En el fin de semana del 34 Encuentro Plurinacional de mujeres y disidencias, compartimos un relato que intenta desandar los estereotipos de belleza y cuerpos hegemĂłnicos que se imponen con rabia a las mujeres.
Viernes 11 de octubre de 2019 18:20
Diseño de imagen: Pao Watafac
Hace un tiempo me compré un vestido corto muy lindo y un cancán negro. Para ustedes es una pelotudez, capaz, algo que a cualquiera le puede pasar en la cotidianidad. Pero para mi no, o para nosotres, les gordes, no.
El cancán no porque hiciera frĂo o porque quedara lindo, si no para sentir que no estoy mostrando las piernas gordas, un autoengaño que a menudo suelo hacer.
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El que tenĂa, talle 5 (el más grande que viene en cualquier marca), se me rompiĂł porque ya me entraba a regañadientes, haciendo un ritual de contoneo de piernas y cadera de 5 minutos o más.
La Ăşltima puesta de ese cancán fue anoche, cuando entre caricias y los movimientos que exige la pasiĂłn, se rompiĂł un poco más. Y asĂ con el cancán medio roto me fui a trabajar, donde se me terminĂł de romper más todavĂa. TenĂa que ir a hacer un montĂłn de cosas despuĂ©s, y mi cancán estaba roto y yo me sentĂa desnuda. Pensaba que todo el mundo podĂa darse cuenta de que la mitad de la entrepierna se me salĂa por un hueco.
Hice un par de cosas asĂ hasta que me empecĂ© a sentir muy incĂłmoda, asĂ que me metĂ en un baño y me lo saquĂ©. SĂ, decidĂ salir a la calle sin cancán.
Estamos en el 2019, soy una mujer libre, empoderada, y todas las cosas que las publicidades y la gente que predica el amor propio te dice que tenés que sentir. Pero no te pasa. Hacés una cuadra y las miradas te consumen. Tus piernas son un imán de ojos gordofóbicos por mil. Eso es lo que la gente que predica el amor propio no entiende, casualmente porque tampoco lo vive, porque es muy fácil contarla desde un cuerpo hegemónico.
TenĂa que hacer diez cuadras en el centro de la ciudad para llegar al Ăşnico lugar abierto un sábado a la tarde que me vendiera un cancán, el lugar más horrible y hegemĂłnico para comprar ropa: un shopping, el Patio Olmos.
Las diez cuadras más tortuosas de mi vida.
SĂ, soy gorda y tengo un vestido corto, sĂ estoy mostrando las piernas y los muslos. SĂ, tengo cicatrices porque cuando me odiaba me lastimaba mucho. SĂ, ÂżQuĂ© mirás?
Llegué al Patio Olmos y pasé por cinco locales de ropa interior pidiendo el maldito cancán negro traslúcido talle 5. En algunos casos ni siquiera llegaba a pedir el talle, “no para vos no tengo”.
En el último, con el ánimo por el suelo, le digo a la vendedora:
–¿Pero hasta qué talle tenés?
–Hasta el 4 —me dice tecleando en la computadora sin mirarme.
–Bueno, lo llevo.
–Pero no te va a entrar.
–Lo voy a llevar igual —retruqué cansada.
–Mirá que esto no tiene cambio, es hasta 85 kilos. ¿Cuánto pesas vos?
–¿Qué te importa cuánto peso? ¿Me lo vas a vender o no? —repliqué y todos los que estaban en el local se quedaron estupefactos.
La encargada saliĂł del depĂłsito preguntando si estaba todo bien.
—No, quiero comprar este cancán y no me lo quiere vender porque dice que no me va a entrar —escupà casi a los gritos. La encargada soltó un “no, no, es lycra, estira mucho, llevalo no hay problema” y me cobró.
PaguĂ© tragando bronca. A penas me dieron la bolsa y el ticket corrĂ al baño a ponĂ©rmelo. Claramente me iba a costar el doble, sabĂa que no me iba a entrar y si me entraba, se iba romper el mucho más rápido que el otro. Pero no me importaba.
Lo saquĂ© del empaque y lo fui subiendo, tobillo, gemelos, rodillas y en los muslos empezĂł el problema. DespuĂ©s de 5 minutos el cancán estaba puesto. Y estando ahĂ con las piernas más apretadas que nunca, con mitad de cancán ya rajado y sintiĂ©ndome completamente miserable me larguĂ© a llorar. No me pasaba hace años, sentĂ mi cuerpo horrible, pesado, lo volvĂ a sentir una carga. VolvĂ a tener esa sensaciĂłn que tenĂa cada vez que me saltaba una comida o iba a vomitar.
Me lo saquĂ© con brutalidad y enojo, a lágrima viva. Me daba asco sentirme asĂ. No milito ni hago nada en mi vida para sentirme asĂ, no me lo podĂa permitir.
Me puse el cancán viejo (que no lo habĂa tirado) que estaba todo roto, y sentĂ que era lo más real.
ÂżPor quĂ© habĂa intentado entrar en unas medias Silvana que no estaban hechas para mĂ, que no estaban hechas para ninguna gorda?
Me quedĂ© pensando en esa novela que veĂa cuando era chica, donde una flaca se "disfrazaba de gorda" para caracterizar a la personaja principal. ÂżQuĂ© cancán le ponĂan a ella?
Me fui con las medias rotas y los muslos afuera, odiando a Cocot, al shopping y a la productora venezolana que se le ocurriĂł que disfrazar a alguien de gorda era una brillante idea.
ÂżPor quĂ© habĂa intentado entrar en unas medias Silvana que no estaban hechas para mĂ, que no estaban hechas para ninguna gorda? Capaz por que las gordas nos hacemos camino al andar -o al romper cancanes-.