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Red Internacional
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PINTURA. El Bosco, cuando se pinta la pesadilla

En agosto de 1516 moría uno de los más enigmáticos pintores de la historia, cultor de mundos a mitad de camino entre la realidad y la pesadilla, donde reina la contradicción y el desvarío.

Paula Schaller Licenciada en Historia

Domingo 21 de agosto de 2016

Una biografía casi desconocida y el escaso apego a firmar sus obras contribuyeron al misterio que de por sí despierta su arte, adelantado por siglos al onirismo propio de la corriente surrealista. En homenaje, el Museo del Prado de Madrid está realizando la muestra El Bosco. Exposición del V Centenario, la mayor realizada hasta el momento que reúne 23 de sus 27 cuadros y 6 de sus 11 dibujos; y se estrenó en setenta cines de toda España el documental El Bosco, El Jardín de los sueños dirigido por López Linares, que llegará antes de fin de año a nuestro país y cuyo tráiler tuvo más de tres millones de visualizaciones antes de su estreno. A cinco siglos, el enigmático arte de El Bosco aún despierta pasiones y sigue manteniendo escrutadora vigencia.

El arte de la metamorfosis

Jheronimus van Aken nació alrededor de 1450 en la ciudad de ’s-Hertogenbosch ("el bosque del duque"), en el ducado de Bravante, actuales Países Bajos. "Den Bosch", abreviatura del nombre de la próspera ciudad de 25 mil habitantes, una de las más importantes del ducado luego de Amberes, Bruselas y Lovaina, conocida por su producción de paños y cuchillos, fue el topónimo adoptado por el pintor para su actividad artística y aquel que lo inmortalizara como El Bosco.

Su vida se desarrolló a lo largo de lo que muchos llamaron el "ocaso de la Edad Media", coincidente con el inicio del despertar científico, cultural, intelectual y artístico característico del renacimiento que, como señalaron Marx y Engels, atizó en el seno de la sociedad feudal los elementos capitalistas. Como señala el historiador Fernand Braudel analizando los distintos centros de gravedad de la economía mundial, los Países Bajos operaron por aquellos tiempos como polo dinámico de un incipiente capitalismo comercial, desplazando a Venecia que venía jugando este rol desde 1380. Y si el Renacimiento italiano fue hijo del desarrollo veneciano y florentino, el de los Países Bajos también sentó las bases para un gran florecimiento cultural sin el cual resulta imposible comprender la actividad de El Bosco, de familia de pintores y cuyo entorno estaba imbuido de la moderna vida urbana, sus avatares y conflictos. Su misma casa estaba situada en la plaza del mercado, ineludible centro económico y político de la ciudad y eje articulador por excelencia de la vida burguesa. Por esto, si bien su obra está atravesada de una fuerte ética religiosa El Bosco no será un pintor medieval. Su impronta urbanita le otorga un carácter específico: cuadros que escrutan aquello que entiende como las inmoralidades que afectan la vida pública: violencia, derroche, arrogancia, guerra, lujuria sexual. Sus personajes predilectos serán campesinos, mendigos, vagabundos, monjes y nobles de dudosa conducta, arquetipos sociales propios de la fase de desintegración del feudalismo, que estuvo atravesada de múltiples convulsiones y padecimientos sociales–guerras, hambrunas y peste-.

El Bosco será el retratista del desasosiego reinante frente a un mundo en crisis que fenece plagando la existencia popular de miseria generalizada. Es que, como señala Allan Woods, el suyo es un mundo en transición, donde de las entrañas de la decadente vida feudal va aflorando dolorosamente la vida capitalista, donde “todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado”, al decir de Marx. Comenzaba a desmoronarse el viejo mundo de la Edad Media, con sus cimientos sociales y jurídicos y su firme sistema de legitimación asentado sobre la fe religiosa. Dice Woods: “El sistema de creencias religiosas que había dominado durante el milenio siguiente a la disolución del Imperio Romano estaba en crisis. En su lugar, un clima generalizado de escepticismo y cinismo comenzó a apoderarse de la sociedad. La agitación social generalizada encontró su reflejo en la duda universal". El Bosco parece ser el pintor de ese mundo en metamorfosis, el pintor de la duda.

Crítico de su tiempo

En su conocida La Historia del Arte, Gombrich dice sobre Alberto Durero, uno de los más reconocidos artistas del renacimiento alemán, “su imaginación alimentaba el general desasosiego y la hostilidad contra las instituciones de la Iglesia, tan frecuentes en Alemania hacia la terminación del medievo y que estallaron con la Reforma de Lutero”.

