El pasado domingo el agudo aparato de propaganda del Estado Islámico (EI) difundió una nueva video-ejecución. Esta vez el escenario no es un desierto de Irak o Siria, sino una playa. Una fila de hombres arrodillados, vestidos con el uniforme naranja que recuerda a los presos de Guantánamo, van a ser decapitados. Las víctimas son trabajadores pobres de la minoría copta cristiana, que emigraron de Egipto hacia Libia, atraídos por la posibilidad de un empleo en el sector petrolero que mitigue la miseria.
Jueves 19 de febrero de 2015
Como ya es costumbre, el espectáculo de las ejecuciones del EI tiene como objetivo solo causar horror. Son un mensaje para propios y extraños. Sirven tanto a los fines del reclutamiento, sobre todo para jóvenes sin futuro que viven una existencia de humillación y represión como para provocar las respuestas de occidente y sus aliados y llevarlos quizás a donde no quieren.
El que dirige la banda de cortadores de cabezas se dirige a la cámara blandiendo su cuchillo para darle un mensaje a todos los “cruzados”, en el que resalta especialmente que están al sur de Roma, en Libia, la tierra del Islam.
El contenido de este mensaje es casi transparente: el Estado Islámico ha extendido sus tentáculos y ya opera más allá de Siria e Irak. Aparentemente ha incorporado tres provincias libias a su califato, que incluye el control de parte de la capital, Tripoli. Más aún, se encuentra a las puertas de Europa.
Esto bastó para encender luces de alarma en Egipto, sus aliados conservadores del Golfo e Italia, que acusó recibo de la amenaza y teme que entre la multitud de refugiados que huyen de Libia e intentan ingresar por Lampedusa, lleguen militantes del EI dispuestos a actuar en su territorio.
La operación parece estar dirigida en primer lugar a involucrar a Egipto de manera abierta en un conflicto en el que viene interviniendo de forma encubierta. A las pocas horas de conocido el video, Egipto en acuerdo con la fracción del gobierno libio reconocido por Occidente, bombardeó posiciones del EI y llamó a las Naciones Unidas a dar cobertura para una intervención militar de las potencias imperialistas. Por ahora Estados Unidos, Francia, Alemania y el Reino Unido impulsan una salida negociada para establecer un casi imposible “gobierno de unidad nacional”. Pero la ampliación de facultades pedida por Obama al Congreso para perseguir su guerra contra el Estado Islámico puede incluir a Libia entre sus futuros blancos.
Para los estándares norteamericanos, Libia es lo más parecido a un “estado fallido”. Para simplificar un poco el panorama, es ¿un país? con dos gobiernos desde agosto de 2014: uno reconocido por occidente, establecido en Tobruk después de haber sido expulsado de Tripoli por sus rivales islamistas, aliado con el ex general kadafista Halifa Heftar. El otro con sede en Tripoli, dentro del cual tienen peso diversas fracciones islamistas que pujan por el control del gobierno, entre ellas el grupo afiliado a Al Qaeda al que se atribuye el ataque a la embajada norteamericana en Libia.
Esto implica dos parlamentos y dos coaliciones militares, Dignidad en Tobruk y Amanecer en Tripoli, formadas por decenas de milicias locales, con sus propios jefes y sus propios intereses.
Para complicar el panorama, el Estado Islámico, que se desarrolló en este vacío, no está en ninguna, combate también al gobierno islamista de Trípoli –dominado en un primer momento por la Hermandad Musulmana- y en este combate, se hizo del control de algunas ciudades importantes como Sirte, parte de Trípoli y de Bengazi.
¿Cómo juega Egipto en este rompecabezas? Desde que el golpe del general Al Sisi derrocó al gobierno de la Hermandad Musulmana, en la geopolítica regional Egipto se ha alineado con el bando de Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, enfrentado con el bloque de Qatar-Turquía. Estos enfrentamientos de potencias regionales son los que animan las guerras civiles en el Norte de África, tras la derrota de la Primavera Árabe.
Con la liquidación de la Hermandad Musulmana en Egipto como posible vehículo de desvío se ha abierto un panorama donde a la reacción estatal-imperialista se le oponen fuerzas igualmente reaccionarias, como el Estados Islámico.
La ejecución de cristianos egipcios también tiene como objetivo provocar la reacción de sectores islamistas radicalizados ante la brutal persecución del gobierno de Al Sisi contra la Hermandad Musulmana.
A cuatro de años del inicio de la rebelión contra la dictadura de Kadafi, Libia está sumergida en una crisis de la que nadie aventura una salida.
El EI es una más de las milicias y fracciones que se disputan el control el territorio y del petróleo libio, aprovechando el caos en que quedó sumergido el país tras el derrocamiento y asesinato de Kadafi, gracias a la intervención de la OTAN.
Como en el caso de Siria, lo que comenzó como una rebelión popular contra el régimen despótico de Kadafi, terminó degenerando en una intervención de la OTAN seguida por una guerra civil que enfrenta milicias locales patrocinadas por potencias regionales.
El desarrollo de la guerra civil posterior a la intervención de la OTAN ha mostrado lo equivocado que estuvo el sector de la izquierda internacional que saludó la caída de Kadafi en una operación conjunta de milicias locales con bombardeos de la OTAN como un triunfo de una supuesta revolución democrática, sin importar quiénes lo habían derrocado.
Lejos de la “democracia” la política de Estados Unidos fue intervenir y sostener a sus aliados, las fuerzas tradicionales de la reacción como la monarquía saudita, para derrotar a la primavera árabe. Los resultados están a la vista.

Claudia Cinatti
Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.