Escuchá el editorial de Fernando Rosso del séptimo programa.
Lunes 21 de mayo de 2018 09:01
Se refería a Marcos Peña, el jefe de Gabinete y a Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, que eran los coordinadores de esa cartera y de todos los ministerios.
Al igual que el peso -o más- los tres quedaron bastante devaluados en el nuevo esquema gubermamental.
El Gobierno afirmó que lo sucedido en estos diez días que estremecieron a Macri fue una simple “turbulencia” y festejó -como si hubiese ganado una elección-, el hecho de que la mayoría de los especuladores hayan renovado las Lebacs a tasas exorbitantes.
De acuerdo a la singular metáfora de Macri, la “turbulencia” le dejó los ojos mochos y la inteligencia… te la debo.
El nombramiento de Nicolás Dujovne como coordinador económico, un verdadero “superministro”- es un reconocimiento de que la tormenta fue y es mayor. Es una derrota política del tridente Peña-Lopetegui-Quintana.
Junto a la convocatoria un “Gran Acuerdo Nacional” dejan en evidencia que el cismo cambiario mutó en una fenomenal crisis política.
Las convocatorias más o menos desesperados a la “unidad nacional” o la concentración de las decisiones importantes en manos de los técnicos, son típicos signos de gobiernos débiles que tienen por delante la tarea del ajuste y son demandas de los mal llamados “mercados” y organismos como el Fondo Monetario Internacional.
Junto con Peña, Lopetegui, Quintana, el propio Macri y hasta María Eugenia Vidal, quedó devaluado -por no decir liquidado- el famoso “gradualismo”.
Gradualismo que nunca fue una elección magistral de grandes estrategas, sino una expresión de la imposibilidad de llevar adelante el plan propuesto, porque evidentemente generaba una contundente oposición y una resistencia social a la que deberían derrotar.
Los “mercados” le marcaron la cancha con el único lenguaje que saben hablar: con un golpe de mercado.
Y el Gobierno respondió aceptando todas y cada una de las demandas que exigió el furioso “vandorismo financiero” mientras hacía negocios con la timba garantizada por el Estado.
Todo el resto de las noticias que se divulgaron esta semana: la vuelta a la mesa chica del renunciado Emilio Monzó, el operador de Cambiemos en el congreso o del radical Ernesto Sanz, el armador de la coalición; son humo para endulzar los verdaderos objetivos; o en todo caso para comprometer a todos y todas con el ajuste.
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Pero además de la oposición social y la resistencia que ya empieza a sentirse en la calle (los mineros de Río Turbio que tuvieron un triunfo, los aceiteros de Cargill, los empleados del Subte de Buenos Aires, los docentes universitarios, los trabajadores de Cresta Roja, entre muchos otros), empezamos a escuchar a los nostálgicos de la crisis que no fue.
Dicen que Sebastián Piñera, el presidente de Chile, le dijo a Macri apenas arribó al gobierno: “Mauricio, el problema que tenés vos es que llegaste seis meses antes al poder”. Se refería a que lo ideal hubiese sido que el país estallara antes para que pueda llevar a cabo el ajuste con la tranquilidad de una sociedad disciplinada por una crisis catastrófica.
Joaquín Morales Solá confesó este domingo en La Nación su ferviente deseo de una explosión de estas características: “El único resultado bueno de los últimos días para el Gobierno es que la sociedad vio el espectro de una crisis.”
Otra paradoja de los debates del presente: ese lugar común con el que muchas veces se acusa a la izquierda para ridiculizarla: “cuánto peor, mejor”; parece que se volvió doctrina para los dueños del país y sus intelectuales orgánicos. Todos lamentando la crisis que no fue.
Pero al margen de sus deseos, está la materia rebelde que es la realidad: aún estamos lejos de que las “turbulencias” actuales impliquen un disciplinamiento social al nivel del que aspiran... y en todo caso es un desafío que tienen por delante si quieren asentar no ya su hegemonía, pero al menos su gobernabilidad.
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Las cartas están echadas... y no es una amenaza para un futuro lejano: el ajuste a ritmo de shock ya empezó aquí y ahora.
Una nota publicada en el suplemento económico del diario Clarín afirma que la devaluación “opera como verdadera ‘licuadora’ de salarios, jubilaciones y todo tipo de ingresos fijos. O sea, la suba del dólar produce inflación y esa inflación carcome el valor de los ingresos de un vastísimo y mayoritario sector de la población haciendo de por sí innecesario una reducción nominal de salarios y jubilaciones”.
La devaluación de estos días ya contiene esos efectos, aunque necesitan mucho más y se encaminan hacia allí, la resistencia es una tarea para hoy, no para un mañana cuando supuestamente venga el ajuste total y final con el que tanto vociferan mientras pasan el realmente existente.
En su artículo de hoy en El Cohete a la luna, Horacio Verbitsky enumera las acciones callejeras que se hicieron o se van a hacer: la marcha de antorchas del jueves 17 de los docentes universitarios; la segunda marcha federal educativa del próximo miércoles 23, la convocatoria del viernes 25 de las dos CTA, la Corriente Federal y Camioneros para a cantar el himno en el Obelisco o la postulación para una nueva conducción de la CGT de la dupla del bancario Sergio Palazzo y Pablo Moyano y hasta Hugo Yasky anunció que en tal caso la CTA se reintegraría a la Confederación.
Son todos movimientos y acciones que expresan -en el mismo acto- que hay oposición, malestar y bronca por abajo; pero a la vez que existen muchos límites en la orientación de las conducciones.
Mientras el gobierno centraliza el comando para su ataque; las direcciones sindicales disgregan la resistencia. Pero sobre todo, la subordinan a un objetivo lejano y a una consigna vacía: “Hay 2019”.
Parafraseando a ese gran clásico que es “El 18 brumario de Luis Bonaparte”: hacen discursos incendiarios en las tribunas o en los parlamentos en los que agitan con la calle, pero después terminan comportándose en la calle parlamentariamente.
El Gobierno sinceró su programa, sus objetivos y sus métodos (o se lo “sinceraron”). Implican quedarse con el presente e hipotecar el futuro. Esto impone una respuesta en programa, en objetivos y en métodos que debe ser inversamente proporcional, sin titubeos ni sin medias tintas.
Porque si el presente es lucha, el futuro es nuestro.