Sábado 27 de septiembre de 2014
Tiene los rulos teñidos y esta mañana engomados. Se ve que hoy Rolando tendrá visitas en su reluciente imaginación. Acomoda las pilchas sobre el colchón, plancha con sus manos los diarios viejos, y se apresta a ponerse el saco gris que cuelga de la percha. No importa que su camisa sea su fuerte piel trigueña. A él le gusta andar y qué, con saco y sin camisa y sin corbata y su pantalón no combina, y qué… Hay tanta gente de traje reluciente, con camisa, corbata, zapatos brillosos que está privada de su libertad en autos, oficinas, compromisos, horarios, fatigas vanas… Hoy le llegaron visitas y las llevará a pasear por el barrio, y discutirá con ellas, hará gestos, dará unas cuantas vueltas manzana, y las despedirá agitando su brazo un buen rato. Los que no son del barrio y lo ven
Creen que Rolando habla solo y que saluda al viento, pero se equivocan.
Rolando nos enseña mucho. Nos enseñó que cuando el cielo está limpio y la brisa es suave y el sol acaricia el barrio, hay que correr a la plaza, y hacer como hace él: volcarse al pasto y mirar hacia arriba y ver qué linda es la nada inmensa y tibia. Sin su autorización verbal, pero a través de su mirada firme, a los de más confianza nos permite, a veces, llamarlo Rolo. No siempre. Porque si pasamos y está haciendo cálculos sobre la pared de la casa vieja, ahí el respeto y entonces, adiós, Rolando.
Vecinos charlatanes aseguran que el Rolo supo ser matemático y un experto en computación, pero que se mandó a mudar del correctísimo mundo de la razón, cuando su hermano lo echó del caserón de Caballito, herencia familiar que se convirtió en hotel de pasajeros después de que Rolando firmara con ingenuidad su renuncia a todo derecho. Ahí cerró la boca para siempre y se vino al barrio.
Eso es lo que dicen, pero hay que tomar el qué dirán con pinzas. A veces Rolando escribe la palabra “computación” en las paredes, y también suele escribir “Madrid” y ahí nadie comenta nada. O sí, ahora que recuerdo. Un mes atrás, más o menos, esperando el colectivo, lo vi con tiza azul escribiendo “Madrid” en la pared del carnicero que lo quiere, y que le suele ofrecer su frente como papel para que Rolando escriba sus cálculos y lo que se le ocurra, con la promesa de que en algún momento le pase un trapo. El carnicero estaba en la puerta y lo miré intrigado. Se acercó y contó que Rolando tenía una novia rubia, tal vez del color que suele teñir sus rulos, que había planes de casamiento, pero que cuando su hermano lo dejó en la calle, lo abandonó. Y que parece que la novia del Rolo se terminó yendo a España.
Hay que ver… Ahora, que se fueron sus visitas, lo veo a Rolando que se sienta en su sillón sin patas, y está a punto de prender su viejo cigarro. También saca del bolso la botella de vino por la mitad. Se sirve en un vaso de plástico, brinda con alguien y bebe un trago. Pita del cigarro y busca con la mirada a su cielo amigo. Pasa la señora del bicicletero a hacer las compras. Me mira y me dice: “Hoy es el cumpleaños de Rolando”.
Yo no sé… El Rolo es lo que es, es lo que no somos, no cumple, no pide, es lo que pinte el día, es una tiza en la pared, es lo que quiere, con o sin saco.