El retrato de un vendedor de libros cascarrabias alejado de cualquier relación sentimental, no logra conectar con el público al ser un proyecto muy ambicioso
Martes 17 de julio de 2018
El director mexicano Gibrán Bazán presenta su segundo largometraje de ficción El buquinista (México, 2017) donde narra la historia de un vendedor de libros usados viudo y alejado de cualquier relación sentimental.
Lucien (J.C. Montes-Roldan), es un vendedor de libros usados (buquinista) de una de las colonias más famosas de la ciudad de México a donde emigró desde hace años de Francia con su esposa. Al fallecer ésta no vuelve a tener ninguna relación personal, aún cuando sus amigos siempre intentan buscarle una pareja.
Solitario y amargado sigue su rutina al lado de su ayudante Casildo (Amador Torralba), un enano muy pícaro y coqueto que da descuentos a las clientes que pretende conquistar. Cierto día una extraña joven, Ellen (Ariana Figueroa), lo lleva a encontrar un libro donde se habla de una teoría para poder regresar a alguien de la muerte por medio de procesos numéricos.
Es cuando Lucien se obsesiona con Ellen pero también con su esposa muerta, divagará entre sueños y fórmulas matemáticas para revivir la felicidad pasada.
Los trabajos previos de Gibrán Bazán Generación Spielberg (2014) y el documental Los rollos perdidos (2012) dan cuenta de un trabajo poco constante, el autor se desarrolla mejor en el terreno de la escritura.
El buquinista tiene sus errores al pretender ser más de lo que es, inspirado en la nueva ola francesa, se queda muy atrás de ésta, lo mismo que su trabajo en Generación Spielberg, termina siendo pretencioso.
Aunque la película fue realizada sin recursos del Estado por esto mismo su realización debió ser más cuidadosa. Sin duda la historia funciona como una obra literaria, el narrador se hace presente en toda la película para explicar los sentimientos de los personajes, pero trasladar ese leguaje a la pantalla es un oficio difícil.