Sánchez e Iglesias retoman contactos para formar una alternativa al PP. Una vía muerta de entrada y que no ofrece una salida ni a la crisis social ni a demandas democráticas como el derecho a decidir.

Santiago Lupe @SantiagoLupeBCN
Jueves 22 de junio de 2017
Foto: EFE
Después de la fallida moción de censura presentada por Unidos Podemos, el próximo martes volverá a ocupar las portadas de periódicos y telediarios la “búsqueda” de una mayoría parlamentaria capaz de descabalgar a Rajoy y promover un cambio de gobierno. Sin embargo, como el 13J, la reunión prevista entre el PSOE y Podemos para ese día, se tratará de una mera escenificación de posiciones.
Tanto Iglesias hace 10 días, como Sánchez ahora, son conscientes de que no hay margen para el acuerdo. No por falta de voluntad propia de compartir los asientos del Consejo de Ministros, sino porque los números no salen. Les faltarían apoyos y aunque aritméticamente esos votos extra podrían venir de Ciudadanos o de las fuerzas vascas y catalanas, políticamente es inviable.
Pero lo más importante es que los términos concretos de dicho acuerdo están a años luz de poder ofrecer una salida de fondo a los grandes problemas sociales, las demandas democráticas pendientes -como el derecho a decidir- y la lucha contra el Régimen del 78.
¿Por qué entonces se presentan o promueven estas iniciativas parlamentarias o rondas de contactos? Aunque parezca lejana, la campaña electoral de 2020 ya ha comenzado. PSOE y Podemos se disputan la posición de cabeza de la oposición al PP. Deben escenificar que son los campeones del combate al gobierno de Rajoy y de la “búsqueda generosa” del acuerdo.
El Congreso del PSOE celebrado el pasado fin de semana ha supuesto la consolidación de la victoria obtenida por Pedro Sánchez en las primarias con algo más del 70% de los delegados. El discurso del nuevo secretario general es el de virar a su partido a la izquierda y lograr forjar una alianza que desbanque a Rajoy de la Moncloa.
Para ello se propone por un lado limitar el apoyo a la estabilidad del gobierno Rajoy que desde la investidura y tras su defenestración viene brindando el grupo parlamentario socialista en la Cortes. Y decimos limitar porque incluso en las decisiones con más resonancia, como la retirada del apoyo socialista al acuerdo de libre comercio entre la UE y Canadá -CETA-, hay una calculada teatralización.
Los diputados del PSOE, después de apoyar al CETA en la comisión de exteriores, ahora se abstendrán en el pleno. Un voto que los separa del PP pero que garantiza que el Estado español siga apoyando esta medida, es decir sin ninguna consecuencia práctica. Y es que el PSOE, gesticulación a parte, el partido que fue pionero en la introducir la ofensiva neoliberal en los 80 y 90, sigue siendo uno de los dos grandes partidos defensores de los grandes negocios capitalistas.
Pero si en algo Sánchez hace honor a sus declaraciones tras el cierre de su Congreso - “se nos dice que somos el nuevo PSOE, pero somos el PSOE de siempre” - es al abordar su posición ante la cuestión catalana. Aunque se permite hablar de la fórmula de “nación de naciones”, su oposición al derecho a decidir de los catalanes es firme y ya se ha ofrecido a Rajoy para toda iniciativa que éste promueva para evitar la celebración del referéndum del 1 de octubre.
El primer rasgo de continuidad, mantenerse como el ala “progre” de los partidos capitalistas” no invalidaría por si solo la posibilidad de que Sánchez encabezara una nueva mayoría. Con el partido del IBEX35, Ciudadanos, podría entenderse rápido en materia económica y social. Con el PNV o el PDCat, si solo fuera por eso, más de lo mismo.
Es decir con la nueva derecha cool y la derecha vasca y catalana podría sumar. El problema es que su principal consorte en esta variante, Albert Rivera, está cómodo en su posición de muleta del PP. Incluso las encuestas le dan una progresión ascendente, fruto de aparecer como el padrino de la estabilidad conservadora aún a pesar de que su pose de partido anticorrupción sea cada vez más insostenible. Por los socios menores, el PNV demuestra que no tiene problemas para pactar con unos y otros, pero los compromisos económicos obtenidos en la negociación de los Presupuestos y el acuerdo de estabilidad en el parlamento vasco hacen hoy poco probable un cambio de socios.
Pero si hablamos de los catalanes del PDCat, es cuando aparece el otro elemento del “nuevo viejo PSOE” que invalida toda posibilidad de formar una mayoría parlamentaria suficiente. La posición ferozmente españolista de Sánchez respecto al derecho a decidir no es un capricho. Se trata de
la defensa de uno de los pilares del Régimen del 78, la negación del derecho a decidir. Que Sánchez cediera en el apoyo al referéndum catalán es una posibilidad por fuera de las coordenadas políticas actuales.
