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OPINIÓN. El “modelo” sindical en tiempos de ajuste

La casta de los Caló, Moyano y Pignanelli ante las tensiones sociales. Sus límites en el control sobre la clase trabajadora. El trotskismo y el escenario que viene.

Eduardo Castilla

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo

Sábado 3 de octubre de 2015

Cuando faltan 23 días para el 25-O, los movimientos políticos no parecen alterar el orden que dejaron las PASO. Los sondeos dan cuenta del declive de Macri y un crecimiento de Massa, aunque nada parece alterar la distancia que lleva el candidato del FpV.

Las noticias de estos días muestran a los principales candidatos patronales buscando el aval de sectores de la burocracia sindical peronista. El peso de ese apoyo está en razón directa con la necesidad de mostrarse ante el empresariado con capacidad de “gobernabilidad” en pos de aplicar el ajuste que el capital exige.

Fuerza social y divisiones de clase

La Argentina “kirchnerista” se edificó sobre la relación de fuerzas heredada del levantamiento popular de diciembre de 2001. El orden político y cultural del neoliberalismo fue derribado en las calles, no en la Casa Rosada. En los despachos oficiales supo explotarse la ventaja de ese cambio profundo en pos de construir consenso social y político.

Ese consenso antineoliberal, extendido ampliamente en la sociedad, y que se ubica en muchos casos a la izquierda del propio oficialismo, es un primer obstáculo que deberá enfrentar el ajuste que se prepara en aras de la rentabilidad capitalista.

Éste deberá superar también un segundo escollo: el peso social objetivo conquistado por la clase trabajadora en estos años. Los alrededor de 6 millones de nuevos asalariados configuran una fuerza enorme que, a pesar de los límites impuestos por los caciques sindicales, mostró capacidad para paralizar al país, en ocasión de los paros nacionales.

Esa doble relación de fuerzas es la que pone límites al discurso ajustador. Los principales candidatos están obligados a hablar el lenguaje del “desarrollo” o la “pobreza cero”, mientras sus asesores económicos explican las medidas que buscarán recomponer las ganancias empresariales.

Pero esa fuerza social tiene sus puntos débiles. Una de ellas reside en sus divisiones internas.

A 12 años de iniciado el ciclo del kirchnerismo, el llamado trabajo informal se mantiene en un porcentaje cercano al 34%, un porcentaje que prácticamente no ha variado en 7 años. En el interior de la pirámide salarial existe una diferencia de 10 a 1 entre los sectores de mayores ingresos y aquellos que perciben lo mínimo, siempre dentro del limitado universo de los trabajadores bajo convenio.

La realidad de innumerables establecimientos muestra trabajadores bajo desiguales convenios o, incluso gremios, según su función. La logística –agremiada en Camioneros- en las terminales automotrices funciona como botón de muestra.

Fragmentación y ganancia capitalista

La fragmentación en el terreno social se complementa con la negación de derechos sindicales para una franja sustancial de la clase trabajadora. El hecho de que anualmente se creen 60 sindicatos da cuenta de la crisis del llamado “modelo sindical” y expresa la emergencia de capas obreras que, tanto en los 90’ como bajo el kirchnerismo, perdieron su derecho a la representación en ese terreno.

Esa pérdida reviste un carácter formal y real a la vez. Miles de trabajadores están encuadrados sindicalmente pero sus conducciones son un ariete de los intereses empresariales. Casos como el Ricardo Pignanelli (SMATA) exponen el contenido en forma casi pura. Allí la conducción sindical aparece como extensión de la gerencia de Recursos Humanos.

La vigencia de una estructura sindical anquilosada en su vértice superior, con dirigentes que ostentan records de permanencia en sus cargos, ligados a todo tipo de negociados e incluso a asesinatos, como ocurre con José Pedraza, no es un “resabio noventista”, sino la resultante de una necesidad política de contención y control sobre el movimiento obrero en su conjunto.

Si el Relato kirchnerista, salvo en momentos específicos, hizo caso omiso de la “corporación” sindical, se debió a la necesidad de controlar las calles, “encauzar” la conflictividad salarial en los marcos de las paritarias y garantizar la continuidad de las condiciones de precarización laboral.

Apología(s) de un modelo en crisis

La reivindicación del “modelo sindical” no parte solo de boca de sus mismos dirigentes ni de candidatos como Scioli, Massa y Macri. Por el contrario, es común a sectores del empresariado que lo consideran un dique de contención a sectores combativos de la clase trabajadora.

Julián De Diego, abogado y vocero explícito de las grandes multinacionales, decía hace poco que “la negociación colectiva es un camino idóneo para canalizar el conflicto social en el marco de la puja distributiva (…) preservando el liderazgo del sindicato más representativo con personería gremial”. De Diego aboga por un nuevo “modelo de relaciones laborales” donde los aumentos salariales garanticen la elevación de la productividad. Caló, Pignanelli y otros figuran en la lista de garantes.

El peligro está a la izquierda (trotskista)

La “Santa alianza” entre empresariado, burocracia sindical peronista y gobiernos no cesa de confirmarse. Luego del triunfo de la lista conformada por aliados de la burocracia del STIA, La Cámpora y el maoísta PCR, este lunes el periodista Ricardo Cárpena escribió que la “alegría de Daer en estas horas es seguramente la misma que sienten el empresariado y el Gobierno por el retroceso del PTS en una de las más importantes plantas del país”.

Imposible mayor claridad. Frente a los crujidos que recorren el “modelo sindical”, la izquierda trotskista ha sido y sigue siendo alternativa para sectores combativos de trabajadores que sufren, cotidianamente, los ataques del capital. Esa dinámica está lejos de agotarse, a pesar de aquella derrota electoral. Como señala el mismo periodista “si hay ajuste, los platos rotos los pagarán los trabajadores, pero también la dirigencia que avale al próximo Presidente”.

El crecimiento del Frente de Izquierda en el terreno electoral es un factor central de esta ecuación. Ha permitido, y puede seguir haciéndolo, que cientos (o miles) de obreros en fábricas y establecimientos de todo el país se acerquen y comulguen con aspectos esenciales de su programa y perspectiva política. Es la perspectiva de una fusión real entre la izquierda trotskista y franjas de la clase obrera. En ese marco, una importante votación a la fórmula de Nicolás del Caño y Myriam Bregman aportaría a fortalecer a la única variante política que expresa independencia de las fracciones patronales y sectores burocráticos, además de denunciar el ajuste que se avecina.

La fortaleza social del movimiento obrero y el peso de la izquierda trotskista configuran datos centrales a futuro. Son un hándicap para los explotados y oprimidos del país, que tienen la posibilidad de evitar que una nueva catástrofe social se descargue sobre sus espaldas.


Eduardo Castilla

Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.

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