Este domingo por la noche, Fernando Rosso editorializó sobre la corrupción como parte de la gobernabilidad democrática en el segundo programa emitido por Radio Con Vos.
Lunes 16 de abril de 2018 12:48
“La corrupción no es un fenómeno exógeno a la gobernabilidad democrática. Por el contrario, es endógena, inherente, parte integrante del arsenal de recursos que hizo posible que nuestras elites se convencieran de que les convenía jugar, individual y colectivamente, el juego de la competencia electoral”.
Si pregunto de quién es esta afirmación y dónde se dijo, seguramente la mayoría responderá que debe ser de un crítico radical del orden, de algún izquierdista un poco subido de tono, de aquellos que aseguran, y aseguramos, que la corrupción está en la naturaleza de este sistema.
Porque un régimen económico-social que está basado en un fraude de origen, en un robo si se quiere no puede levantar su edificio sobre con principios de transparencia y honestidad.
Pero NO.
El autor de la afirmación es Sergio Berenztein, un consultor y analista político de fuerte inclinación liberal y más cercano al PRO antes que nada, y la nota se publicó en el diario La Nación.
El artículo se llama: “El riesgo de que la lucha anticorrupción afecte la gobernabilidad”. Salió en paralelo al desarrollo de la VIII Cumbre de las Américas que se llevó adelante en Lima bajo la consigna: "Por una gobernabilidad democrática contra la corrupción".
Me llamaron poderosamente la atención varias de las aseveraciones del artículo, esencialmente por su honestidad brutal.
Afirma Beresztein que “como ocurrió con muchos países europeos que fueron espejo de nuestras transiciones a la democracia, como Italia o España, la corrupción constituyó, lejos de un obstáculo para su consolidación, uno de los mecanismos de cooperación más potentes, en el sentido de modificar prácticas arraigadas dentro de las respectivas elites nacionales”.
Y escuchen atentamente esto.
“El uso político de la corrupción implicó una innovación que discontinuó décadas de inestabilidad institucional y reversiones autoritarias. De este modo, fue posible desandar las lógicas de confrontación intensa, el divisionismo, la polarización y la interrupción de la continuidad institucional con golpes militares”.
“En vez de desplazarse del poder con la intervención de actores "ajenos" al sistema, las elites políticas comenzaron a alternarse y compartir el poder con las mieles aparejadas, tanto formales (vía presupuestaria) como informales (vía la corrupción)”
Luego habla de que ninguno de los reunidos en Lima tiene “autoridad moral” para hablar de la corrupción.
Y cierra con que “la rápida democratización de las burguesías nacionales [que antes habían impulsado golpes de Estado o aventuras militaristas], pronto descubrieron que las recuperadas democracias podían brindar los mismos privilegios. Incluso muchos más.”
En síntesis, afirmó que lo que antes se hacía a través de la fuerza del Poder Militar, ahora se realiza, incluso con más eficacia, a través del "consenso de la compra y venta".
Seguramente hay más elementos importantes en la explicación histórica de las crisis de los “partidos militares”; entre ellos que el desafío al poder, desde la década de los setenta del siglo pasado hasta hoy, no ha sido tan radical. Pero es verdad lo que dice Berenztein y habla de uno de los aspectos que está en la naturaleza de estas democracias degradadas.
Una democracia donde todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros.
Este espectáculo del toma y daca “democrático”, donde lo que Beresztein llama las elites, y podríamos tranquilamente traducir como clases dominantes, se alternan en el control del Estado para llevarlo a hacia una u otra orientación, es lo que llevó a la crisis de muchos partidos tradicionales.
El voto de los que eligen cada dos o cuatro años queda diluido, perdido, borrado, para decir lo menos, por los que todos los días “votan” o deciden con del poder del dinero.
Porque también hay que decirlo, los neoliberales que hoy son casi hegemónicos en el continente no tienen autoridad moral para hablar de corrupción. Sus fortunas, como las de Macri, tienen origen en la “patria contratista” o peor aún en el despojo realizado mediante del método de un genocidio.
Pero los llamados “progresistas” o “posneoliberales” en sus intentos de construir desde el Estado “empresarios nacionales” aliados o “amigos” progresivos, terminaron en centro de desaguisados verdaderamente escandalosos.
El tema importante no es si Lula tenía o no un departamento en Guaruyá (cosa que no está probada en la causa por la que está preso) o cuáles era la relación específica entre los bolsos de José López y Cristina Fernández.
La cuestión es que estaban en la cúspide de un poder que funcionaba y funciona como con mucha precisión lo describe Berenzstein, que tuvo al bochorno continental de Odebrecht en Brasil y el lamentable crimen social de Once en Argentina, como ejemplos paradigmáticos.
En este contexto hay que entender las intervenciones de la llamada Justicia o lo que sería mejor calificar como “Partido Judicial”.
Emerge instrumentalizando la corrupción para "lavar" la imagen del sistema político y atribuirle mayor legitimidad. Aparece como un árbitro imparcial pero las consecuencias sociales y políticas de su intervención tienen claros ganadores… y perdedores. Se muestra como un poder “independiente” y tiene en realidad claros objetivos de partido.
Brasil, nuevamente, es el ejemplo porque el “partido judicial” alcanzó un desarrollo excepcional.
¿Qué tenemos como resultado?
Un pilar esencial de gobernabilidad de Michael Temer - que tiene un 5% de popularidad, un 5% de popularidad - y que en dos años aplicó un programa salvajemente regresivo con una reforma laboral esclavista y una contrarreforma previsional no menos reaccionaria.
El partido judicial emite sentencias, resoluciones, dictámenes; pero no necesariamente “justicia”.
Un gran pensador dijo que si la esencia y la apariencia de las cosas coincidiesen, no haría falta la ciencia.
Por lo tanto, aunque a veces algún liberal distraído diga algunas verdades, cuando escuchen hablar de “democracia”, de Justicia o de lucha contra la corrupción, traten de levantar el velo de los relatos para llegar a la realidad de las cosas.
Porque en este sistema, nada, absolutamente nada es lo que parece.