Esto hace también inviable la otra vía de conformar una mayoría hacia la izquierda, es decir mirando a Podemos e IU. Tanto Iglesias como Garzón coinciden en buscar ese pacto. El primero para formar un gobierno de coalición, el segundo más inspirado por el caso portugués, quedándose por fuera del Ejecutivo y brindando apoyo parlamentario -como ya hiciera la IU de Llamazares con los gobiernos de ZP-.
Las condiciones programáticas para forjar ese acuerdo no serían muy exigentes, como no lo fueron en 2016 ni tampoco en el discurso de Pablo Iglesias en la presentación de la moción de censura: algunas medidas de regeneración democrática formales y la vuelta a un programa neokeinesiano dentro de los límites asumidos por los compromisos internacionales -leáse Troika-.
Sin embargo la suma de los diputados del PSOE y UP no llega a la mayoría, y se necesitaría al menos dos socios más a elegir entre el PNV, PDCat y ERC. En cualquiera de las quinielas entraría al menos un partido catalán, y por tanto el apoyo al referéndum, lo que, igual que en 2016, aleja la posibilidad de acuerdo. Así pues, la rueda de contactos de los próximos días nacen ya en vía muerta. Sin embargo, como escenificación de posiciones no tiene desperdicio, sobre todo en lo que a la izquierda reformista se refiere.
Las idas y venidas con el PSOE no se están empleando para denunciar su programa económico y social. Más bien se asume éste y el escrupuloso respeto a los intereses y privilegios de los grandes capitalistas, reivindicando para ello los ejemplos portugués y de los ayuntamientos del cambio donde ya se aplica. Ni el no pago de la deuda, ni la nacionalización de sectores estratégicos o las viviendas vacías, son planteadas como parte de un programa social de emergencia. Se asumen como solución a los grandes problemas de paro, vivienda o pobreza las viejas recetas de una socialdemocracia devenida hace décadas en social-liberalismo.
Lo mismo sucede al hablar de la pelea contra el Régimen del 78. La lucha por abrir procesos constituyentes es ya música del pasado para IU y Podemos que hablan abiertamente de “régeneración” del Régimen del 78 o segunda Transición. Y en este “que algo cambie para que nada cambie”, entre lo inmutable están los pilares del consenso del 78, como la Corona o la negación del derecho a decidir. Choca que quienes dicen defender que las y los catalanes puedan votar no critiquen abiertamente el encuadre de Sánchez y el PSOE en el bloque que encabeza Rajoy contra contra la consulta. Pero es aún más lamentable que se tanto IU como Podemos se vengan ubicando en el flanco izquierdo de ese bloque, con su negativa cada vez más taxativa a brindar apoyo a la consulta del 1 de octubre y defender un imposible referéndum pactado.
La próximas semanas estarán cargadas de un cierto “de javú” 2016. Sin embargo toda repetición contiene un elemento de “farsa” que en este caso es más explícito todavía. Son muchos los jóvenes, trabajadores, mujeres, inmigrantes... que tras el fracaso de la hipótesis Podemos han sacado la conclusión de que es necesario retomar el camino de la movilización social casi congelado desde las europeas a las generales, como lo demuestra la cierta reactivación de algunas luchas de los últimos meses o la importante manifestación de las Marchas de la Dignidad del pasado 27M en Madrid.
Por aquí es por donde pasa la construcción de una alternativa de la clase trabajadora y los sectores populares. Una alternativa que lo tiene que ser al mismo tiempo al gobierno de Rajoy, al resto de partidos del Régimen del 78 como el PSOE y Ciudadanos y a los proyectos de segunda Transición hacia donde nos quieren reconducir Izquierda Unida, Podemos y la izquierda del “cambio”.
Una primera medida en esta dirección sería impulsar una fuerte movilización social en todo el Estado en defensa de la consulta catalana del 1 de octubre y por la apertura de procesos constituyentes donde se pudiera discutir y decir también sobre el resto de demandas democrática y sociales pendientes. La izquierda que se reivindica anticapitalista, junto a los sectores del movimiento obrero combativos y de la izquierda sindical y los movimientos sociales, debemos retomar la lucha por un programa de emergencia para que la crisis la paguen los capitalistas y acabar con el Régimen del 78.

Santiago Lupe
Nació en Zaragoza, Estado español, en 1983. Es director de la edición española de Izquierda Diario. Historiador especializado en la guerra civil española, el franquismo y la Transición. Actualmente reside en Barcelona y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.