Conversamos con la escritora y docente sobre sus obras, la novela "La ruta de los hospitales", la salud pública y las mujeres en su literatura.

Liliana Vera Ibáñez Redacción LID @liluzlisam / IG: @Pisotomia
Domingo 7 de marzo de 2021 21:22
Gloria Peirano es escritora. Su última novela, La ruta de los hospitales, obtuvo el Segundo Premio de Novela en el Concurso de Letras del el Fondo Nacional de las Artes en 2017. También es docente universitaria en las carreras de Artes de la Escritura (UNA) y Gestión del Arte y la Cultura (UNTREF).
Su mundo literario presenta personajes inmediatos que se nos acercan en cada página. Miramar, Las escenas vacías y Manual para sonámbulos son obras que fueron armando su sendero literario.
¿A qué te acerca o te aleja la literatura?
«Justo estoy pensando mucho en esto. Voy a dar una clase en el Seminario Poéticas de La copa del árbol y se me ocurrió pensar en las diferentes clases de distancias que me habitan con respecto a la escritura. La idea de gradación. Me gustan las clasificaciones por mi formación en Gramática. Las clasificaciones son un intento candoroso y adorable de ordenar un poco la infinita y perturbadora vastedad de la experiencia. También me gustan las listas, en la vida cotidiana. Esta pregunta me hace pensar en que lo más importante, quizá, es esa zona que existe entre lo escrito y la posibilidad de lo escrito. ¿Cuántos grados de distancia existen entre lo que quiero escribir y lo que escribo? ¿Qué se hace con esa distancia?».
«Hace poco escuché a Ricardo Romero hablar de la experiencia de la escritura y no del resultado. El transcurso, ¿de qué me aleja? ¿de qué me acerca? Con Miramar el vaivén duró cinco años. Con Las escenas vacías, dos y medio. Soy bastante lenta. Manual para sonámbulos es un texto escrito para una película de Gustavo Fontán. Es muy íntimo para mí, tengo sonambulismo. Cada uno de esos movimientos fue único, eso también pasa, no reconozco a la persona que escribió esos textos, no es ya recuperable esa voz. Creo que el modo de la distancia que permite la escritura es irrepetible. Y jamás hay ninguna garantía de que funcione. Y eso, por supuesto, está muy bien que así sea».
¿Es difícil saber por qué escribís?
«Es una pregunta que, hasta ahora, no tengo respondida. Ante el interrogante que me mira, podría decir que es un trabajo artesanal maniático no constante y no metódico. Aunque la respuesta pueda parecer inmediata, desde que recibí la entrevista, esta pregunta resonó en mí, no me soltó. Así que me libero parcialmente con esta respuesta. Pero no sé si puedo decir mucho más que eso. Sí me interesa mucho leer por qué escriben algunas autoras y algunos autores. Por qué, cómo. Cómo lo hacen. Tal vez podría responder mejor por qué leo, no por qué escribo. No podría imaginarme sin leer».
«La verdad es que en mi experiencia con los trabajadores de la salud (...) siempre encontré un altísimo sentido de solidaridad.»
La ruta de los hospitales: madre e hija
Esta novela de Gloria, en su tapa, lleva la foto de una nena mirando por una ventana. Las palabras impulsan a extraviarse en las largas jornadas de una niña de 10 años y su madre a lo largo de siete hospitales de Buenos Aires.
Esa madre nutricionista habla con su hija, una niña espectadora muda y embelesada que la acompaña. La conversación transcurre a veces en los jardines, pabellones o en la cocina de los hospitales donde trabaja: Muñiz, Roca, Español, Británico, Fiorito, Gandulfo, Fernández.
Puntillosamente narrada en segunda persona, pone a distancia la emoción, sin perder sensibilidad y belleza narrativa. La novela, enhebra un rico entramado de memorias y ausencias.
¿Por qué elegiste este epígrafe para la historia: “El lenguaje humano no tiene exterior: es una puertas cerradas” ?
