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Fernando Rosso @RossoFer
Lunes 4 de junio de 2018 08:46
Fue una pésima semana para el Gobierno de Mauricio Macri. El veto presidencial al moderado proyecto que buscaba limitar el aumento de tarifas, pretendió mostrar fortaleza, pero dejó al desnudo una debilidad espantosa.
Según la totalidad de los estudios de opinión, Mayo mostró los peores índices en términos de imagen del presidente, así cómo del conjunto de su administración, desde que asumió el Gobierno.
La economía volvió a desacelerarse, la inflación anualizada ya está en el doble de las “nuevas” metas pautadas por los cuatro jinetes del apocalipsis a fin del año pasado, en el día de los inocentes.
A poco del inicio del campeonato mundial, el fervor mundialista clásico de los argentinos se ve opacado por las preocupaciones económicas y sociales. Macri logró la proeza de que una sesión del Senado le gane en rating a la partida de la selección hacia Rusia.
Cae el consumo y aumenta el malestar. Las movilizaciones de las últimas semanas, con todas las distorsiones del caso, evidenciaron que la bronca aumenta y la responsabilidad recae sobre la administración Cambiemos.
Al otro día del veto, se conoció un nuevo aumento de las naftas y pese a la charlatanería desopilante de Elisa Carrió, que aseguró que no habría más “ajustes” tarifarios, el ministro Aranguren no descartó (es decir, confirmó) nuevos aumentos antes de fin de año; mientras Andrés Ibarra, informó que habrá más recortes en el Estado y no descartó (es decir, confirmó) nuevos despidos.
Pero además, existen otros factores, nacionales e internacionales, que empeoran el escenario: la sequía en el campo dejó pérdidas por 8000 millones de dólares; la suba internacional del petróleo encarece la importación argentina y se suma al fortalecimiento del dólar y al aumento de las tasas de interés en los Estados Unidos.
A esto hay que agregar: la crisis política y económica brasilera y sus consecuencias en la economía nacional y la caída de un aliado íntimo de Macri: Mariano Rajoy en el Estado Español.
En este contexto, hasta el pretendido macrismo con rostro humano que intentó representar María Eugenia Vidal, sacó a relucir un rabioso clasismo:
“Todos los que estamos acá sabemos que nadie que nace en la pobreza en la Argentina hoy llega a la universidad”, afirmó ante el público selecto del Rotary Club. Ni los rotarios se animaron a aplaudir.
La semana anterior, Horacio Rodríguez Larreta, otro que que es hábil en el arte de ocultarse cuando hay que dar malas noticias, salió a declarar la guerra -que aún continua- a los representantes genuinos de los trabajadores y las trabajadoras del Subte.
En su peor momento, el macrismo pone en marcha el “plan acelerar” para cumplir con la letra chica -que es la única importante- que se está negociando con el Fondo.
Después de tanta polémica sobre el misterio del engendro Cambiemos, coinciden forma y contenido, esencia y apariencia y el macrismo con su verdad.
Hoy la cuestión no pasa por lo que se propone Macri: quiere ponerse el país de sombrero; sino la operación en curso entre los que dicen enfrentarlo.
La síntesis fue magistralmente realizada por el inefable Miguel Pichetto en su discurso en el Senado: "Juntos es difícil, pero sólos no pueden”, afirmó. Dejó en claro que no impugna el plan, sino sus tiempos y sus formas.
Pichetto será recibido esta semana por la CGT, a la no le va quedando otra posibilidad que la convocatoria a un paro general, dicen, que para antes del comienzo del mundial.
Bajo la égida papal, a la que se van subordinando todas las fracciones del peronismo, la estrategia no se propone terminar con el ajuste y dejar de pagar la deuda o nacionalizar las empresas privatizadas para arrancarlas de las manos de los saqueadores seriales.
Sino un ajuste negociado, concertado, pactado, gradual y aceptable. O en última instancia, postularse para llevarlo a cabo de la mano de un “peronismo racional”, dentro del cual el kirchnerismo tome la forma un avatar. Porque, total, “hay 2019”.
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El llamado gradualismo fue a su manera un “homenaje” a la relación de fuerzas, financiado a su vez por la capacidad de endeudamiento que tendió a agotarse vertiginosamente.
Sin embargo, si los gobiernos que emergen con la función de “pasivizar” a una sociedad movilizada por las crisis tienen que rendir homenaje a su manera a esa relación de fuerzas (eso pasó en el pos-2001); los de claro corte neoliberal tienen la obligación histórica de transformarlas: y eso es lo que se propone Cambiemos en la próxima etapa.
En el libro El camino al colapso de reciente publicación por Ediciones Continente, Julián Zícari cuenta que: entre el 8 de julio de 1989, cuando Carlos Menem asume la presidencia y el primer paro general de la CGT que tuvo lugar el 9 noviembre de 1992, la administración del riojano recortó gastos estatales con la Reforma del Estado y la Ley de Emergencia Económica (privatizaciones) e impuso nuevas leyes que permitían los contratos basura, la ampliación de los periodos de prueba, la reducción de las indemnizaciones por despidos y accidentes de trabajo, el aumento de la edad jubilatoria, entre otras contrarreformas.
Paradógicamente -o no tanto-, festejó el 17 de octubre de 1990 con un decreto que limitaba el derecho a huelga.
Luego del paro del 92, la dirigencia sindical -una parte de ella convertida en empresaria- fue administrando en dosis homeopáticas los siguientes siete paros generales que debió enfrentar Menem.
Medidas que se demostraron -a todas luces- impotentes e incluso funcionales. Operaron no como acciones que se propongan derrotar el plan, sino que paros aislados para descomprimir la bronca.
“La protesta popular -afirma Zícari- pasó casi de un sólo golpe a fragmentarse, aislar sus luchas y asumir -cada una de ellas- una perspectiva particularista, como si cada reivindicación, reclamo o resistencia fuera sólo una demanda de grupos desconectados (…)”.
Y agrega: “De ese modo los cientos de marchas de los jubilados reclamando aumentos de haberes, los paros y movilizaciones de los maestros o las luchas de los empleados públicos que intentaban resistir las privatizaciones en sus empresas no lograron articularse de modo tal de responsabilizar a un mismo enemigo común”.
Entre paros aislados y desfiles imponentes, se les pasó menemismo. Cualquier parecido con la realidad actual no es pura coincidencia.
El desafío de la hora, a la luz de las lecciones de la historia, es evitar que el nuevo saqueo se imponga, no porque los cambiemitas sean muy buenos, sino porque muchos de los que dicen oponerse, terminen siendo perversamente peores.

Fernando Rosso
Periodista. Editor y columnista político en La Izquierda Diario. Colabora en revistas y publicaciones nacionales con artículos sobre la realidad política y social. Conduce el programa radial “El Círculo Rojo” que se emite todos los jueves de 22 a 24 hs. por Radio Con Vos 89.9.