En esta vuelta a clases ha habido ejemplos de todo tipo para develar la “violencia escolar” que ha copado los titulares. Desde docentes agredidos por directivos, apoderados o estudiantes, hasta estudiantes violentados por profesores e incluso por sus pares.

Nancy López Profesora. Agrupación Nuestra Clase
Sábado 26 de marzo de 2022
La respuesta que se deja ver, es la “aplicación de la ley” y el castigo a los actos “delictivos”, que si bien muchas veces son un primer gesto a las víctimas o medidas que entregan alguna mínima protección a quienes son violentados, el principal problema de estas respuestas es que son posterior a los hechos de agresión consumados y no ayudan, por sí solos, a revertir de raíz los problemas de violencia y/o machismo exacerbados que hay detrás. Es tener alguna reacción frente a estos hechos pero en ningún caso prevenirlos.
Para mirar el cuadro completo hay que ver más allá del impacto que individualmente nos provocan cada uno de los casos de golpizas, abusos y todo tipo de situaciones escolares que han bombardeado a la opinión pública en estas semanas.
Desde una perspectiva más amplia, rápidamente se evidencia que los casos de “violencia” escolar que cada día aparecen en la prensa nacional, no son bajo ninguna mirada casos aislados.
Pasaron dos años en los cuales las condiciones de pandemia convirtieron a la educación en una experiencia virtual, en algunos casos de relación unilateral de las y los profesores con sus estudiantes, o de estudiantes con casi nulas experiencias de socialización entre sí.
El impacto que generó el retorno total a la presencialidad, pensando también desde la perspectiva de las y los trabajadores de la educación, también trajo consigo que volviésemos a vivenciar in situ lo irracional del espacio educativo escolar y lo lejano que está de ser un espacio que sobre todo hoy sirva efectivamente para alentar un proceso de desarrollo reflexivo, cooperativo y de pensamiento crítico en todas esas generaciones de niñas, niños y adolescentes que están en el sistema escolar tradicional; y sobre todo en los más pobres.
Todo esto, a pesar de los esfuerzos permanentes de quienes en salas y pasillos nos involucramos con las y los estudiantes, intentando adecuar día a día la relación que establecemos con ellos para entregar contención, motivación y mejor educación.
Pero el espacio escolar es irracional, con sus condiciones materiales que hacen imposible responder efectivamente a las necesidades educativas que se presentan día a día.
Salas atiborradas que en cientos de escuelas albergan a 45 estudiantes; docentes a solas con ellos y ellas, en salas de 4x4m, muchas veces con poca ventilación y baja iluminación; personal de apoyo y de aseo que la mayoría de las veces es insuficiente para la cantidad de trabajo que se realiza; y con implementación de herramientas que para la mayoría de las y los estudiantes son precarias, sin “tecnologías” que se han vuelto tan básicas para las clases como lo es tener un proyector o parlantes funcionando.
El problema educativo no se resolverá flexibilizando por un tiempo las condiciones de aforo o de jornada escolar completa, que el ministerio ha dicho que también han sido pensadas para “disminuir los niveles de tensión y angustia en las y los estudiantes”.
Y si bien, efectivamente ha sido un fenómeno que se ha visto exacerbado en esta vuelta a clases, tampoco volver a la “normalidad” o a los “niveles” pre pandemia, resolverá por si mismo el problema estructural que durante años se ha puesto en evidencia respecto del sistema educativo escolar de conjunto.
La importante readecuación que tuvo que tener la docencia durante la pandemia, planteó que cambios transversales en la educación y su implementación, son posibles de realizar. Pero tuvo que haber una pandemia mundial para que aquello ocurriese; las evidencias de lo precaria que es la educación escolar especialmente en los sectores más vulnerados que más la necesitan, no son suficientes.
En este momento y a esta difícil situación escolar, que ha develado todo tipo de violencias entre sus actores, no se le puede solo “bajar la intensidad”. ¿Para qué? ¿Para que los “niveles” de violencia pasen a ser de “extremos” a “soportables”?
Para edificar la educación que realmente necesitan los niños, niñas y adolescentes de estas nuevas generaciones, tenemos que eliminar todo el neoliberalismo presente en este sistema educativo abandonado por el Estado, donde en sus escuelas públicas no hay recursos para fortalecer la educación y tampoco sus comunidades tienen ningún tipo de poder de decisión al interior de sus propios espacios educativos y laborales, como para avanzar en esa dirección.
Mientras tanto, existen recursos pero mucho de aquello es plata invertida en bolsillos de sostenedores privados que terminan lucrando con millones de pesos en subvenciones escolares que les entrega el Estado.
La vara no tiene que ser lo soportable, sino lo necesario. Exigir un plan de fortalecimiento integral de la educación pública, que aumente los recursos, que deje de subvencionar a privados, estatizando las escuelas que administran y que atienden a los sectores más empobrecidos. Con planes de paso a planta y mayor contratación de personal docente y de apoyo, de limpieza y alimentación.
Que bajo la decisión de las propias comunidades se elaboren planes de infraestructura que prioricen a las comunas más precarizadas y que mayor cantidad de estudiantes atienden, para aumentar la capacidad y disminuir la cantidad de estudiantes por sala y así más profesores y profesoras cesantes puedan trabajar pero con una mayor disposición de tiempo y espacio para dedicar a cada estudiante.
Todo esto en la perspectiva de un sistema nacional de educación, financiado de manera integral y directa por el Estado, que entregue el poder de decisión a sus propias comunidades, con docentes, trabajadores de la educación, estudiantes y apoderados tomando en sus manos el desarrollo educativo de cada escuela y liceo.
Quienes trabajamos en liceos, escuelas y jardines debemos buscar por todos los medios llevar estas reflexiones de fondo a nuestras comunidades educativas, sin esperar que las soluciones vengan ni de los expertos ni de los dirigentes sindicales o del colegio de profesores que aparecen una vez al año por los colegios, porque nunca nos han oído por buena voluntad, porque hemos sido los profesores y profesoras en conjunto con nuestras comunidades, muchas veces movilizándonos y saliendo a la calle, quienes hemos logrado develar muchas de las problemáticas educativas profundas que aquejan a niños, niñas y adolescentes, que hoy con fuerza resurgen con el retorno a la sala de clases y que es momento de plantearnos transformar de raíz.
Es por esto, que toma importancia retomar los espacios de autoorganización de docentes y estudiantes, para que puedan discutir y armar un plan de lucha, exigiendo a los dirigentes sindicales y estudiantiles retomar las asambleas de base, y llamar a rechazar la brutal represión por parte del nuevo gobierno a la movilización de ayer viernes, que terminó con un estudiante baleado por Carabineros de Chile.

Nancy López
Profesora. Agrupación Nuestra Clase