El presidente español Pedro Sánchez y el catalán Quim Torra abrieron nuevamente el diálogo en La Moncloa. Sin embargo, el gobierno central solo cambia las formas.
Martes 10 de julio de 2018
Hacía más de año y medio que los presidentes del gobierno central y regional (Generalitat) no se veían las caras; la última vez había sido en enero de 2017 entre Mariano Rajoy y Carles Puigdemont.
Torra llegó a Madrid muñido de un buen licor regional y dos libros sobre Cataluña que entregó como obsequios a Pedro Sánchez. Este le devolvió el gesto con un paseo por los jardines del palacio, incluyendo la fuente donde el poeta Antonio Machado se encontraba secretamente con su amante Pilar de Valderrama.
En este clima de “deshielo” mantuvieron más de dos horas de reunión. Al salir, Torra declaró: “Ha sido una reunión larga, sincera, y de diálogo franco. He visto a un presidente Sánchez que ha escuchado y que ha tomado nota. Esto me ha gustado. Y rescato que estamos de acuerdo en que la cuestión catalana se trata de un problema político que tiene que resolverse políticamente". El jefe de la Generalitat también dijo que “Hemos establecido una relación bilateral que tendría continuación en una segunda reunión en Barcelona”.
Pero al mismo tiempo debió reconocer que “Sobre los dos asuntos centrales (la autodeterminación y los presos independentistas) mantenemos posiciones divergentes. He recordado al presidente Sánchez que el pueblo de Cataluña se autodeterminó el 1 de octubre. Es una fecha fundacional para nosotros así como la proclamación de independencia del 27 de octubre.”
Por su parte, el gobierno central por boca de la vicepresidenta Carmen Calvo, había ratificado minutos antes la política de Estado diciendo que “No estamos delante de ninguna novedad. El presidente de la Generalitat tiene un proyecto independentista, pero la autodeterminación no existe como derecho en ninguna democracia del mundo. El gobierno de España no abandona la defensa del orden constitucional. El artículo dos de la Constitución reconoce la diversidad territorial como un derecho pero dice que somos un solo estado".
El otro tema urticante, los presos políticos catalanes, también quedó claramente en nada. “No hay presos políticos en nuestro país”, recordó Calvo, mientras que Torra afirmó: “Sí hay presos políticos y exiliados en Cataluña. A nuestro entender en una indecencia jurídica”.
Tras los meses de represión, cambiar algo para que nada cambie
Desde aquél encuentro entre Rajoy y Puigdemont, todo siguió derrapando hacia la ruptura sobre la base de una política de represión estatal contra el pueblo catalán y su demanda de autodeterminación: Ocupación de Cataluña por las fuerzas nacionales desde fines de septiembre de 2017, dura represión al referéndum independentista del 1 de Octubre con más de 1000 heridos, intervención federal bajo el artículo 155 luego de la declaración de independencia, encarcelamiento o exilio forzado de las principales figuras del gobierno catalán.
Toda esta política opresiva del gobierno de Rajoy y el Partido Popular, la casa real y el partido Ciudadanos, contó con el apoyo activo del Partido Socialista (PSOE) de Pedro Sánchez tanto a nivel nacional como en la propia Cataluña.
Pero llegado al gobierno, Sánchez está reorientando la política estatal hacia una “normalización de relaciones”, sin cambiar en nada la intransigencia hacia las demandas de los catalanes. El clásico “cambiar algo para que nada cambie”.
Los objetivos que persigue Sánchez con esta nueva política son claros. Primero, diferenciarse del PP y recuperar algo de la imagen democrática del gobierno central, completamente liquidada por Rajoy. Segundo, encausar en un marco institucional (y dilatar para luego liquidar), la discusión sobre la autodeterminación. Y tercero, devolver de alguna manera el apoyo que dieron los partidos independentistas catalanes para la destitución de Rajoy y la asunción de Sánchez.
Como parte de esta política tuvo el gesto de trasladar a Cataluña a los dirigentes políticos independentistas presos que habían sido encerrados en Madrid y otras cárceles fuera de su región (la misma estrategia que se usó históricamente para con los presos etarras) para humillarlos y dificultar las visitas y la relación con sus abogados.
Pero como mostró el propio encuentro entre los presidentes, Sánchez no está dispuesto a reconocer ni dar lugar a ninguna de las demandas del pueblo catalán, ni la libertad de los presos políticos (incluso niega que los haya) ni el retorno de los exiliados, ni mucho menos el derecho a la autodeterminación de los pueblos.
Esto augura una relación tensa con Cataluña mientras esté vivo el anhelo de independencia entre los más de 2 millones de catalanes que votaron por ella el 1 de octubre pasado a pesar de la ocupación de la Policía Nacional y la Guardia Civil.
Por su parte, la dirección independentista (PDeCAT de Puigdemont, ERC), ahora con Torre a la cabeza, sigue apostando a un proceso negociado que hoy se refuerza con la postura dialoguista de La Moncloa, pero que es completamente utópico en los marcos del régimen del ’78 pactado a la salida de la dictadura de Franco (1939-1975).
Lo más probable es que tarde o temprano termine chocando con el gobierno central o con el extendido sentimiento de autodeterminación. Porque difícilmente los licores o paseos puedan ocultar el enorme y profundo movimiento que ha sido reprimido pero que sigue latente en Cataluña.