Las presiones devaluatorias y el nuevo dólar soja, recargado de beneficios. La norma de una forma de gobierno. Arrima el fin de año con cuentas que no cierran abajo. Las dificultades a dos bandas de la carrera electoral. ¿Dónde está la esperanza?

Jesica Calcagno @Jesi_mc
Domingo 27 de noviembre de 2022 10:23

El ministro de economía, Sergio Massa, anunció el dólar soja II. Foto: Telam
Dólar soja recargado
Un día antes de formalizar el anuncio del “dólar soja volúmen II”, el ministro Sergio Massa disertó ante los empresarios del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (CICyP), organismo presidido por un hombre de la Sociedad Rural. Allí lanzó una frase que, más que una queja, se pareció más a la descripción de una nueva rendición del Frente de Todos frente a las presiones devaluatorias. “Muchos, sobre los problemas, actúan como los cuervos, viendo qué carroña hay en el herido o cadáver. Están buscando cual es el agujero de cada política para aprovecharse de los problemas de la Argentina", dijo en el lujoso Hotel Alvear que reunió a más de 250 empresarios de todo el país.
Crónica de una rendición anunciada tras la primera tanda del dólar soja que rigió en septiembre con una monumental transferencia de ingresos al agropower. Jorge Liotti en La Nación reafirma la conclusión que ya se olía con aquel primer anuncio: “Está claro que a partir de ahora el agro no liquidará nunca más al valor oficial a la espera de que la excepción se convierta en norma”. ¿Alguien esperaba un resultado distinto? Agrega que el movimiento de los dólares paralelos de estos días “demostraron la fragilidad de la pax cambiaria (...) menos de tres meses después de haber hecho la primera concesión”.
Diego Genoud en La Política Online va un poco más allá y lo define como una norma: “Ceder como forma de gobierno, una consigna que hubiera provocado arcadas en los pioneros del kirchnerismo puro, funciona como nuevo grado cero, producto de una debilidad que está a punto de cumplir tres años”.
Esta vez con un diferencial extra. A favor de lo más concentrado del sector, claro. Massa agregó otra concesión: bajarle las retenciones al aceite y la harina de soja. Desde el 1º de diciembre pasarán del 33% al 31%, y el festejo es para las grandes aceiteras como Cargill, Aceitera General Deheza, Molinos Agro, Bunge, Dreyfus, Glencore. Un dólar soja recargado.
Las cuentas de esta nueva transferencia de ingresos a favor del campo ya empiezan a circular. Sebastián Premici en El Cohete a la Luna estima que, con este nuevo dólar diferencial a $230, “la transferencia extraordinaria que recibirán ahora sería de 210.000 millones de pesos (...). Tal resultado debe sumarse a los 250.000 millones de pesos extras recibidos en septiembre”. Claudio Lozano, oficialista y ex director del Banco Nación, publicó este sábado un hilo de tuits donde califica la medida como “un nuevo capítulo de la extorsión que los dueños de la soja llevan adelante y concretan a través de las decisiones del gobierno”. Es que si para bailar tango se necesitan dos, para que se consume una extorsión también. Lozano hace una cuenta similar del monto de este “subsidio con emisión a los sojeros” y suma como contexto la aplicación de la otra vara del gobierno para las mayorías. “Todo esto mientras el haber jubilatorio cae un 13,5% en el 2022, el salario mínimo, vital y móvil vuelve a perder este año contra la inflación” dice.
Varios analistas recuerdan las palabras de Máximo Kirchner en Morón: “me preguntaba por qué nuestro país fue puesto de rodillas por las cerealeras”, a propósito del primer dólar soja. Para Genoud, esa dinámica “ya no sorprende a nadie” y “al contrario, es la confesión de un peronismo que asimila su fragilidad y cede para llegar con vida a 2023”. Es que la hoja de ruta de Sergio Massa cuenta con el sello de La Cámpora y la vicepresidenta. Resignados al ajuste y una redistribución de los ingresos al revés, buscan un autoconvencimiento de que el ministro de economía está “administrando consecuencias”. Si las concesiones al poder económico no son algo nuevo en la gestión del Frente de Todos (cómo olvidar Vicentin), la etapa de consenso interno con Sergio Massa redobló ese derrotero de “cría cuervos y te sacarán los ojos”.
Metas de fin de año
Se arrima el fin de año y las cuentas para las mayorías trabajadoras intensifican el rojo. Las metas de ajuste del acuerdo con el FMI y la inflación que no cede, marcan el pulso del mazazo. En El Cohete a la Luna, Horacio Rovelli lo muestra en datos: la reducción del gasto estatal fue del 15,6% en términos reales en los primeros 10 meses del 2022. En el caso del pago de jubilaciones y pensiones es peor: en promedio cayeron un 20% respecto al mismo lapso del 2021. Diego Genoud estima que, al finalizar el año, el ajuste va a rondar el 25%.
¿A dónde fueron a parar los recursos que se les saca a las mayorías? Rovelli explica que “es para poder contar con más pesos y pagar los intereses de la deuda que, de enero a octubre 2022 fue por 679.329,5 millones de pesos (el 4,9% del presupuesto nacional)”.
Del lado de las minorías que se apropian las riquezas del país, es todo festejos. Horacio Verbitsky muestra que “Arcor, Molinos, Clarín, Ternium, PAE y Tecpetrol (nueve meses de 2022) y Aluar, Ledesma, La Anónima (junio-septiembre 2022, es decir el trimestre de mayor aceleración inflacionaria) (...) las ventas crecieron un 79,5% interanual en dólares” y sus “utilidades crecieron 40,3% interanual en dólares”.
