El triunfo de Trump, un outsider del sistema político norteamericano que se impulsó con un discurso xenófobo y reaccionario, abre una serie de incógnitas sobre un giro que impactará sobre todo el planeta.
Martes 6 de diciembre de 2016
El triunfo de Trump ilustra cómo la derecha capitaliza actualmente el descontento popular generado por la mundialización neoliberal. Esa victoria profundiza las tendencias que emergieron con el Brexit y con el crecimiento de partidos reaccionarios en Europa.
Pero la localización protagónica de este proceso en la primera potencia es un acontecimiento mayúsculo. Estados Unidos es el epicentro de la globalización capitalista y sus procesos internos impactan sobre todo el planeta.
Outsider, pero no antisistema
Las causas del ascenso de un personaje tan nefasto están a la vista. Trump capturó la generalizada decepción con la gestión de Obama. El primer presidente negro decepcionó a los afroamericanos que padecieron el aumento de la desigualdad, el hostigamiento policial y el encarcelamiento de uno de cada seis integrantes de esa comunidad. También frustró a los latinos, que soportaron el congelamiento de la ansiada reforma migratoria y la deportación de 2 millones de indocumentados.
Quiénes esperaban una recuperación de las libertades democráticas sufrieron la continuidad del espionaje interno instaurado por Bush. El desengaño fue aún mayor entre los asalariados, que continuaron afrontando el desempleo generado por la deslocalización de las empresas.
Como Hillary defendió esa gestión demoledora del sueño americano y careció del encanto de Obama, terminó potenciando la deserción de votantes del partido Demócrata.
Trump consolidó su predicamento ultra-conservador con retóricas machistas, insultos a las minorías y denigraciones de la mujer. Exaltó a la Asociación Nacional del Rifle, repitió todos los delirios de la derecha cristiana sobre el creacionismo anti-darwiniano y ponderó la enseñanza religiosa para atacar el aborto y el matrimonio igualitario.
Con ese mensaje logró desbordar el cerrado entorno derechista y obtuvo la adhesión del grueso de los trabajadores blancos empobrecidos. Recurrió a xenofobia, culpabilizó a los extranjeros por el desempleo y reclamó deportaciones masivas.
Este apoyo en la clase obrera en lo más mínimo no atenúa su carácter reaccionario. Algunas miradas edulcoradas -que sólo resaltan su captura del descontento popular- olvidan ese dato. Ciertamente canalizó el malestar social, pero en una dirección totalmente contrapuesta a los intereses de los oprimidos.
Trump utilizó todos los slogans de la anti-política para aprovechar el hastío con los privilegios a la partidocracia. Se calzó el disfraz de individuo ajeno a esos contubernios y usufructuó del desprestigio que comparten los demócratas con los republicanos.
Exhibió su condición de potentado para reforzar la idealización del capitalista que impera en Estados Unidos. Reavivó la fábula que asimila el éxito en los negocios con la capacidad para dirigir un país, ocultando el fracaso de los últimos millonarios que habitaron la Casa Blanca.
Trump es un outsider que llega a la presidencia sin pasar por el filtro del Congreso o las gobernaciones. Se instaló como figura pública a través de un reality show, que escenificaba su propia vida como descarnado capitalista. Esa trayectoria tiene ciertas semejanzas con Berlusconi. Pero luego desafió a los popes de la comunicación y captó el descontento de la población con los medios, que manipulan políticos según las conveniencias del momento.
Con esa beligerancia afianzó su imagen de personaje divorciado de las oscuridades del poder. Pero no es ajeno, ni contrapuesto al sistema. Representa a la clase dominante que oprime al pueblo estadounidense.
Trump dice cosas horripilantes e inverosímiles pero su estrategia no es alocada. Pretende recomponer un sistema carcomido por la crisis que desató el colapso financiero del 2008. Intentará ejercer el gobierno en forma más directa, adoptando actitudes cesaristas frente a los contrapesos que filtran la práctica presidencial.
Su discurso racista tiene muchos ingredientes del fascismo y rememora la violencia del Ku Klux Klan que reivindican sus socios del suprematismo blanco. Pero estos elementos distan de configurar un escenario próximo al fascismo. Esta modalidad no está en la agenda próxima de la clase dominante.
¿Un giro aislacionista?
Trump prometió efectivizar un acelerado proceso de reindustrialización, premiando a las empresas que reinviertan en el país. Pero el monto de los subsidios requerido para compensar los beneficios que genera la deslocalización es monumental.
Las compañías que emigran no son marginales. Agrupan al importante segmento de corporaciones que ha internacionalizado sus procesos de fabricación, en desmedro de las fracciones que únicamente producen y venden para el mercado interno.
Esa escala de mundialización es aún mayor entre los bancos estadounidenses, que bloquearon a todos los intentos de restaurar las regulaciones nacionales de sus operaciones. Trump despotricó contra Wall Street, pero pertenece al partido que ha obstruido esa supervisión y necesitará a los bancos para financiar sus gigantescos planes de obra pública.
En ningún momento aclaró cómo conseguirá esos recursos y desparramó anticipos opuestos de grandes beneficios fiscales para las corporaciones. La captación externa de fondos es más problemática, puesto que la confrontación comercial con China augura dificultades con el principal financiador de la deuda pública.
Todas las iniciativas de Trump potencian la tendencia alcista de las tasas de interés, revirtiendo la baratura crediticia que permitió la recuperación en los últimos años. Un retorno al “Reganomics” de los 80 -que combine expansión fiscal con la restricción monetaria- podría recrear el superdólar que afectó en forma muy severa a la economía estadounidense.
