semeja una tensa espera de que lo peor no llegue nunca. El eventual colapso del sistema sanitario es anunciado a gritos. La corporación mediática, agitada, publicita ese futuro caótico. “Quedate en tu casa”, completan conductores y cronistas.
Mientras, la salud privada y los grandes laboratorios siguen contabilizando ganancias. El Gobierno anuncia algunas pocas y tibias medidas que resuelven menos de lo que incomodan al empresariado. A la Salud pública le siguen faltando camas, enfermeras, médicos e insumos.
Aquí, al sur del mundo, en esta cárcel en la que se pretende encerrar a 44 millones de almas, las ganancias del gran capital siguen intactas. Los múltiples y constantes anuncios oficiales prácticamente no rozan sus intereses. Ni bancos, ni privatizadas, ni petroleras han tenido que aportar un dólar en esta “guerra”. Los Rocca, Macri, Madanes o Pagani, los dueños del poder económico, no han sido invitados al esfuerzo. Los Coto o los Braun Menéndez han tenido vía libre para elevar precios y desabastecer. Las reiteradas amenazas de sanciones gubernamentales se parecen a los tanques del General Alais: siempre estar por llegar...
La cuarentena, como todo hecho verdaderamente social, arrastra sus marcas de clase. Sus consecuencias no son iguales para quien vive de changas que para los dueños del poder. Los ricos y poderosos pueden disfrutarla en countries, mansioneso yates. Los más humildes, sufrirla hacinados en las barriadas sin luz o agua potable. O en las comisarías, donde pueden terminar luego del eventual “baile” policial.
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Esa distancia social se ilustra en las estadísticas. Este viernes más de un millón y medio de personas se anotaron para cobrar el limitado monto de $ 10 mil decretado para quienes están en la informalidad. La Argentina precaria hace fila en internet para recibir un magro subsidio.
Cuarentena, crisis económica y crisis social
La llamada “paz social” podría ser la próxima víctima de la cuarentena. Este viernes, en el sitio Vox.com, un politólogo norteamericano señalaba que “en este momento, la gente está asombrada por lo que está sucediendo. Pero pronto se despertarán y se darán cuenta de que han sido arruinados económicamente”.
El problema es global. Los números de la catástrofe económica que se anuncian infunden un temor lógico. La OIT ya habla de 25 millones de nuevos desocupados. El FMI contabiliza una recesión que está llegando.
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Esa ruina económica ya se vive en vastas fracciones de la sociedad argentina. La cúpula del poder mira preocupada al conurbano bonaerense, lugar que concentra masivamente pobreza y población. Ese Estado Golem -al decir de los politólogos- donde la informalidad inunda cada rincón.
La función de “contención” asignada a las FF.AA. mensura ese malestar social. Las grandes catástrofes desatan vendavales de furia popular, justificados estallidos de odio contra todo aquello que los hambrea o los oprime. Hoy, al presentar el falso dilema de salud o economía, el Gobierno y la oposición patronal acrecientan las condiciones para el desarrollo de ese malestar.
Bajo estas premisas, un sector del establishment y el gran capital se abre a cuestionar la cuarentena. La Nación, por momentos, aparece como vocera explícito de la posición. De fondo está también la creciente desorganización de la economía, la reducción de los márgenes de ganancia y la cuestión de abonar salarios sin producción. Con una calculadora en cada mano, el empresariado mide sus pasos. La salud de la población trabajadora le es completamente ajena. Lo ejemplifican los miles de casos que hemos venido denunciando en La Izquierda Diario.
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Que ese planteo venga de los eternos predicadores de la flexibilización laboral y la represión a la protesta social funciona como alerta. No hay ninguna salida progresiva para las grandes mayorías sino se atacan los intereses del gran capital. Si no se avanza en la perspectiva del control obrero sobre el conjunto de la producción, para garantizar que ésta sirva a la sociedad y no al lucro privado. Sino se impulsa la organización desde abajo para que la salud de la población trabajadora esté por encima de las ganancias capitalistas.
En esa perspectiva se orientan las propuestas que vienen planteando las fuerzas del Frente de Izquierda desde el inicio de esta crisis.
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Eduardo Castilla
Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.