Como muebles, como cosas descartables sacan a los trabajadores a la calle frente al peligro de un incendio. Sin alarma previa, sin trabajo de rescate, porque nunca son suficientes los simulacros.

Carina A. Brzozowski Agrupación Bordó Leo Norniella en Alimentación
Viernes 24 de julio de 2015 10:30
Nuevamente se incendió Felfort esta mañana.
El primer incendio que me tocó vivir ahí dentro fue cuando se prendió fuego una tostadora de maní. Estábamos en el 2do piso, Sector “Paragüitas”, en las máquinas conificadoras que están detrás. Por un ventanuco veíamos entrar humo y con mi compañera decíamos: “Pero al final este extractor no sirve porque en lugar de sacar el humo, lo trae para adentro” . Pero no era el humo despedido por los compresores que daban vacío a las máquinas, que dicho sea de paso, ese humo que despedían era tóxico, porque quemaba aceite y eso era lo que respirábamos en ese lugar, sino que después nos enteramos que lo que se quemaba era la tostadora de maní que está dos pisos más abajo. Una compañera que fue al baño, cerca de un espacio de aire luz, vio subir las llamas cerca de su cara, en el segundo piso. Nos evacuaron, como se pudo, porque nadie estaba capacitado para hacer esa tarea, en un ratito estuvimos en la calle todos.
Después nos enteramos que el dueño, el fallecido Carlos Fort, reprendió a los porteros de turno por dejarnos salir por el portón grande, nos trató de locos, que cómo íbamos a salir así, le importaba lo que podía decir la gente antes que nuestra propia seguridad. Después también nos enteramos que muchos, ante su empeciamiento, intentaron convencerlo de que era una locura no dejarnos salir.
Hoy la señora Martha Fort ,dijo al llegar, la misma frase: “es mi fábrica y hago lo que quiero” “¿por qué están todos afuera? ¿Por qué no están trabajando?” La misma insensibilidad.
El segundo incendio fue en el cuarto piso. Tenemos suerte de que siempre son focos controlables, que no llegan a expandirse. Siete pisos tiene la fábrica, en cada piso, hay un plano colgado de la pared para indicar a los trabajadores dónde se encuentra. Un mapa inentendible, que hace que nos perdamos más aún. No es fácil interpretarlo. Aunque conozcamos la fábrica de memoria, en una situación extrema, nadie sabe cómo manejarse, si ir a avisar a los que están más aislados, si comenzar a bajar.
La compañía aseguradora te da un curso para aprender a usar los matafuegos pero esos cursos no son reforzados, quedan en la nada porque los conceptos aprendidos se olvidan y después pasa esto.
Es repudiable la actitud de la señora Martha Fort, es entendible que es una señora de edad avanzada, pero el despotismo no tiene edad. Por una orden mal dada, puede morir gente.
Los trabajadores somos los únicos afectados por esta situación, dos compañeros, fueron trasladados al Hospital Durand con principio de asfixia.
Los dichos de Marta Fort demuestran el valor que tiene para ella nuestra vida.
Por este motivo y por que la empresa viene incumpliendo con las mínimas medidas de seguridad llamamos a conformar una Comisión Investigadora Independiente, votada en asamblea, que tenga plenos poderes para investigar y acceso a toda la información.
Es repudiable, insisto, porque siempre somos los trabajadores los que nos llevamos la peor parte, la indiferencia patronal, el desprecio. La distancia entre la burguesía y la clase trabajadora se ve en estos casos extremos lamentablemente, cuando les importa más la opinión pública y los decires de la prensa antes que el personal que pone el cuerpo todos los días para que la producción salga y ellos llenen sus arcas.
Una vez le dije a mis compañeros, nosotros somos Felfort, y se reían, me decían: “nosotros no somos los dueños”. Pero somos Felfort, porque somos sus obreros, somos los artífices, yo hacía los conitos de Paragüitas, fulano hace la mezcla de la monedita, otro mengano sabe cómo se prepara el Marroc, las escencias, etc…
¿Quién es Felfort? Ellos son los que ponen la parte edilicia y las maquinarias, el capital, nosotros somos la mano de obra, el alma de los chocolates.
Hoy, el alma de los chocolates estaba en la vereda, con lo puesto, con los uniformes de trabajo, esperando que apagaran el incendio, esperando que sonara la alarma que nunca sonó o sonó a destiempo. Hoy, el ama de los chocolates tuvo que soportar el extraño enojo de la señora Fort que no sabe contra quién despotricar y se la agarra con sus empleados, la misma que brinda con ellos en la fiesta de fin de año y les canta la canción de la amistad.
No hace falta ninguna canción para semejante hipocresía. Las diferencias saltan a la legua. No les importamos, somos material descartable, como un guante.
Por eso siempre decimos que tenemos que organizarnos, porque el incendio fue una fatalidad, pero el ataque patronal no, es la herramienta que ellos tienen para machacarnos su despotismo.
Organización y lucha es lo que necesitamos para que no pasen estas cosas, para que no muera un trabajador en su puesto de trabajo, para que no respiremos aceite quemado, para que no nos agarre neumonía, tendinitis, y demás dolencias.
El alma de los chocolates tiene que trabajar con una sonrisa, con camaradería, no bajo el látigo de los patrones.