El país ya afronta el mismo tipo de dilema que corroen a Inglaterra luego del Brexit. Cumplir allí con el mandato de salida de la Unión Europea plantea dos riesgos explosivos: abandono de los bancos que sostienen la City londinense y eventual secesión de Escocia. Disyuntivas de la misma magnitud se avizoran en Estados Unidos.
Trump promete “hacer nuevamente grande a América” elevando los aranceles de importación y gravando los productos fabricados en China. Esa línea proteccionista podría afectar el dinamismo de los sectores internacionalizados, que le permitieron a Estados Unidos exportar gran parte de la crisis a sus rivales. Lo mismo ocurriría con el congelamiento de los tratados de libre comercio, que aseguran incontables beneficios a las empresas de la primera potencia.
Mientras que las élites neoliberales despotrican contra la retórica aislacionista de Trump, en el bando opuesto del progresismo muchos analistas ven con simpatía el programa económico del nuevo presidente. Estiman que precipitará el fin de la nefasta apertura comercial.
Pero hasta ahora ningún país del Primer Mundo ensayó un real giro antiliberal o anti globalizador. Los pequeños cambios sugeridos por algunos gobiernos socialdemócratas de Europa se deshicieron en pocos días. Los intentos más perdurables en América Latina también fallaron.
En realidad la presidencia de Trump no define el fin de la globalización por la misma razón que el descalabro del 2008 no implicó el fin del neoliberalismo. Sólo inaugura una crisis mayor de ambos procesos.
¿Repliegue del imperialismo?
Trump planteó un novedoso realineamiento con Rusia para confrontar con China. Si adopta ese rumbo revertiría la indefinición que mantuvo Obama sobre la prioridad de un adversario sobre otro. Cómo esta ambigüedad ha suscitado el temor de una eventual alianza de ambas potencias, viejos consejeros del establishment promueven un curso más selectivo. Esta divergencia traduce, además, las tensiones tradicionales entre sectores belicistas (asociados al complejo militar industrial) y vertientes negociadoras (vinculadas a las empresas transnacionales).
La conducta a seguir frente a la guerra de Siria será la primera prueba de esa definición. Israel espera la reversión de los acuerdos con Irán y una actitud más beligerante. Pero si el nuevo presidente quiere implementar una aproximación con Rusia deberá defraudar a los halcones, que exigían subir la apuesta de intervención contra el régimen de Assad.
En cualquier caso Trump sólo evalúa cursos para ajustar las acciones del sheriff del mundo. Estados Unidos actúa como protector militar del capitalismo global y no considera ningún abandono de ese rol. El sucesor de Obama pretende descargar sobre sus aliados una mayor porción de los costos de la dominación. Por eso propone reformular la OTAN, otorgar mayor protagonismo a Europa e introducir a Corea del Sur en el club atómico. Intentará reforzar el curso ya iniciado con la mayor intervención de Francia en Medio Oriente.
Quiénes suponen que el declive de Estados Unidos desembocará en un repliegue de la primera potencia olvidan el rol insustituible de esa potencia en la estructura imperial global. Estiman que prevalecerán actitudes negociadoras por parte de Estados Unidos, que ampliarán los márgenes para la autonomía europea y las políticas nacionales de la periferia. Ese escenario pacifista no parece congruente con los objetivos y el temperamento de Trump.
El nuevo presidente ha sido muy explícito en sus planes para México. La variante más tenue de su proyecto de muro implicará mayores atribuciones a la policía fronteriza y la expatriación de millones de indocumentados. También es probable un endurecimiento frente a Cuba y Venezuela.
Mientras que Hilarry aseguraba la continuidad del sostén aportado por Obama a la restauración conservadora en Sudamérica, el triunfo de Trump obstruye la combinación de zanahoria con garrotes que auspiciaba Clinton. Ha hecho tambalear la Alianza del Pacífico que sintetizaba todos los proyectos de la restauración económica neoliberal.
Algunos analistas advierten la inminencia de mayores atropellos y otros avizoran un respiro. Quiénes identifican a Trump con el repliegue aislacionista suponen que podría aflojar la presión tradicional sobre América Latina. Sin embargo la experiencia indica que Estados Unidos nunca “olvida” a su “patio trasero”.
Una caldera en gestación
Trump defraudará a sus electores. No limpiará la casta de políticos de Washington, ni devolverá los empleos de calidad en la industria. Pero mucho antes de lidiar con esa decepción deberá afrontar una intensa resistencia en las calles.
En todo el país se registra un significativo resurgimiento de la acción popular directa. Los militantes de Black lives matter encabezan protestas contra la violencia policial, los indígenas defienden con bloqueos los recursos naturales y en las cárceles se ha concretado la primera huelga contra la explotación laboral. Estas iniciativas retoman la práctica callejera que reapareció en el 2011 con los ocupantes de Wall Street.
Una mutación política mayúscula antecedió a Trump con la llegada de Sanders, que casi gana la interna de los demócratas con su propuesta de dividir a los bancos y universalizar el sistema de salud y educación. Reivindicó una tradición socialista que ha sido asumida sin prejuicios por amplios sectores de la juventud.
Sanders finalmente aceptó sostener a Hillary obstruyendo la construcción de otra opción. Pero su impacto ilustra las grandes posibilidades de expansión que tiene la izquierda si logra superar la subordinación al partido demócrata.
Con la elección norteamericana comienza un nuevo período de la crisis global. El colapso del 2008 ilustró la dimensión económica de esa convulsión y el ascenso de Trump retrata el alcance político de ese torbellino. Un tercer capítulo de ese proceso se está gestando con protagonismo desde abajo y búsqueda que una alternativa popular.
La versión completa de esta nota puede consultarse en www.lahaine.org/katz.

Claudio Katz
Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz