La participación de mujeres en la vida académica ha logrado ciertos avances en materia de inserción, el 52% de las matrículas. No obstante, los roles de género son un obstáculo para que se desarrollen en condiciones de igualdad social y económica.
Martes 2 de enero de 2018

Si para nuestras abuelas acceder a la universidad era casi impensable o significaba batallar contra todos los prejuicios sociales, hoy, se ha vuelto un horizonte más o menos realista, con el 52% del total de la matrícula universitaria compuesta por mujeres. Sin embargo, la concreción de ese objetivo está cruzada por importantes filtros sociales, que discriminan quiénes serán los que ingresen y egresen de las diversas carreras universitarias.
Uno de esos filtros, es la condición económica de quien aspira a estudiar, pruebas estandarizadas, como la PSU, siguen marginando a las capas sociales más empobrecidas.
Pero además, hay otro tipo de filtros, que actúan de forma transversal en el sistema educativo, como es el sistema de roles de género, que perpetúa un orden social donde las mujeres se les asignan las tareas asociadas al cuidado de otros, mientras que a los varones se les motiva estudiar materias como la ciencia y la tecnología. Así lo advirtió el panel sobre “Género, educación y trabajo” hecho en la Facultad de Economía y Negocios (FEN) de la Universidad de Chile, realizado en agosto de 2017. La construcción de estereotipos es un factor determinante respecto a la brecha de salarial de género, ya que sería el fundamento de estas diferencias sociales.
Además, acusaron que el sistema educativo no promueve que las niñas desarrollen las áreas de ciencias y matemáticas, manifestando que “el sistema escolar no potencia habilidades matemáticas de niñas y eso influye en su futuro laboral y remuneraciones”.
Esto explica que exista una presencia de hasta el 98% masculina en carreras como Ingeniería, y un porcentaje equivalente de mujeres en áreas consideradas “sociales” o “en bienestar del otro”. Esta realidad sería determinante a la hora en que las mujeres eligen la carrera en la que matricularse, su elección no es libre, sino la consecuencia de un sistema escolar, que reproduce estereotipos de género.
No es una elección natural que las mujeres prefieran la carreras peor remuneradas
El panorama del 2015 revela que sólo el 20% de las mujeres estudia una carrera ligada a la ciencia y tecnología en el país. Según lo debatido en la 12va. Cumbre “The Gender Summit” (Cumbre de género) en Chile la tasa de mujeres involucradas en el desarrollo de investigación está por debajo del promedio latinoamericano de 44,7%, ya que sólo alcanza el 31,5% del total.
En dicha actividad, desarrollada el 6 de diciembre de 2017, la presidenta Michelle Bachelet se preguntó cómo abordar el problema, cuestionándose así:
“Cómo abordamos desde la confección de la malla curricular hasta metodologías no sexistas; en el mundo laboral, cómo hacemos para que los tradicionales factores como maternidad o cuidado de personas en el hogar, dejen de ser un freno; cómo hacemos para que las niñas puedan conocer más referentes femeninos desde sus primeros acercamientos al conocimiento”.
Dando cuenta de que en todos esos espacios las mujeres sufren de discriminación de género, que tiene su origen en la reproducción que hace el sistema educativo de un sistema de roles de género impuesto por un sistema basado en la desigualdad social.
Pero no es sólo la escuela donde se reproduce este sistema de roles a través de los estereotipos, sino que se consolida en la segmentación del mercado laboral y las brechas salariales.
Según el informe GET (Género, Educación y Trabajo) del año 2016 la participación femenina en actividades domésticas o trabajo no remunerado es más alta en mujeres a partir de los 12 años. Revelando que niñas y mujeres mayoritariamente, son quienes garantizan las tareas reproductivas como la crianza, el trabajo doméstico que alimenta y asea a la mano de obra presente y futura y, asimismo el cuidado de enfermos y ancianos son realizados por mujeres y niñas de forma gratuita, porque es considerado natural que cumplan con ese rol.
Sin embargo, se trata de un trabajo necesario, que se consume cada día y que es peor valorado socialmente porque son roles femeninos que le corresponde realizar a las mujeres por amor y de forma gratuita en el ámbito privado y por la fracción del sueldo de un trabajador varón con la misma calificación profesional o técnica en lo laboral. En Chile, la brecha salarial de género supera el 30%.
Ante este panorama, la UNESCO y la OCDE elaboraron recomendaciones para promover medidas de equidad de género con el objeto de que los países incluyan a niñas y niños en la diversidad de materias de forma igualitaria, además llamando a poner énfasis en intervenir en la educación escolar.
En Chile se han impulsado campañas como #LasNiñasPueden y #EduquemosConIgualdad, sin embargo, estas medidas son insuficientes. Porque no cuestiona ese trabajo realizado de forma gratuita y por imposición, de modo que se sigue realizando por mujeres y niñas fundamentalmente.
El problema también es económico
Esta realidad implica una carga de trabajo de tres horas más que el realizado por un hombre en un día, considerando el total del trabajo, tanto remunerado como doméstico, según la última Encuesta de Uso de Tiempo.
Hay muchos aspectos más que desarrollar respecto a la relación entre la segmentación del mercado laboral y los estereotipos en el sistema educativo, pero parece relevante señalar que no es casual que las carreras asociadas a roles femeninos sean peor remuneradas ni mucho menos que las mujeres las elijan. Están determinadas por el tiempo que deben dedicar al resto de responsabilidades sociales que se les asignan a las mujeres y un sistema educativo sexista, que fomenta esta concepción del valor del trabajo femenino, abaratando costos.
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