La Causa Vialidad, el poder judicial y las reconfiguraciones del mapa político. El Frente de Todos y Juntos por el Cambio demasiado cerca en el barro del ajuste, se lanzan a los extremos de la polarización. Cristina y una épica difícil. Una partida doble para la clase trabajadora.

Jesica Calcagno @Jesi_mc
Domingo 28 de agosto de 2022 12:01

Foto: Télam
Demasiado lejos, demasiado cerca
Otra semana frenética para la política Argentina. De las tijeras de Sergio Massa, a un poder judicial que se perfila como jefe de campaña de Juntos por el Cambio. Del negocio y la corrupción en la obra pública, a la persecución política. De Lázaro Báez a Nicky Caputo. Del “consenso del ajuste” a la judicialización de la grieta. De hibernar en la crisis, al “estado de alerta y movilización” por la vicepresidenta. Las vallas y la represión en Recoleta le pusieron la frutilla al postre de la semana que se va: Cristina vs Larreta. El 2023 está ahí, como telón de fondo auspiciando la disputa. Una carrera que pisa sobre el barro de una crisis económica y social que no dejan de descargar sobre las mayorías.
“Se mira el alegato, posiblemente demasiado teatral de Diego Luciani, como un favor: porque puso al peronismo a girar en torno a la vice y, según admiten hasta peronistas que la miran con recelo, le devolvió un fulgor que la militancia no tenía” dice Pablo Ibáñez en El DiarioAr. Es indudable que la vicepresidenta vio una oportunidad en las torpezas de un poder judicial que se siente tan impune que ya no le preocupa ni siquiera aparentar en las formas. Diego Genoud describe ese pasaje en La Política Online. “Justo cuando había enmudecido, al final de un ciclo largo en el que pasó de denunciar el ajuste de Martín Guzmán a promover la llegada de un Massa que va a un ajuste más profundo, Cristina renace en toda su centralidad. Diego Luciani lo hizo” dice.
Mucho ajuste corre (a toda velocidad) debajo del puente. La militancia kirchnerista, y la propia Cristina Fernández, habían quedado en ese incómodo lugar de socios claves para dar “volumen político” al camino elegido con el FMI. Como dice Fernando Rosso en El DiarioAr, el ex ministro de economía “quedó como un tibio gradualista frente al nuevo tijeretazo”. Con más de un año por delante al frente del gobierno, y con tarifazos a punto de llegar a nuestras casas, la tribu cristinista se agarra de una bandera para construir su propia épica. El propio camporista, Andrés “Cuervo” Larroque lo reconoció al afirmar “Se necesitaba que el peronismo se despierte, estábamos en un momento gris”. ¿Estábamos?
Aunque es una épica de patas cortas y difícilmente pueda ir más allá de la movilización del “pueblo kirchnerista”. No solo por las promesas incumplidas de un Frente de Todos que no llenó heladeras, no devolvió el asado, y hoy está subido a la ola de profundizar la transferencia de ingresos de las y los trabajadores hacia el capital más concentrado. También por la opacidad de la obra pública que existe tanto como la persecución política del poder judicial. Fernando Rosso es de los pocos que señala que “Cristina Kirchner no se limitó a redireccionar las imputaciones hacia sus adversarios políticos, sino que dejó en evidencia la íntima relación de altos funcionarios de su gobierno con poderosos empresarios vinculados al macrismo”. José Lopez, secretario de obras públicas en los 12 años de gobiernos kirchneristas, es el recuerdo vivo de eso.
La novedad es que, esta vez, el poder judicial empujó a todo el peronismo a girar en torno a la vicepresidenta. Mario Wainfeld define este movimiento en Página 12 como un “peronismo re-juntado en dos frentes”. En lo económico, alrededor de Massa superministro del ajuste. En lo político y judicial, alrededor de Cristina. Genoud marca las rarezas de haber logrado una “disciplina del peronismo” en su cruzada contra el “lawfare”, que tiempo atrás era impensado. Desde todos los gobernadores, hasta un Héctor Daer que “desde 2013 invirtió fuerte en todas las alquimias posibles para dejar atrás a CFK, ahora ofrece la CGT para que ella sea única oradora”.
Visto desde esta óptica, la “operación Luciani” quizás haya tenido algo de coherencia en la torpeza. Con Lilita Carrió y Macri, preocupados con la llegada de Sergio Massa y la porosidad de Juntos por el Cambio con el peronismo, no parece tan mal negocio empujar al peronismo al extremo. Que Cristina gane protagonismo, es una forma de limar esa aspiración de mostrar un “peronismo de centro” con Sergio Massa. Con el presidente Alberto Fernández reducido a inaugurar un paso a nivel en Escobar, el líder renovador apareció como la apuesta para un nuevo experimiento dentro de esos parámetros.