Para entender a El Bosco hay que inscribirlo en la misma tendencia: refleja en su obra la decadencia de un orden de valores en crisis y establece una profunda crítica moralizante respecto de la conducta de clérigos y nobles, tópicos que más adelante serían sistematizados como programa de regeneración religiosa por la Reforma Luterana. Es que conforme a que avanzaba el proceso de disgregación del antiguo sistema de creencias feudal, la disensión religiosa expresada en múltiples formas fue el canal de una creciente oposición social y política que cuestionó el distanciamiento de la Iglesia respecto de sus primigenios ideales de pobreza y castidad. Lejos de la austeridad monacal de las sectas de los orígenes del cristianismo, la Iglesia estaba ahora entre los mayores terratenientes de la época y obtenía parte de sus riquezas de la venta generalizada de indulgencias, simples papeles que prometían al comprador librarlo del purgatorio. En el tríptico El Carro de Heno, por ejemplo, donde todo el mundo lucha despiadadamente por hacerse de un puñado de heno, símbolo de la prosperidad material, vemos a monjas y sacerdotes participando de la disputa, como alegoría de la riqueza y la codicia que los embarga. El mismo apego a lo material transmite la figura de El Jardín de las Delicias en que una cerda usa la toca de una monja mientras exige que un hombre firme un documento donando sus bienes a la Iglesia.

Detalle de "El Carro de Heno"

Detalle de "El Jardín de las delicias"

Como síntoma de la crisis de autoridad ideológica de la Iglesia florecieron todo tipo de movimientos supersticiosos y místicos. El Bosco fue miembro prominente de la Ilustre Hermandad de Nuestra Señora, una cofradía de laicos dedicados al culto de la Virgen donde, a nivel social y cultural, se cultivó en esa corriente mística pre-reformista. Pero también se multiplicaron las sectas flagelantes que anunciaban el fin del mundo y salían en harapos a los caminos a practicar la penitencia física, auto-azotándose. Este espíritu de época recogen los cuadros de El Bosco, rebosantes del espectro de la oscuridad, la fatalidad y la desesperanza.

Surrealista en el medioevo

Desde el redescubrimiento de su obra en el siglo XX muchos han insistido en la singularidad de su estilo, demasiado gótico para ser renacentista, demasiado moderno para ser medieval. Stephan Fischer, especialista en la obra de El Bosco y autor del libro recientemente publicado Jheronimus Bosch plantea que si bien este es parte del clima artístico con tendencias realistas del gótico tardío y el Renacimiento temprano, constituyó una extraordinaria anomalía. Sus cuadros abundan en escenas grotescas protagonizadas por seres teriántropos (mitad humano, mitad bestia) que se retuercen en toda clase de padecimientos. Si bien las imágenes híbridas como los centauros o mitológicas como unicornios, dragones, diablos, son típicamente medievales, propias de las miniaturas (pinturas o dibujos que ilustraban libros o manuscritos en la Edad Media) o de la arquitectura como las gárgolas, El Bosco tuvo la originalidad de abrir las puertas del “Gran Arte” a estos géneros menores, tomando las representaciones escénicas conocidas como drolleries, que utilizaban monstruos y seres grotescos como ilustración de los pecados o de la ironía, para trasladarlas a grandes retablos. Pero además sus cuadros abundan en personajes monstruosos surgidos de su propia imaginación, figuras extraídas de sueños o pesadillas.

El Jardín de las Delicias, tríptico que narra la degradación de la humanidad por su caída en el pecado desde el Génesis hasta el Infierno, está repleto de personajes tan desopilantes como inquietantes, como el hombre-árbol que en El Infierno mira de frente al espectador, con brazos como troncos, sobre cuya cabeza bailan pequeños monstruos al compás de una gran gaita y cuyo tórax tiene aspecto de cáscara de huevo llena de monstruos en su interior. O el personaje sentado sobre un inodoro con cabeza de ave devorando a los condenados y defecándolos en un pozo en el que otros personajes vomitan o excrementan oro.

Detalle de "El Infierno", "El jardín de las delicias"

El arte de El Bosco tiene un componente profundamente onírico, que se adelantó por varios siglos a la corriente surrealista que fundaría en ello una concepción propia del arte. La contradicción, lo imposible en apariencia, la yuxtaposición irracional de los órdenes de realidad/irrealidad, son el leitmotiv de su obra. El Bosco hizo una utilización completamente libre y variada de la simbología, ya que no sólo se nutrió de los escritos místicos, sino de las impresionantes descripciones de prácticas mágicas, de antiguas tradiciones populares, de los proverbios, los misterios, etc., dando como resultado un variado mosaico que expresa la heterogeneidad de la cultura popular de la Baja Edad Media, de la que supo como nadie interpretar sus hondos temores, en palabras de Gombrich.
Su arte fue irreverente y desafiante, una aguda denuncia de los padecimientos de la sociedad y de los pilares de un orden en decadencia como la Iglesia. Por eso no deja de ser un gran contrasentido que fuese precisamente Felipe El Prudente, rey español ultra católico y cabeza de la cruzada antiprotestante, uno de sus más fanáticos seguidores. Fue este quien, una vez muerto El Bosco, compró y confiscó parte de sus cuadros para llevarlos al Escorial. El Prudente cayó en la trampa tendida por el arte de El Bosco, contemplando sólo su ética moralizante sin entender jamás en qué medida esta estaba vuelta contra todo el sistema de creencias que aquel encarnaba.

Trailer del documental