A pesar de haber dicho que quería un “gobierno de excelencia”, de ser “el mejor gobierno de Chile”, Piñera dejó su gobierno con una profunda derrota de la derecha, y en la memoria la irrupción del 2011 estudiantil, que fue un parteaguas que movió todo el tablero político. ¿Podría repetirse?
Nicolás Miranda Comité de Redacción
Viernes 10 de noviembre de 2017

En su campaña, Piñera asegura que frenará el impulso del gobierno de Bachelet, por ejemplo, deteniendo en el 50% la llamada “gratuidad” en educación superior; que retrotraerá otra, por ejemplo, la reforma tributaria; que retomará el curso anterior, por ejemplo, introduciendo mayor flexibilidad laboral.
Más que ataques profundos, pareciera tratarse de retomar el camino de los ’90 después del suave desvío del segundo gobierno de Bachelet. Y es que en este, las agujas no se movieron demasiado. Lo que le facilita el trabajo.
Pero el 2011 no vive en las reformas de Bachelet. El 2011 está en el ánimo popular que fue capaz de cambiar la agenda política nacional. Con la demanda estudiantil de gratuidad. Con las movilizaciones contra la violencia hacia las mujeres. Con las demandas de la diversidad sexual. Con las denuncias al saqueo y destrucción medioambiental. Más recientemente, con la demanda por el fin de las AFP.
Su objetivo es erradicar ese ánimo popular. No volver a imponer una agenda política nacional distinta de la de los representantes de los empresarios. El crecimiento económico que ya se inició ayudará en ese sentido, el alto precio del cobre podría durar todo su mandato.
Reconociendo esa relación de fuerzas establecida, no será tarea fácil. Por eso enfatiza la necesidad de retomar la democracia de los consensos. Por eso acapara la figura de Patricio Aylwin. También, por inmediatos intereses electorales para capturar al menos parte del voto DC.
Pero estará sometido a fuertes fuerzas contrarias. Los empresarios envalentonados, pueden querer ir por más, aunque queda poco fuera de su dominio. La derecha dura también, como ahora con el anuncio de liberar a represores por “razones humanitarias” y asegurarles mantener la cárcel hotel de lujo en la que están resguardados más que condenados. También, la profunda crisis de la centroizquierda y con ello de su capacidad de contener las demandas populares puede hacer más inestable la situación.
En esta combinación de fuerzas contrarias, si Piñera en su gobierno se pasa de la relación de fuerzas, con otra perla como que “la educación es un bien de consumo”, puede desencadenar fuerzas que podría no controlar. Aunque lo más probable es que el motor del escenario político pase por una profunda discusión sobre qué tipo de oposición, de partidos, y, sobre todo, de izquierda se necesitará; más cuando hay demandas pendientes como el fin de las AFP, el sistema de salud e incluso las educacionales, abiertas.
Más que contra-reformas con ataques frontales que puedan desatar grandes movilizaciones, buena parte de sus desafíos estarán en intentar recomponer la legitimidad de un régimen político profundamente cuestionado. Para hacerlo, ya dio algunas luces: reponer instituciones más autoritarias, como el anuncio de extensión a seis años del período presidencial o una re-elección inmediata con cuatro años, la reducción de la cantidad de parlamentarios, el reforzamiento y coordinación de las Inteligencias de los organismos represivos, incluyendo a las FFAA, entre otras.