Cada año se incrementa la participación femenina como fuerza de trabajo. Sin embargo, así también lo hace la desigualdad laboral. El grito #NiUnaMenos contra los femicidios y la violencia machista es también luchar contra la desigualdad de género en el ámbito laboral.
Martes 14 de junio de 2016
Durante el último siglo, una de las transformaciones más notables del capitalismo fue el incremento de la participación de las mujeres como fuerza de trabajo. De los años ´80 a la actualidad esta relación avanzó y las mujeres llegamos a representar el 40% del empleo global. Particularmente en Argentina, según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), en los últimos 10 años la Población Económicamente Activa femenina saltó de 40.7% a 47.7%. De esta manera casi la mitad de las mujeres argentinas trabajan o buscan trabajo fuera del hogar.
Lo que a simple vista parece ser un salto en la igualdad de derechos, en realidad da lugar a una nueva forma de explotación sobre la clase obrera, a partir de la desigualdad de las mujeres en el trabajo basada en salarios más bajos y peores condiciones laborales. El fenómeno extendido de la precarización laboral se impuso con más fuerza sobre las mujeres y ha sido uno de los pilares que dio impulso a la valorización capitalista en Argentina durante los años de gobierno kirchneristas.
¿Qué nos dicen los datos?
En la actualidad, existen múltiples diferencias laborales entre los hombres y las mujeres. Podemos ver que en 1992 la tasa de empleo para las mujeres fue de 35,3 % mientras que para los varones era del 68 %. Dos décadas después este indicador subió al 42,6 % para las mujeres en 2014 mientras que para los varones cayó levemente al 67,3 %, manteniéndose casi constante en el período según el INDEC.
El Informe de Naciones Unidas de 2015 “Objetivos de Desarrollo del milenio”, muestra que en el mundo el 77 % de los hombres en edad de trabajar participan de la fuerza laboral, en comparación con sólo el 50 % de las mujeres, que a su vez, ganan un 24 % menos que los hombres.
Según el Ministerio de Trabajo, las mujeres hacia 2013 percibían un ingreso 23,9 % menor que los hombres y según el último dato disponible, en 2014 la brecha aumentó al 25,3 %. Esta situación empeora comparando trabajadoras y trabajadores no registrados, que además cobran menores salarios. La brecha salarial entre varones y mujeres no registrados aumenta, siendo 33,9% en 2004 y 39,4 % en la actualidad. El empleo precario afecta a grandes capas de trabajadores de diferentes formas; aunque las mujeres sufren más profundamente este flagelo al que hay que sumarle los abusos y el maltrato por parte de los supervisores y jefes.
“Solicito empleado”
Es común ver en las búsquedas laborales avisos que solicitan “empleado”, “repartidor”, “diseñador”, “ejecutivo”, “auditor”, “administrativo”, etc. aludiendo al sexo masculino. En otros casos, inclusive se consigna como requisito excluyente ser hombre. Un caso testigo de tal diferencia es el fallo de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil, conocido como “Fundación Mujeres en Igualdad y otro c/Freddo SA s/amparo” (16/12/2002) que obliga a la empresa a contratar solo mujeres “hasta compensar en forma equitativa y razonable la desigualdad producida”, teniendo en cuenta que la empresa no contrataba mujeres por el hecho de ser mujeres. El fallo señala que la no discriminación por razón del sexo, en materia laboral, se exige antes, durante y después de la relación laboral.
Según Mercedes D’alessandro, doctora en Economía de la Universidad de Buenos Aires, “En el ámbito profesional también se pueden observar diferencias. Por ejemplo, entre los sociólogos y sociólogas la brecha de ingresos promedio es de 8% y entre economistas la misma es de 30%” lo cual resulta llamativo en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA donde el 48% de los egresados son de mujeres. No obstante, agrega D´Alessandro, “casi no hay representantes en los cargos altos del Ministerio de Economía o del Banco Central en el Gobierno”
La contracara se da en los trabajos considerados de cuidado, donde se encuentra una composición mayoritariamente femenina: “niñera”, “empleada doméstica”, “enfermera”, “maestra”, etc. Aunque las tasas de feminidad aumentaron en la mayoría de las ramas en los últimos años, en la educación supera el 73 % y en salud el 71 %. Mientras que en los empleos considerados masculinos como construcción y transporte, rondan el 6 % y el 14 % respectivamente.
Trabajo doméstico y doble jornada
Sobre las mujeres recaen mayoritariamente las tareas del hogar. Frecuentemente suele pasar que no se lo considere un trabajo por no recibir una remuneración por ello. Pero, ¿Qué diferencia hay entre lavar, colgar y planchar la ropa o mandarla a un lavadero automático? La diferencia no está en los resultados del trabajo, sino en el trabajo mismo: en el lavadero hay una empleada o un empleado que lava la ropa a cambio de un salario. En el hogar, no se cobra ni un peso por hacer las mismas tareas: es un trabajo gratuito que realizan, mayoritariamente, las mujeres y las niñas desde hace siglos.
Entre los “gastos” del capitalista, está el mantenimiento de las máquinas. Para que funcionen bien hay que ponerles aceite, repararlas, limpiarlas, etc. Pero los trabajadores y trabajadoras también necesitan “mantenimiento” para poder vender su fuerza de trabajo al capitalista: cada mañana tienen que estar descansados, con energía renovada, con la ropa limpia y tienen que comer. Pero a diferencia de lo que sucede con las máquinas, gran parte de ese trabajo de “mantenimiento” no lo cubre el salario que cobra el trabajador: se hace gratuitamente en el hogar de la familia trabajadora.
La tasa de actividad es de 54 % para mujeres sin hijos, mientras que cae al 39 % cuando se consideran mujeres en hogares con más de un menor. Según la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo, en el marco de la Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAHU) en 2013, la participación total de los varones en el trabajo doméstico no remunerado era del 24 % y la de las mujeres ascendía al 76 % e incluso se afirma que una mujer de dedicación full-time utiliza más tiempo en tareas del hogar que un hombre desocupado.. Esta es la función social asignada a la mujer en el capitalismo, de allí su doble condición de opresión: explotada como trabajadora, oprimida por ser mujer.
Mujeres, trabajadoras y luchadoras
La desigualdad de género y su manifestación en el ámbito laboral es un problema para las mujeres pero también para los trabajadores hombres. La discriminación y los abusos, dentro y fuera del mercado laboral, es utilizada por los patrones para dividir las filas obreras e imponer menores salarios. Utiliza de modo similar la xenofobia y el racismo, la discriminación de personas homosexuales y otros prejuicios. La discriminación de mujeres es notable por su extensión (son la mitad de la población) y además la desigualdad en el trabajo (condiciones, salarios) se combina con la desigualdad en el hogar. El machismo en la economía tiene entonces una muy clara función, aumentando la explotación del capital sobre las mujeres, pero también sobre los hombres.
Esta no es una situación que cambie de un día para otro. Por eso, mientras reclamamos en las calles al Estado las medidas paliativas que deberían implementarse con urgencia para mejorar la situación de las mujeres, proponemos construir una fuerza de mujeres organizadas y movilizadas que luche por terminar con las condiciones de explotación y discriminación que impone el capitalismo, ya que organizarse es la única vía para vencer a la discriminación y la explotación. Como escribió Leon Trotsky "si en realidad queremos transformar la vida, tenemos que aprender a mirarla a través de los ojos de las mujeres".