Como si faltara la frutilla al postre, esta semana se conoció el auto-aumento que se van a dar diputados y senadores desde el próximo mes: 30% más para sus ingresos. El único que rechazó este privilegio fue Nicolás del Caño del Frente de Izquierda, que en la última sesión de Diputados insistió en terminar con los privilegios."Un trabajador de la salud cobra $140.000, ¿por qué un diputado tiene que cobrar más?” cuestionó luego del acuerdo entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio para concretar el aumento que llevará sus sueldos por encima de $450.000. La comparación del diputado de izquierda no es casual: las y los trabajadores de la salud vienen dando una enorme pelea en todo el país por sus pisoteados sueldos y condiciones laborales, acordes a una avanzada mercantilizadora en la salud de los gobiernos nacional y provinciales. En Capital Federal los residentes y concurrentes arrancaron un triunfo al gobierno de Larreta. Pero el conflicto de la salud se extiende en Jujuy, Córdoba, Rio Negro, Tucumán, Mendoza, Chaco, en la provincia de Buenos Aires y en Hospitales como el Garrahan y el Posadas que dependen de Nación.
A pesar de estos contrastes, el gobierno acordó un módico aumento del 20% y en cuatro cuotas del salario mínimo vital y móvil. El presidente Alberto Fernández estuvo al frente del anuncio donde destacó “el consenso” alcanzado. Un consenso que deja afuera a las mayorías que se ven afectadas por la pérdida salarial sistemática y que lo están expresando en procesos de lucha y organización como el de salud. Un consenso que solo puede ser a favor del poder económico cuando el salario mínimo acumula hasta octubre de este año una caída del 10,9% en relación a diciembre de 2019. Peor que con Macri.
¿Dónde está la esperanza?
Las variables económicas son precarias, la crisis social crítica. El sistema político y el establishment están con la cabeza en las elecciones de 2023 y la pregunta que se hacen no es solo quién puede ganar sino también quién puede dar gobernabilidad en un mar de ajuste contra las mayorías, que promete ser mucho más severo para el próximo gobierno.
Puertas afuera, el triunfo de Lula-Alckmin en Brasil y el bluff de “la ola trumpista” que no fue en las elecciones norteamericanas, le ponen ciertos límites a las expresiones políticas de la ultraderecha y se interpretan como un llamado a “volver al centro”. Puertas adentro (salvando las distancias con ambos países), los movimientos de Cristina Fernández ganando protagonismo pueden leerse en ese clima. Con un fuerte discurso de orden y seguridad, gestos hacia el radicalismo, rodeada de intendentes, dirigentes sindicales, gobernadores, y hasta los puentes con el Movimiento Evita, también pueden ser señales para ofrecerse como la mejor garantía de gobernabilidad frente a una “postpandemia que viene fulera”. Como candidata o “armadora”, todavía está por verse.
Horacio Rodríguez Larreta eligió esta semana para hacer su propia ofensiva electoral. Acorralado por residentes y concurrentes de la salud pública en la calle por nueve semanas, retomó un perfil dialoguista y se diferencia más de Patricia Bullrich. Formalizó sus candidatos PRO para retener la jefatura porteña (con Quirós y Acuña) y en el mismo acto se puso la banda de presidenciable. Juntos por el Cambio cruje en su interna por todos lados. Hasta el liberal Javier Milei se subió al tren con guiños a los "halcones": pasó de tildarlos de "Juntos por el Cargo" a ofrecerse para ocupar... un cargo. Dijo estar dispuesto a ir a una interna con Patricia Bullrich, y si ella vence ya se postuló como su ministro de economía.
La disputa electoral se cocina sin pausa, sintonizados en otro canal que no es el de millones de trabajadores y trabajadoras.
El lema estrenado por Cristina Fernándz en el último acto en La Plata parece más dirigido a levantar las expectativas electorales de su propia tropa, que a un sentimiento que tenga cabida en la vida real respecto a lo que tienen para ofrecer. “La fuerza de la esperanza” se vuelve un lema aún más extraño con las referencias sistemáticas al pasado que hace la vicepresidenta, con una propuesta de futuro que brilla por su ausencia. ¿Por qué se volvería a creer en una fuerza política que está gobernando, incumplió sus promesas, y se encamina a terminar peor de lo que empezó?
Quizás amerite pensar el significado más profundo de esa frase tan repetida últimamente desde el cristinismo que dice “Massa está administrando consecuencias”. Entre la búsqueda de justificativos para sostener la viabilidad de un ajuste más recargado, o un autoconvencimiento, hay algo más que el apoyo pragmático para llegar al 2023. “Administrar consecuencias” implica pararse sobre una herencia, sin tocarla. Es lo contrario a ir a buscar sus causas para revertirlas. Es, en última instancia, adaptarse a un statu quo (en el mejor de los casos).
Algo que ha atravesado mucho de la historia de nuestro país desde la ultima dictadura militar hasta nuestros días. Quizás algo de eso explique por qué, como dijo Cristina, “es cierto que con la democracia no se pudo ni comer, ni curar, ni educar, pero sí se puede vivir”. Si queremos que vivir sea mucho más que el mero acto de apenas respirar, la esperanza habrá que buscarla en el poder de la voluntad colectiva para transformar la vida con los ojos y las manos de quienes no son dueños de nada pero hacen funcionar todo.

Jesica Calcagno
Nació en Buenos Aires en 1984. Licenciada y profesora en Sociología (UBA). Acreditada en el Congreso.