A propósito de la sentada que estudiantes secundarios de Jujuy realizaron para manifestar contra la decisión de la directora de no dejar entrar al colegio a 40 chicos y chicas por no usar el uniforme. Una mirada crítica de la norma.
Martes 5 de noviembre de 2019 18:55
El día viernes 1 de noviembre, estudiantes secundarios/as de la Escuela Técnica Provincial 1, realizaron una sentada en la institución, a modo de protesta ante la exclusión de 40 chicos y chicas por parte de la directora. Cuáles podrían ser los motivos de tamaña decisión de las autoridades de un colegio público?; que dichos estudiantes no llevaban sus uniformes diarios, vale aclarar que es más de uno el uniforme que solicitan, en función de los momentos y eventos que la escuela prescribe.
La bronca de los y las estudiantes es absolutamente fundada; ahora, la decisión de las autoridades escolares nos remonta a un modelo de escuela que nada tiene que ver con las normativas vigentes y con la defensa a ultranza de un modelo educativo público, democrático, inclusivo para todos y todas por si caben dudas. Pero porqué algo tan superficial como el uso de un uniforme escolar puede adquirir una relevancia no justificada, al menos teóricamente, para prohibir el ingreso a la escuela. Quizá en la idea del disciplinamiento de los cuerpos, existan algunas claves para comprender el control y la sanción a los chicos y chicas de Jujuy.
La escuela como institución social, ha ido mutando desde sus orígenes no sólo en lo que refiere a los contenidos de la enseñanza, los métodos; sino también en la relación que propone con las infancias y juventudes. Sin embargo aún persisten en numerosas situaciones, la expresión de unas prácticas educativas ancladas en el disciplinamiento y el control.
Es decir, unas formas de representar a los sujetos de la educación en constante peligro de desviaciones, a modo de ser revoltosos, sin disciplina, irrespetuosos, desinteresados, vagos, ociosos y cuanto epíteto enumere una forma de ser y de estar en el mundo contraria a la mirada adulto-conservadora. Entonces, si estos estudiantes no tienen la disciplina que el mundo adulto y del trabajo les demanda, será necesario socializar compulsivamente en estas normas y reglas, si es necesario castigar para que se respete.
Este mandato no sólo resulta contrario al espíritu de las leyes educativas vigentes sino también a las leyes referidas a la protección integral de los adolescentes y las infancias, las cuales organizan a través del cuerpo de las mismas un número importante de preceptos para combatir la discriminación, el maltrato y el abuso de poder. Pero también y por sobre todas las cosas, las leyes plantean el cuidado en términos de derecho. Allí el derecho a la educación ocupa un lugar fundamental, como derecho al acceso a la educación pública a cualquiera de sus niveles, a la permanencia y al egreso.
En la situación que se narra al comienzo se cometen muchos atropellos, pero el que no se puede dejar pasar sin mirada crítica alguna, es coartar el derecho social a la permanencia en la escuela, a transitar por una institución pública que debe preocuparse fundamentalmente por el acceso de los chicos y chicas al conocimiento.
¿Un Acuerdo de Convivencia o disciplinamiento disfrazado de consenso?
Según la versión institucional el uso del uniforme resulta obligatorio y el no uso del mismo puede ser motivo de una serie de sanciones; desde no permitir el ingreso al colegio, poner falta, negar la participación en los actos escolares, etc. No es la primera vez que sucede, que los medios de comunicación reflejen la denuncia de padres y madres acerca de la sanción recibida por sus hijos/as por no haber cumplimentado con la regla. Incluso en estos testimonios, cuenta la mamá de una estudiante de la escuela normal, que como el uniforme de su hija resultaba en una pollera no muy conveniente para el invierno, la joven iba en pantalones hasta el colegio y luego se cambiaba y se ponía la pollera del uniforme para no ser sancionada.
El reclamo de los y las estudiantes es potencialmente una oportunidad para que la escuela y las normativas cambien, para tomar nota que una educación de calidad e inclusiva, no puede jamás basarse en el castigo y la sanción hacia las juventudes y las infancias. Que los espacios que la escuela construye para la convivencia con el saber y los/as educadores/as, deben ser espacios democráticos de participación plena y de reconocimiento de las identidades culturales que los chicos y chicas portan. Que la escuela debe ocuparse de hacer posible la centralidad del conocimiento y de su función eminentemente pedagógica, pero por sobre todas las cosas, todo esto puede y debe ser posible, con los chicos y chicas adentro de la escuela, jamás afuera.