×
×
Red Internacional
lid bot

DEBATE IZQUIERDA. Es el capitalismo, estúpido

El 1% más rico salió más rico de la crisis. El papel de los Estados capitalistas y el “socialismo para ricos”. El nuevo reformismo y las ilusiones del pasado. Una alternativa anticapitalista y de clase.

Josefina L. Martínez

Josefina L. Martínez @josefinamar14

Miércoles 28 de octubre de 2015

Actualmente el 1% más rico tiene tanto patrimonio como todo el resto de la población mundial. Es decir, que si fuera una torta, la mitad se la lleva ese 1%. Esta atroz desigualdad entre los más ricos y la mayoría trabajadora se agravó durante los años de la gran crisis capitalista, desde 2008. Así consta en la última estadística anual del Credit Suisse sobre distribución de la riqueza mundial (Global Wealth Report 2015).

Es decir, durante la crisis, que pagaron millones de trabajadores con la pérdida de sus empleos, ataque a las conquistas laborales, recortes en educación, salud y servicios sociales, o directamente la pobreza extrema, unos pocos aprovecharon para salir aún más ricos entre los ricos.

Cinco hombres se disputan el puesto de “más rico del mundo”: Bill Gates de Microsoft y Amancio Ortega (rey de la explotación laboral en las textiles de Asia para sus marcas de ropa como Zara), compiten por el primer puesto, seguidos de Warren Buffet, el mexicano Carlos Slim y Charles Koch. Entre los cinco suman un patrimonio de 345.800 millones de dólares, algo mayor que el total de la deuda griega, que asfixia a un pueblo entero gracias a las imposiciones de la Troika.

No por nada fue Warren Buffet quien dijo en 2011 una frase que podría ser el epígrafe de las últimas décadas: “Hay una lucha de clases, ciertamente, pero es mi clase, la clase de los ricos, quien está haciendo la guerra, y vamos ganando”. Las consecuencias de sean ellos los que van ganando asoman por donde se mire, dando forma a una barbarie que asola al mundo.

Tan solo un dato puede ser estremecedor: cada año mueren 3,5 millones de niños por desnutrición, 10.000 al día. Según algunas ONG especializadas, un tratamiento para combatir la desnutrición sale 40 euros, pero solamente un 10% de los niños desnutridos logra tener acceso.

“Socialismo para ricos” y capitalismo salvaje para el resto

El balance de la crisis mundial, siete años después, permite algunas rápidas conclusiones sobre las condiciones del capitalismo actual.

En primer lugar, que la crisis implicó una enorme transferencia de recursos, desde los sectores más pobres y la clase trabajadora de todo el mundo, hacia el vértice de la pirámide social, los grupos económicos más grandes del planeta.

La segunda, que los Estados capitalistas cumplieron un papel fundamental en esta operación, combinando el rescate masivo a los bancos y entidades financieras, con el recorte más grande de “gastos sociales” desde la posguerra. No hace falta sumar 2+2 para distinguir el tipo de ingeniería capitalista que se implementó. Lo que algunos ingeniosamente han llamado un “socialismo para ricos”, ya que los Estados socializaron las pérdidas para defender las ganancias privadas.

Ilusiones gradualistas y nuevos reformismos

“No podemos lanzar una enmienda a la totalidad. Hasta que podamos lanzar esa enmienda a la totalidad al capitalismo hay que garantizar el nivel de vida de la gente. Un Gobierno no puede decir: ’Voy a abolir la economía de mercado en mi país’. Ya me gustaría a mí. Somos muy pequeños para cargarnos el capitalismo nosotros solos". (Pablo Iglesias, líder de Podemos)

La reemergencia de fenómenos reformistas en Europa, como Syriza, Podemos o el Bloco en Portugal, son expresión de la fuerte indignación social ante las consecuencias de la crisis, así como el desprestigio de los partidos socialdemócratas, que aplicaron los recortes y ajustes.

Estas nuevas formaciones defienden que es posible “humanizar” o “moderar” las desigualdades sociales en el marco del capitalismo. Popularizan la idea de que es posible alcanzar evolutivamente una “distribución de la riqueza”: que los ricos ganen un poco menos, y los pobres un poco más.

Pero esta realidad social de “capitalismo salvaje”, donde en un polo se acumulan riquezas enormes, mientras gran parte de la sociedad se ve despojada de todo, no es un “error de funcionamiento” del sistema, sino que figura en el ADN mismo del capitalismo.

Hace ya casi 120 años, Rosa Luxemburgo combatía las posiciones teóricas de Bernstein en el seno de la socialdemocracia alemana y de la Segunda Internacional, quien sostenía que era posible “gradualmente” moderar las contradicciones del capitalismo hasta alcanzar el socialismo. Rosa Luxemburgo respondía que la realización del socialismo no pasaba por la (falsa) ilusión de “enriquecer a los pobres” con medidas distributivas, sino por suprimir las relaciones de explotación capitalistas, que están en la base de esa desigualdad material.

Los reformistas de hoy no solo que no se proponen alcanzar el socialismo, sino que ni siquiera pretenden alcanzar grandes reformas sociales. Su estrategia se limita a intentar “moderar” la austeridad y las desigualdades más brutales. Un objetivo bastante más conformista, pero no por eso menos utópico, en el marco de un capitalismo que ha llevado la polarización social hasta el extremo. Es un retorno a la fantasía de la reforma gradual por la vía institucional, para cambiar el contenido del Estado y “recuperar la democracia” en los marcos del capitalismo.

Pero el ejemplo de Syriza en Grecia, los acuerdos del Bloco con el Partido socialista en Portugal, y el pronunciado “giro a la centralidad” política de Podemos, muestran trágicamente adónde conduce esa estrategia. Parafraseando aquella frase que popularizó Bill Clinton, bien podríamos decirles a los líderes de estas formaciones: “Es el capitalismo, estúpido!”.

La mayoría de la izquierda europea abandonó la defensa de un discurso y un programa anticapitalista y de clase, buscando “atajos” y adaptándose a los reformistas.

Un ejemplo diferente es el Frente de Izquierda en Argentina, donde Nicolás del Caño difundió por televisión la idea de que “el capitalismo no va más”. El FIT utilizó la campaña electoral para sembrar esta idea, junto con un programa de emergencia por el salario, contra la precarización laboral y en defensa de los derechos de los trabajadores, las mujeres y la juventud. El millón de votos que obtuvo el FIT en cargos legislativos y la buena elección ejecutiva, muestran que es posible para una izquierda anticapitalista y de clase ganar influencia entre sectores avanzados de trabajadores y la juventud.


Josefina L. Martínez

Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.

X