El fenómeno feminista. instaurado en las tomas en las universidades de distintas regiones a lo largo del país, coloca en discusión nacional quienes son los responsables de la violencia hacia la mujer.

Gaba La Izquierda Diario Antofagasta
Domingo 27 de mayo de 2018
Patriarcado y capitalismo, una alianza que profundiza la opresión y explotación de las mujeres
El patriarcado, como sistema social que determina los roles de las personas según su género, ha otorgado a los hombres la dominación del espacio público y del mundo del trabajo y ha relegado a las mujeres a los cuidados de las y los niños, los ancianos y enfermos, y al cargo de los quehaceres domésticos, todo dentro del espacio privado. Estos roles se construyen en base a la discriminación de la mujer, desigualdad que gatilla una serie de violencias hacia las mujeres, que llamamos opresión, y que traspasa las clases sociales.
Ahora bien, con la revolución industrial y la instauración del capitalismo, donde una minoría adquiere millonarias ganancias gracias a la explotación de grandes masas de trabajadores, las mujeres entraron al mundo laboral pero lo hicieron en desventaja que sus compañeros varones, trabajando largas jornadas y por muy bajos sueldos, como medida del empresario para abaratar costos, precarizando aún más la vida del conjunto de las y los trabajadores.
Aquí comenzamos a ver hasta nuestros días que las mujeres no sólo son oprimidas por su género, sino también explotadas por su pertenencia a la clase trabajadora.
“El género nos une, la clase nos divide”
Para las marxistas revolucionarias es clave entender como la opresión en el sistema de explotación capitalista adquiere nuevos contornos. Si bien, todas las mujeres somos oprimidas, la pertenencia a una clase social delimita los márgenes de la opresión, lo que sin duda moldea las vivencias subjetivas de esta opresión, y también varía las posibilidades objetivas de enfrentamiento y superación parcial o no de estas condiciones sociales de discriminación y violencia. Por ejemplo, no es lo mismo a la hora de enfrentar un aborto ilegal, ser pobre que ser rica, pues ésta última tiene la posibilidad de costear un aborto seguro en una clínica privada o en el extranjero, mientras que la mujer pobre está expuesta a los múltiples riesgos y consecuencias de un aborto inseguro y clandestino.
Concluimos, por tanto, que las mujeres tenemos intereses de clase diferentes. Por un lado los intereses de la mayoría de las mujeres, que son parte de los explotados y pobres de este mundo, y por otro los intereses de una minoría de mujeres, que se encuentra entre los poderosos dueños de las multinacionales que condenan a la miseria.
Es un hecho categórico que, aún siendo las mujeres algo más que el 50% de la población mundial, constituimos el 70% de los más de 1.300 millones de pobres del planeta y, por otro lado, sólo el 1% de la propiedad privada mundial está en manos de mujeres.
Como vemos la opresión de las mujeres no surge con el capitalismo, pero adquiere, bajo este sistema económico, rasgos particulares convirtiendo al patriarcado en un aliado indispensable para la explotación de la mayoría de la población mundial.
El capitalismo y la opresión de la mujer
Como analizábamos anteriormente, en el capitalismo la violencia hacia la mujer se agravó vorazmente, alcanzando en nuestros días una barbarie increíble. Según datos de la ONU 1 de cada 3 mujeres ha sufrido violencia física y sexual, lo que ocurre en las escuelas, en la calle, en las casas y el trabajo. A lo anterior se suma, que las mujeres a nivel mundial, son las que más sufren la desigualdad y la pobreza, debido a la disparidad de ingresos, el menor acceso de las niñas a la educación, los estereotipos (que suponen un freno para estudiar determinadas carreras o acceder a trabajos más calificados), la doble jornada laboral (compuesta por el trabajo doméstico que debe ejecutarse tras la jornada laboral), la brecha salarial, la falta de derechos reproductivos, entre otros.
Ejemplo de esto es que el 60% de las personas que pasan hambre en el mundo de forma crónica son mujeres y niñas, son las dos terceras partes de los casi 800 millones de analfabetos, tienen sueldos en promedio de un 60% menos que los hombres, poseen menos de un 20% de la tierra cultivable (a pesar de que más de 400 millones de agricultoras producen la mayoría de los alimentos que se consumen en el mundo) y sólo un 50% de las mujeres en edad de trabajar tienen un empleo, frente al 77% de los hombres.
En Chile esta situación se replica, así lo expresa la tasa de femicidios que asciende año tras año, tal como las denuncias de acoso sexual, la brecha salarial, las bajas pensiones, los abortos clandestinos y los altos costos en los planes de salud, por nombrar algunos.
