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Red Internacional
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DERECHO A LA VIVIENDA (Y EL CAMPITO). Guernica: sin potreros no hay Maradonas

Maradona aprendió a jugar en los potreros de la Zona Sur bonaerense, gambeteando rivales y también la pobreza. Esas mismas tierras que los poderosos quieren monopolizar para sus negocios y countries.

Lucho Aguilar

Lucho Aguilar @Lucho_Aguilar2

Miércoles 25 de noviembre de 2020 12:34

Fotos: Enfoque Rojo, Franco Fafasuli, Maxi Failla, Martin Acosta, César Gómez.

Este miércoles 25 de noviembre murió el mejor jugador que haya conocido el deporte más lindo. O por lo menos es lo que creemos muchos. Hoy los medios van a rescatar distintas cosas de su vida. Contarán sus clubes, sus goles, sus mejoras gambetas, sus millones, sus polémicas.

Pocos recordaron sus primeros años, en Villa Fiorito. "Los días de lluvia, cuando caían piedras, se agujereaba el techo de chapa y el piso de tierra se iba llenando de manchas oscuras que parecían bichitos. Entonces mamá gritaba: ’¡Andá a buscar los tachitos!’”. Don Diego laburaba en la molienda Tritumol, pero no alcanzaba. Una vez le preguntaron al Maradona consagrado qué soñaba de chico. “Soñaba con comer”.

Pero en medio de esa pobreza y esos sueños, el pibe encontró su pasión y su gloria. “Jugábamos en el potrero, con tierra que volaba para todos lados, de la mañana hasta que oscurecía”. Allí se divirtió, ganó amigos y partidos. Después ganó millones.

Martín Acosta, desalojo junio 2001, Bajo Flores
Martín Acosta, desalojo junio 2001, Bajo Flores Martín Acosta

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En el barrio La Lucha, cuatro pibes y dos pibas juegan un picado.

Los días son difíciles. Más difíciles que los de Diego, seguro. A la lluvia no hay tachito con qué darle. Pero cuando sale el sol, cuando no llueve, se juntan en sus patios. Esos patios que antes no tenían. Corren, ríen, juegan, se pelean, vuelven a reír.

Jonatan corre endemoniado con la pelota, barrilete cósmico de qué planeta viniste, ni el ruido del helicóptero te puede detener. Cuando termina de pasar a todos se frena y hace el gol de taquito. Se ríe. Todos se ríen. Todos quieren elegir a Jonatan después del pan y queso. Las pibas también, porque se ganaron su lugar en los picados. ¿Qué esperaban de las mujeres en Guernica?

Hoy muchos de esos pibes, de esas pibas, los grandes también, llorarán a uno de sus ídolos. No por aprobar todo lo que hizo, como creen algunos. Lo harán porque les hizo sonreír con su magia, aunque no tuvieran un peso para pagar por ella.

Cuando uno camina por las avenidas de pasto que unen los barrios, cuando atraviesa los arroyos, dobla en la T y camina sin apuro, puede ver los vecinos que vuelven de laburar, las juntadas en las casas, las asambleas, la escuelita, la posta sanitaria…y los potreros. Cuando le tocó hacer ese recorrido, este cronista soñó que una pelota salía disparada, atravesaba los alambres y quedaba dormida cerca de sus pies. Y en ese momento rescataba alguna destreza del olvido y alguien desde adentro le gritaba “bien ahí”.

Una vez pasó, quizás falten los testigos.

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Sin potreros no hay Maradonas. La frase la pintaron en una pared de La Boca cuando querían privatizar los campitos donde habían aprendido generaciones de pibes. Esos mismos que Diego veía cuando llegaba a entrenar.

Lo hicieron igual.

De Fiorito a La Boca, de La Boca a Guernica, los dueños de la tierra la quieren para construir un edificio o un country. Si hay verde será para canchas de golf o de fútbol sintético. ¿Alguien recuerda algún jugador surgido de la canchita de un country?

En la víspera del cumpleaños 60 de Maradona, los ricos, esos mismos que reclaman la propiedad privada de todos los campitos del mundo y transformaron el fútbol en un negocio, tuvieron su día de gloria. La Bonaerense, esa que puteamos en cada cancha, arrasó con todo. Quemó casillas, arcos de madera, pelotas escondidas.

Esa noche brindaron a la salud de Sergio Berni y creyeron que habían ganado el partido.

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Durante 100 días, las madres de Guernica los dejaron soñar y jugar, intentando las gambetas del Diego, hasta que se escondía el sol. A veces más. También les dijeron que no sabían hasta cuándo iban a poder quedarse. Pero que peleaban por una casa de verdad, un patio y un barrio que tenga una plaza, potreros, juegos. ¿Y una biblioteca, un teatro, un laboratorio? ¿Quién dijo que todos, todas, sueñan con ser Maradona?

Les juraron, mirándolos a los ojos, qué será ahí o en otro lugar pero que no van a bajar los brazos hasta tener tierras para vivir.

Por ese sueño peleamos. Por la risa de los niños, por el goce del tiempo libre para todos y todas, por el disfrute de esos atardeceres de Guernica sin los músculos consumidos por el trabajo agotador, por un mundo sin countries pegados a asentamientos, por una sociedad sin opresión ni explotación que permita el libre desarrollo de las infancias y de toda la humanidad. Peleamos por una vida que merezca ser vivida.

El partido no terminó señores.


Lucho Aguilar

Nacido en Entre Ríos en 1975. Es periodista. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001. Editor general de la sección Mundo Obrero de La Izquierda Diario.

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