«Elegí esta cita de Roland Barthes como epígrafe porque me interesaba que sobrevolara la novela, en el sentido de que el lenguaje es un para sí mismo, implica una dimensión intraducible y, en su interior, como si fuera un organismo con vida propia, un paisaje, una esfera, suceden acontecimientos. El lenguaje como asfixia, también, pero como asfixia elegida».
«Por usar un término más o menos benigno, que creo que pondría de manifiesto este acontecimiento de forma singular. Barthes es un autor al que siempre vuelvo. Un epígrafe es una clave de lectura de una novela. Pero también creo que es una clave de la escritura. En general, los voy cambiando. Los epígrafes son temporales, me sirven para un momento, una zona de la novela. Me gusta mucho esa condición de volatilidad de los epígrafes.
Es difícil otorgarle a una decisión de lenguaje o narrativa una explicación unívoca. Creo que el recurso está vinculado a la idea del tiempo, al espesor del presente. El tiempo como un remolino. Respecto del trabajo con los tiempos verbales, el español es una lengua que permite una riquísima correlación. En este sentido, Mario Montalbetti, el poeta y traductor peruano, dijo en una entrevista “trabajar el lenguaje con el lenguaje”. La sintaxis de una lengua como la que hablamos es muy flexible a la hora de narrar la anterioridad, la simultaneidad, la posterioridad, que es la forma en la que entendemos el tiempo en español. El equilibrio y desequilibrio de todo eso en una novela me fascina. La segunda persona fue una decisión que me ayudó a armar un punto fijo desde el que construir ese remolino. Todo lo que sé, de modo más o menos expresable, sobre esa novela lo pensé respondiendo entrevistas como esta».
¿Por qué estos escenarios?
«Visité muchos hospitales de chica, ese elemento es autobiográfico. Mi mamá me llevaba con ella a trabajar. Entonces, la percepción infantil los fijó en un lugar especial. En un hospital, la potencia sugestiva del fuera de campo es importante. En este sentido, la imaginación corre de manera frondosa. Existen puertas cerradas, territorios vedados, una organización del espacio estricta. No es solo la Terapia Intensiva o la sala de Pediatría, es más sutil y generalizado. Detrás de cada puerta cerrada o entornada de una habitación vive una novela que desconocemos. Y luego están los jardines, los espacios verdes. No en todos los hospitales. No en el Fiorito, no en el Hospital Español. Son moles duras, sitios duros. Sí, por ejemplo, en el Hospital Muñiz o en el Hospital Británico. A esos dos hospitales los visité de muy chica, en el momento que se fraguan las primeras imágenes, y lo que más recuerdo son los espacios verdes. La luz de esos espacios. Desde mi mirada infantil, la existencia de un jardín o de un parque dentro de un hospital, no fue vivido como contraste o como una necesidad, sino como una continuidad».
La narradora padece de una enfermedad de la tiroides que la acompaña durante toda su vida. Vos llamás a esa enfermedad fascista
«Existe un armado de mayúsculas en la novela, por fuera de la normativa, que fue respetado por la correctora de Alfaguara, y que incluye el nombre de esa glándula. Esa marca formal está relacionada con un gigantismo que quise darle a la enfermedad como experiencia. La glándula está descripta con el adjetivo fascista. También hay una cita de Sylvia Plath en la novela: “Toda mujer ama a un fascista”. Cuando me refiero a estas cuestiones, lo que pienso es en una política del lenguaje, en tanto asalto a la verdad, dentro de aquello que denominamos literatura».
La solidaridad de los trabajadores de la salud con los inundados de Lomas de Zamora es relatada en la historia de estas dos mujeres.
«En el sistema en el que vivimos, completamente agotado a la luz de los hechos, la solidaridad es un imperativo. La verdad es que en mi experiencia con los trabajadores de la salud (como niña en hospitales, como paciente en hospitales, como profesora de futuras enfermeras en la Licenciatura de Enfermería de UNTREF, en el Laboratorio de Escritura Académica) siempre encontré un altísimo sentido de solidaridad. Los hospitales públicos, cualquiera que haya trabajado en ellos lo sabe, son ámbitos donde se vive en una pertenencia comunitaria enorme. Y territorial. Es decir, hacia afuera del hospital. No sé si quise reflejar eso conscientemente en la novela, sino que se filtró, como se filtraron, maceradas, transformadas, otras vivencias directas».
