Piñera, más allá de anunciar como propias obras en curso del gobierno de Bachelet, tiene dos mensajes, un límite y un propósito.
Nicolás Miranda Comité de Redacción
Viernes 3 de noviembre de 2017

Dos mensajes. El del programa, que incluye una retroexcavadora al revés. Veamos cuatro puntos críticos, más allá de promesas puntuales. El primero, en educación, retrotrayendo el fin del copago y la selección, y congelando la llamada gratuidad en el 50% de los estudiantes más vulnerables (menos del 15% de todos los estudiantes).
El segundo, en relación a los trabajadores, reponer los grupos negociadores que quedaron en el limbo, como modo de debilitar los sindicatos, e introducir más flexibilidad laboral.
El tercero, en cuestiones de demandas empresariales, rebajar los impuestos, asegurar la propiedad privada del agua, y en el tema del litio sin mención alguna aunque es uno de los temas en discusión actuales.
El cuarto, en temas del régimen político, intentar fortalecer mecanismos más autoritarios, como la extensión a seis años del período presidencial, o la re-elección inmediata en períodos de cuatro años, y la reducción del número de parlamentarios.
Sin embargo, es conciente que esta retroexcavadora al revés, tiene un límite: la relación de fuerzas establecida el 2011, que, más allá de los vaivenes de las movilizaciones, se manifiesta en la capacidad de imponer temas en la agenda política nacional: de la gratuidad a las AFP, pasando por la propiedad del agua, la destrucción medioambiental y los abusos en Salud, que es otra bomba de tiempo.
Por eso tiene otro mensaje, además del programático de reversión de los modestos, tibios, casi imperceptibles pasos adelante. El de recuperar la democracia de los acuerdos, por lo que, además de la intención de captura de votos DC, utiliza la imagen de Patricio Aylwin. Sabe que no podrá imponer su programa de un envión. Que tendrá que ir paso a paso. Que tendrá que negociar. Que tendrá que ir midiendo la respuesta. Para que no le irrumpa otro 2011 como pasó en su primer Gobierno.
Por eso se trata de algo más que de reversiones profundas: sobre la base de mantener la esencia de las políticas heredadas de la dictadura, sin mayor esfuerzo porque no han sufrido el paso de una retroexcavadora en realidad, revertir la relación de fuerzas del 2011. Es decir, intentar que nadie se atreva a imponer una agenda política nacional que esté por fuera de la agenda de los empresarios y sus representantes políticos, como los de la derecha.
Contará a su favor, además, con una mayor recuperación económica. Y el cordón de Gobiernos derechistas de Brasil, Argentina y Perú. Pero envalentonado, podría pasarse de la relación de fuerzas y volver con una de las suyas, al estilo de la impunidad de hablar de la educación como “bien de consumo” que despierte los ánimos. Y, más profundamente, hay un malestar con hondas raíces en la fuerte desigualdad social, y un régimen político deslegitimado y con sus fuerzas de contención, como lo fueron la Concertación y la Nueva Mayoría, en crisis. Resultando en un equilibrio inestable, aunque sostenido por una derecha fortalecida.