El rol del gobierno
Frente a esta situación, cabe preguntarse ¿cuál ha sido el rol del gobierno?. El gobierno de la Nueva Mayoría, con Bachelet a la cabeza, frente a la presión de millones en las calles gritando #Niunamenos por femicidio y no más abortos clandestinos, implementó reformas como la ley de aborto en 3 causales, que si bien implicaron un pequeño avance, no cambió en nada la situación estructural de la violencia hacia la mujer.
Actualmente el gobierno de Piñera no sólo responde de manera insuficiente al problema de la violencia de la mujer, sino que también la avala y la reproduce. Es sólo cosa de analizar cómo empezó a articular su gobierno, especificamente en 3 pilares fundamentales; mujer, educación y trabajo.
En el Ministerio de la Mujer y Equidad de Género no sólo coloca a la cabeza a Isabel Plá, defensora de la moral e ideología conservadora de derecha, quien ha expresado en distintas instancias su contundente oposición a la ley de aborto en tres causales: “rechazo el aborto, con la absoluta convicción de que es una de las mayores injusticias de la humanidad, como fue antes la esclavitud, considerada legítima durante siglos”, sino también, coloca como encargado del departamento de Reformas Legales del Ministerio a Cristobal Aguilera, abogado que ha hecho varias investigaciones y publicaciones en contra del aborto, la identidad de género y el matrimonio igualitario.
En el Ministerio de Educación coloca como nuevo jefe de la División Jurídica del Ministerio de Educación al ejecutivo de la ONG Comunicad y Justicia, Tomás Henríquez, quien hace un año analizaba el proyecto de ley que regula la identidad de género, criticando duramente que se trata de una forma de “poder controlar como hablamos, y por extensión, cómo pensamos”. Quien junto a varias iglesias evangélicas y con el ex candidato presidencial José Antonio Kast presentaron un recurso en contra de la distribución del libro “Nicolás Tiene 2 Papás”, y que la Corte de Apelaciones de Valparaíso falló en contra de la ONG. También asesora a la UDI en temas relativos a la ley de despenalización del aborto en tres causales, el matrimonio igualitario y la Ley de Identidad de Género.
El Ministerio del Trabajo, con Cristian Monckenberg, busca regimentar y restringir aún más el derecho a huelga de las y los trabajadores, fortalecer la imposición a los sindicatos de entregar los servicios mínimos para el funcionamiento de las empresas, evitando que exista una pre-negociación para acordar los servicios y que se consideren los informes técnicos para la calificación de servicios mínimos, entre tantas otras medidas.
Como vemos, el gobierno de Piñera se estructura con referentes y militantes de la política de derecha, anti mujeres y diversidad sexual, y sobretodo antiobrera, en las instituciones claves que supuestamente debiesen velar por nuestros derechos.
El gobierno no busca combatir hasta el final la violencia hacia las mujeres, así lo expresa su agenda demagógica, la cual, mientras propone “igualdad de derechos”, no dice absolutamente nada de la brecha salarial, ni la educación no sexista. Incluso habla de reconocimiento constitucional al mismo tiempo que fortalece el aparato estatal de la policía y las Fuerzas Armadas, como el punitivismo penal. Busca tomar parte de esta lucha para dividir a la clase trabajadora con el plan de Isapres que propone que los hombres coticen más por las mujeres. Una “igualdad de género” al servicio de los grandes empresarios. (Véase La Lucha Feminista en la encrucijada debates desde un feminismo de clase).
Y qué más podemos esperar de un gobierno cuyo presidente, en plena campaña de elecciones, bromeaba “Bueno muchachos, me acaban de sugerir un juego muy entretenido. Todas las mujeres se tiran al suelo y se hacen las muertas, y nosotros, los hombres nos tiramos encima y nos hacemos los vivos. ¿Qué les parece?”.
El estado capitalista y el gobierno son responsables de avalar y reproducir la violencia hacia las mujeres. Por ello hoy es más urgente que nunca que las mujeres de la clase trabajadora, con total independencia de éstos, los partidos políticos tradicionales y las variantes patronales, debemos agitar y llamar a las mujeres que están en las escuelas, liceos, industrias, minería, comercio, servicios, universidades y al movimiento feminista a organizarnos con el conjunto de las y los explotados y oprimidos, para terminar no sólo con la violencia hacia la mujer, sino para alcanzar la absoluta liberación de la humanidad.