La Ley IVE esa enorme conquista,
es una prueba contundente de la fuerza que podemos lograr
como mujeres y disidencias
De protagonistas y luchas
“Te resonará, cada tanto, sordamente, la palabra herida (…) Llevo la marca de tu intensidad” dice la madre dialogando con su hija, como una simbología de la fortaleza plausible de construirse cuando las mujeres nos unimos y es nuestro el protagonismo en las peleas por nuestros derechos.
¿Cómo ves las peleas de las mujeres este 8 de marzo de 2021?
«La Ley IVE esa enorme conquista, es una prueba contundente de la fuerza que podemos lograr como mujeres y disidencias. Llevó muchísimos años, y demasiado dolor y muerte, pero se logró legitimar una deuda de la salud pública y de la democracia y, además, se impuso una lógica que empieza a sustraer los cuerpos de mujeres y disidencias del control ideológico que se ejerció por instituciones patriarcales (y se ejerce aún, lamentablemente) sobre ellos durante siglos. La idea de fortaleza asociada a la mujer me gusta en un sentido y, en otro, me permito dudar de cualquier etiqueta inmovilizadora. No debemos ser nada (solo que curse y se encarne, ojalá, otra política amorosa, de la que conocemos bastante) porque durante demasiado tiempo nos dijeron qué debíamos ser. Hemos sido demasiado adjetivadas. De todos modos, la pregunta no apunta de ninguna manera a esto, sino que es una digresión que me viene a la mente. Hay una cita conocida de Audrie Lorde (tengo una libreta con esa cita en la portada) que dice: “Mi silencio no me protegió, tu silencio no te protegerá”. Esta cita implica un plural que es lo contrario a la soledad y refiere a un «entramado»».
No es un año como los anteriores
«Veo una responsabilidad ineludible y urgente en el Estado. Es terrible lo que está pasando. Durante el 2021 se registraron 47 femicidios y travesticidios, uno cada 30 horas. Existe un sesgo machista y patriarcal en las instituciones que perpetúa la violencia contra las mujeres y las disidencias. Esta realidad exige, para mí, por un lado, una transformación cultural profunda y, por otro, una intervención sobre esas instituciones. Las mujeres y disidencias venimos denunciando esta realidad espeluznante que existe en Argentina desde hace tiempo».
Sobre la autora
Gloria Peirano es novelista y docente universitaria. Es Licenciada en Letras por la UBA. Publicó “Miramar” (2da. Mención del Premio de Novela de Página/12-2007) en 2012, por El fin de la noche, “Las escenas vacías” en 2016, por el Ojo del Mármol, “Manual para sonámbulos”, (en: “El lago helado”, Papel Cosido, UNLP) en 2019 y “La ruta de los hospitales”, (Segundo Premio del Concurso de Novela del FNA-2017, novela finalista del Premio Rómulo Gallegos 2020) en 2019, por Editorial Alfaguara.
Es Co-coordinadora del Laboratorio de Escritura Académica (LEA) en UNTREF y Profesora Adjunta, en la misma universidad, de la materia Textos Académicos, en la carrera Gestión del Arte y de la Cultura. Es Profesora Titular de Morfología y Sintaxis, en la carrera Licenciatura en Artes de la Escritura de la UNA. Es coguionista de las películas “El día nuevo” (2016), “El estanque” (2017) y guionista de “La deuda” (2019), dirigidas por Gustavo Fontán.
Tres títulos que recomienda Gloria:
Anne Carson en su totalidad.
Agota Kristof, Klaus y Lucas.
Mirta Rosenberg, Él árbol de palabras.
IG: Gloria Peirano