
Isabel Infanta @isabel_infanta
Martes 27 de septiembre de 2016
Rodeados de cerca de 2500 invitados, entre ellos jefes de Estado, representantes de organismos internacionales, negociadores, víctimas del conflicto y periodistas, el presidente de Colombia Juan Manuel Santos y el jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Rodrigo Lordoño Echeverri alias Timoleón Jiménez, firmaron en la tarde de este lunes los acuerdos de paz que deberán ser plebiscitados el próximo domingo 2 de octubre en las urnas.
Los acuerdos alcanzados entre el Gobierno colombiano y las FARC son el resultado de casi cuatro años de negociaciones, luego de que en 18 de octubre de 2012 se constituyera la mesa de negociaciones en Noruega, uno de los dos países garantes del proceso de paz, junto con Cuba.
Los acuerdos tratan sobre 6 puntos: la cuestión agraria, la integración de las FARC al régimen político, el narcotráfico, la cuestión de las víctimas, el cese el fuego y dejación de armas y la implementación de los acuerdos.
Un hecho histórico
"Les doy la bienvenida a la democracia". Con estas palabras el presidente de Colombia Juan Manuel Santos transmitió el significado político central de los acuerdos firmados en Cartagena: la incorporación de la guerrilla más antigua del continente al régimen democrático.
Los acuerdos de paz han sido presentados tanto por el Gobierno como por las FARC como expresión de un fin de conflicto en el que no hay ni vencedores ni vencidos.
La fórmula elegida por el presidente Santos en su discurso fue que "Todo pacto de paz es imperfecto –porque se trata precisamente de un pacto, en el que las partes tienen que hacer concesiones–, pero sabemos que éste que hemos logrado es el mejor posible".
Con esta ecuación Santos sale al cruce centralmente de las fuerzas contrarias a los acuerdos, encabezadas por el expresidente Álvaro Uribe, principal impulsor de la campaña por el "NO" en el plebiscito que se realizará el próximo domingo.
La cuestión de la incorporación de los líderes de las FARC a la contienda política es un elemento nodal en la controversia, a lo que el líder de la oposición ha denunciado como impunidad.
Como expresó Jorge Jaramillo, alto comisionado del gobierno colombiano, en una entrevista al diario El Espectador horas antes de la ceremonia, "Sin duda lo que más molesta es la participación en política. Pero resulta que sin participación en política no hay acuerdo de paz. Ni aquí ni en ninguna parte una guerrilla firma un acuerdo y les entrega sus armas a las Naciones Unidas para luego disolverse sin más. Lo hace para transformarse en una fuerza política. Así fue con el M-19 y así será con las Farc".
Desde acá se comprende la importancia de la figura del perdón por parte de las víctimas al que apeló fuertemente Santos en su discurso. Quizás ese haya sido el punto álgido de la ceremonia, aun que en boca de Timoschenko: "Pido perdón a todas las víctimas del conflicto" dijo el líder de las FARC, y fue ovacionado por los presentes. Acto seguido abonó la idea de reemplazo de la lucha armada por la lucha política dentro del régimen democrático, que es el espíritu de la dejación de armas, y que estuvo fuertemente simbolizado en el "balígrafo" con el que fueron firmados los acuerdos, un bolígrafo hecho con una bala de fusil.
Una paz impulsada por el imperialismo
Los acuerdos recibieron un fuerte apoyo internacional. Además de la participación activa durante las negociaciones de Noruega y Cuba como países garantes, Chile y Venezuela como veedores, la ONU había tomado parte en particular en el punto sobre el fin del conflicto, en el que deberá garantizar la dejación de armas.
Los acuerdos habían sido adelantados por el presidente Santos al Concejo de la ONU y al presidente norteamericano Barack Obama durante la Asamblea General en Nueva York la semana pasada. Durante la reunión bilateral, Santos se deshizo en reconocimiento y gratitud hacia el jefe del imperialismo norteamericano.
A esto se sumó el constante y sonante gesto de apoyo del Fondo Monetario Internacional (FMI). Su directora general, Christine Lagarde, reiteró la disposición de un crédito "blando" por 11.000 millones de dólares, como aporte concreto a la implementación de los acuerdos de paz.
El canciller norteamericano John Kerry sugirió la posibilidad de que su país revise la condición de las FARC como grupo terrorista. Por su parte la Unión Europea suspendió el status de organización terrorista de las FARC tentativamente por seis meses, lo que haría luego definitivamente si las FARC demuestran cumplir el acuerdo. Este acto es de suma importancia para la organización en la medida que entre otras cosas elimina trabas financieras internacionales.
¿Ni vencedores ni vencidos?
El gobierno de Santos, que ha perdido popularidad tras un mandato largo de medidas económicas neoliberales ha ganado puntos que podrán multiplicarse si finalmente los acuerdos pasan la prueba de las urnas el domingo próximo. Según las encuestas realizadas últimamente, los acuerdos serían aprobados por un amplio margen, con el SI superando hoy el 70%.
Las FARC, que entraron en la mesa de negociaciones militarmente debilitadas aunque no derrotadas, desde el punto de vista estratégico han sido vencidas, y hoy se preparan para pasarse vestidas de blanco a la vida política con 10 escaños asegurados en el parlamento. Tanto su programa histórico de reformas dentro del capitalismo como el limitado programa con el que se sentaron en la mesa, que se centraba en la convocatoria a una Asamblea Constituyente, fueron licuados en las negociaciones.
Sin embargo, el que aparece como gran vencedor en el fin del conflicto es el reaccionario régimen colombiano, que entró en el proceso de paz con la cara de la parapolítica, el paramilitarismo, los "falsos positivos", el narcotráfico entre tantas otras, y sale con una figura presidencial relativamente fortalecida, el parlamento "ampliado" pintado de más democrático, un poder judicial fortalecido y con enormes atribuciones en el posconflicto, unas fuerzas represivas con un monopolio de las armas y un territorio ampliados, en definitiva, un fortalecimiento del Estado.
Timoleón Jiménez lo expresó proverbialmente: "Las Fuerzas Armadas Colombianas, agigantadas en el transcurso de la guerra, diestras en contrainsurgencia y acciones especiales están llamadas en adelante a jugar un importante papel en aras de la paz, la reconciliación y el desarrollo del país. Fueron nuestras adversarias, pero en lo adelante tenemos que ser fuerzas aliadas por el bien de Colombia".
El "bien de Colombia" al que hace referencia Timoshenko en el marco de la paz neoliberal de Juan Manuel Santos, de la mano del imperialismo y el papa es entonces el otro gran vencedor en este fin de conflicto.
Quien le puso valores muy concretos al "bien de Colombia" fue Christine Lagarde, quien dijo que la paz en Colombia "mejoraría el clima de inversión y crecimiento, especialmente en las zonas rurales", y agregó a modo de cumplido para el neoliberal Santos que “Colombia es uno de los pocos países que ha introducido las reformas estructurales correctas y continuará introduciendo las que son necesarias para ser fiscalmente responsables”.
El gobierno de Santos ha venido encontrando resistencia a sus políticas neoliberales por parte de trabajadores, comunidades, maestros, estudiantes, como en el Chocó, o contra las petroleras en Caquetá, en la Guajira, los maestros del Cauca, entre otras. No ha dudado en responder con las fuerzas de seguridad, reprimiendo a los manifestantes.
Efectivamente, la "pacificación" y "ampliación" del territorio es un negocio enorme para la burguesía local e internacional, que se frota las manos con las posibilidades que se abren en el próximo período. El estado colombiano fortalecido en sus instituciones y fuerzas represivas estará en mejores condiciones para garantizarlo.