Pablo Ibáñez hace un análisis interesante sobre otro protagonismo renovado de ese lado de la grieta: Horacio Rodríguez Larreta. “El jefe de Gobierno enfrenta, como nunca antes, la presión interna para mostrar algún nivel de autonomía. Eso implica ser, al mismo tiempo, más y menos macrista de lo que es ahora (...) debe ser más parecido a Macri para dejar de ser visto como un subalterno de Macri”, dice. La “halconización” del jefe de gobierno porteño este sábado, parece servirle para esa alquimia en su propia cruzada presidencial. La propia Cristina lo desafió el mismo lunes desde su cuenta de twitter: “Lo único que le faltaba a Rodríguez Larreta para ser Macri” señalando a la policía de la Ciudad por reprimir en la puerta de su casa cuando comenzaron las concentraciones de propios y detractores. Aunque el jefe de gobierno porteño ya tiene un largo historial de represiones contra enfermeras, docentes, estudiantes, trabajadores de la cultura, mujeres sin vivienda y un largo etcétera, acusó recibo. Este sábado escaló con vallas y una represión calculada. Listos, preparados: ¡a los extremos! El peronismo hacia Cristina, Larreta hacia Macri. El jefe de gobierno porteño se mueve atendiendo distintos flancos: no deja de ofrecer su propuesta de un “gobierno de coalición del 70%” cuando le habla a empresarios locales y extranjeros.
"Qué bueno para la Argentina y su gente [que el FdT] tome el camino de la prudencia fiscal", festejó esta semana el ex funcionario macrista Carlos Melconián. Al escuchar la entrevista radial donde se despachó con elogios a las medidas de ajuste de Sergio Massa, el nuevo mapa político que se está abriendo cobra más sentido. Con el Frente de Todos y Juntos por el Cambio demasiado cerca con el “consenso del ajuste”, había que buscar en otro lado para mostrarse demasiado lejos.
Sebastián Premici en El Cohete a la Luna dice con todas las letras, algo que la izquierda viene insistiendo: “El ajuste fiscal y presupuestario publicado el lunes a través de la decisión administrativa 826/22 confirma que el co-gobierno con el FMI sigue más vigente que nunca”. Agrega algunos datos de sus consecuencias: “La economía creció un 6,4% durante el primer semestre del año en la comparación interanual. Pero el derrame no llega. (...) Aproximadamente el 30% de los trabajadores obtiene ingresos mensuales por debajo del salario mínimo vital y móvil”. Mónica Arancibia en La Izquierda Diario completa la información comparando el anémico nuevo valor del salario mínimo ($51.200 a partir de septiembre), con la canasta que calcula la Junta Interna de Ate Indec (que incluye el gasto de alquiler). En julio fue de $179.990. Así está el mazazo a los ingresos que se sigue reforzando.
La oposición de derecha y el establishment festejan el rumbo económico del Frente de Todos, y se pueden dar el lujo de cambiar de tema en la agenda pública. Un cambio de tema que le calza a la conveniencia de la militancia cristinista. Hablar del “amor y la alegría peronista” en defensa de la vicepresidenta. Para todo lo demás, existe Sergio Massa y el FMI.
Como dice Fernando Rosso “Los teóricos del lawfare siempre dijeron que el objetivo no eran las personas, sino la intención deliberada de condicionar el proceso político e imponer el programa económico. Desde ese punto de vista, el lawfare ya ganó. El disciplinamiento está relativamente logrado con un gobierno que asume el ajuste como único horizonte de lo posible”.
Las castas del poder
Si apuntar solo a los privilegios de la casta política venía siendo un discurso de moda, los hechos de esta semana llegaron para dejarlo desdibujado. En las democracias capitalistas, ese blanco exclusivo, queda corto. Muy corto. Entre expedientes, corrupción, y cuanto negocio aparezca, emergen con fuerza el poder económico y el judicial. Son tres patas que actúan mancomunadas, se mueven como pez en el agua. O en el barro.
En este episodio del podcast de política de La Izquierda Diario, la periodista Sofía Caram de Ámbito aporta información sobre la Causa Vialidad, que expone sus objetivos persecutorios, en particular con el uso de la figura de “asociación ilícita”. Lo que también queda al descubierto es una clara línea de conducta del poder judicial: la de salvar al poder económico, siempre. Aunque reconocen haber pagado coimas los Rocca de Techint, los Roggio de Metrovías y tantos otros, a ellos nadie los toca. Aunque esté ampliamente documentada la historia de la “Patria Contratista” que tuvo grandes hitos de negocios y estafas al Estado por parte de empresarios durante la dictadura militar. Eso, no se cuestiona.
Para que no queden dudas de quiénes se ponen al frente de defender un poder judicial amañado, privilegiado y reaccionario, está la columna de Joaquín Morales Solá en La Nación. Dice que “Cristina Kirchner (y el propio Alberto Fernández) no imagina un mundo de gente normal. No percibe, en fin, que hay jueces y fiscales que trabajan, tienen una familia, hacen deportes y se ocupan de sus amigos”. Jugar al fútbol en la quinta de Mauricio Macri, donde se codean con la creme del establishment, está muy lejos de ser algo de “gente normal”. ¿Es “normal” que los jueces gocen de patrimonios millonarios, tengan sueldos y jubilaciones de privilegio? Morales Solá expresa su molestia porque se ventilen “cuestiones familiares del fiscal Luciani” que lo relacionan, por ejemplo, con Federico Braun. “Un empresario honesto” dice el columnista de La Nación, aunque ese nombre se hizo conocido por contar entre risas que “remarca los precios” todos los días.
Detrás de un poder judicial que busca imponer y direccionar un programa económico, están “los dueños” del país. Son lo que siempre zafan. La impunidad del poder económico es una constante en nuestra historia. El genocidio de la ultima dictadura militar contó con su participación protagónica, hasta armando centros clandestinos en sus propias fábricas como en la Ford. Sin embargo, prácticamente no han sido juzgados. Desde el Grupo Macri, pasando por Blaquier de Ledesma, y hasta la familia Eskenazi, supieron sacar gran provecho de sus vínculos con los militares de la dictadura genocida.
Cristina Fernández, en su alegato por youtube, vino a recordar también que los lazos entre el poder económico y el poder político, son patrimonio de todos los gobiernos. Los chats entre su titular de obras públicas, José Lopez, con Nicky Caputo, el hermano de la vida de Macri, se llevaron un largo capítulo en su exposición. Pero agregó otros nombres: no sólo Eskenazi (involucrado por la familia Kirchner en el negocio de YPF) visitaba Olivos durante sus gobiernos. También Magnetto de Clarín, recordó. Al emporio de los medios de comunicación, Nestor Kirchner le regaló un monumental negocio con la fusión de Multicanal y Cablevisión.
La vicepresidenta metió a varios empresarios en el lodo. En el mismo acto que apuntó contra sus adversarios políticos y el real recorte de la realidad que elige hacer el poder judicial, dio una imagen de que son lazos y negocios “normales”, y no implican delitos según el Código Penal.
En lo que presentan como “normalidad” de cómo funcionan y operan estos poderes, están los motivos de los padecimientos y miserias que atraviesan a las mayorías trabajadoras y populares. Algo que desarrolla Eduardo Castilla en el Semanario Ideas de Izquierda.
Ajuste y persecución
El show que se ha montado sobre las causas de corrupción en la obra pública, genera el lógico rechazo de amplias franjas de la población preocupadas porque no llegan a fin de mes, por los tarifazos, o porque son parte de las casi 4 millones de familias que padecen la falta de vivienda. Aunque poco quiera debatirse por los protagonistas de ese show y los grandes medios, ese malestar social tiene mucho que ver con el rol que pretende el poder judicial para decidir e incidir en el rumbo del país.
En esta entrevista a Myriam Bregman en La Izquierda Diario, explica: “el peronismo decidió continuar con los pedidos del FMI, y eso va a implicar más ajuste del que ya están haciendo. Es probable que veamos cada vez más movilizaciones de las y los que más lo están sufriendo, por eso cualquier fortalecimiento del poder judicial va a ir en contra de quienes salgan a reclamar”. Alejandro Bercovich puso en números ese “ir por más ajuste” en BaeNegocios: a los $128.000 millones que ya ordenó podar Massa, “para que se cumpla la meta de déficit del 2,5% del PBI en todo 2022, todavía falta recortar gastos por otros $308.000 millones” según cálculos de la consultora Analytica.
La abogada y diputada del Frente de Izquierda, recordaba en la conversación, un escrito de León Trotsky: “Tanto la experiencia histórica como teórica prueban que cualquier restricción de la democracia en la sociedad burguesa, es, en último análisis, invariablemente dirigida contra el proletariado (...) La agudización de la lucha de clases obligará a las burguesías de cualquier tipo a llegar a un arreglo entre ellas mismas; aprobarán entonces leyes especiales, toda clase de medidas restrictivas, y toda clase de censuras ´democráticas´ contra la clase obrera”.
Que el reaccionario poder judicial se empodere utilizando mecanismos para la persecución política, es preparatorio para dirigirlo contra el pueblo trabajador. Un experimento que ya está haciendo Morales en Jujuy contra toda organización que sea opositora. Algo que entiende muy bien Larreta cuando el sábado por la noche habló contra “un plan sistemático de ocupación del espacio público” para convalidar represiones pasadas, presentes y futuras.
Para la clase trabajadora se juega un partido doble: enfrentar el ajuste y todo intento de limar sus capacidades para decidir o movilizarse. Para hacer valer su poder que, opuesto a todos los demás, es el único poder mayoritario. El único que hace funcionar todo, con su trabajo.

Jesica Calcagno
Nació en Buenos Aires en 1984. Licenciada y profesora en Sociología (UBA). Acreditada en el Congreso.