La anunciada mesa política del Frente de Todos se reunirá este jueves en el marco de una difícil situación, en el comienzo del año electoral. El índice de inflación de enero encendió alarmas, complicando el panorama. La necesidad de un balance para pensar el futuro y el problema de reeditar un fracaso o apostar a una salida por izquierda.

Fernando Scolnik @FernandoScolnik
Martes 14 de febrero de 2023 19:56

Cuando en agosto pasado Sergio Massa asumió en el ministerio de Economía, tenía un mandato. Por aquellos días, el Gobierno del Frente de Todos estaba sumido en el desconcierto. Martín Guzmán había renunciado intempestivamente, Cristina Kirchner y Alberto Fernández protagonizaban un conflicto público y la ministra -a la sazón interina- Silvina Batakis se enfrentaba a una fuerte corrida cambiaria y a índices de inflación disparados. Decir que se estaba al borde del precipicio, no sonaba exagerado.
En ese contexto, el mandato de Massa era claro: recibiría superpoderes (concentrando carteras) y el apoyo de todas las alas del peronismo para intentar ordenar el desastre. Si lo lograba, tendría premio: después de tantos fracasos e internas, quedaría como el candidato natural del espacio para las presidenciales del 2023.
195 días después de aquella asunción, la situación es, sin embargo, más ambigua. Este jueves se reunirá finalmente la reclamada -por el kirchnerismo y otros sectores- mesa política del Frente de Todos, pero atravesada por más incógnitas que certezas.
Cuando rodeados de desconfianza se reúnan albertistas, kirchneristas, massistas y otros integrantes del peronismo, deberán evaluar la situación, sus perspectivas electorales y sus disputas internas.
Es cierto. Si optan por una mirada autocomplaciente podrán congratularse de que Massa, por ahora, logró evitar una devaluación descontrolada que ponga fin a cualquier perspectiva futura de esta experiencia panperonista. Al fin y al cabo, podrán gritar, como Héctor Alterio en Caballos Salvajes, que vale la pena estar vivo. Sí hubo, de todos modos, devaluaciones sectoriales (dólar soja 1 y 2 - ¿viene el 3?) y persiste la incertidumbre, dado el bajo nivel de reservas, sobre el futuro inmediato para los meses que vienen (“bomba” que Juntos por el Cambio busca hacer detonar durante el año electoral). La política de sacar conejos de la galera y atar todo con alambre, es un eterno paso a paso.
Los más realistas, sin embargo, deberán ver también el vaso medio vacío. La apuesta massista viene de recibir un golpe muy duro en su centro de gravedad. Este martes, el Indec informó el índice de inflación de enero, que resultó en un 6 %, mostrando dos graves problemas. El primero de ellos, es que se revirtió la tendencia a la desaceleración que se había insinuado en noviembre y ya había quedado en cuestión en diciembre. El segundo y más grave: Massa había prometido que en abril el número de inflación “empezaría con un 3 adelante”, y esa perspectiva aparece como de cada vez más difícil cumplimiento. Si el gravísimo problema de la inflación, que fue del 95 % en 2022, no aparece en vías de resolverse, la situación será cada vez más compleja para el futuro electoral del ministro. Y el carácter inflacionario del acuerdo con el FMI, no augura un destino fácil en este sentido.
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No se trata solamente de números, sino de las credenciales que se mostrarán para la batalla electoral. Si la estabilidad es un valor, especialmente ponderado en determinados sectores de la sociedad, lo cierto es que llegar a fin de mes es un problema aún más importante para millones. Difícil disputar comicios tan importantes hablando de la Corte Suprema o prometiendo un futuro económico mejor de la mano de Vaca Muerta o el litio para los próximos años. Demasiado extractivismo para sonar progre. Demasiado discurso vacío para quienes no llegan a pagar hoy los alimentos, el alquiler o los útiles de los chicos en el nuevo año escolar. En este marco, si la disputa electoral aún no está decidida, es porque la derecha opositora también está sumida en sus propias crisis e internas.
El problema que atravesará a la mesa del Frente de Todos es que para un oficialismo el relato no puede desprenderse tanto de la realidad material del país que gobierna, sin volverse inverosímil. Es por eso que las declaraciones recurrentes de Alberto Fernández aparecen cada vez más descolgadas de la realidad, con tonos que varían entre delarruescos y “modo meme”. En las últimas semanas, se ha escuchado hablar al presidente de “inflación autoconstruida” que “está en la cabeza de la gente”; decir que "¿Dónde está el ajuste? No lo sé, yo no lo encuentro”; o que “La Argentina en los 2 últimos años es el segundo país que más creció en el mundo”.
A juicio de esta columna, no habría que tomarlo muy en serio. Aunque diga que se presentará a la reelección, parecería ser casi un ex presidente que está peleando su balance para la historia (si no pasa al cuasi olvido en muy poco tiempo, “historia” es una palabra que a veces queda demasiado grande).
Cristina Kirchner tuvo otra mirada. Tras ser condenada -en un juicio manipulado y parcial que no buscaba combatir la corrupción que indudablemente existió- en la causa vialidad, anunció que no sería candidata a nada en 2023. Aunque aún haya un operativo clamor desde sectores del peronismo para que revierta esa decisión, la opción estratégica parece estar tomada por la convicción de intentar eludir quedar como responsable de una derrota electoral del peronismo, tanto por la dificultad de separarse del balance de un Gobierno que ella misma creó eligiendo a Alberto Fernández, como por las propias acusaciones de corrupción que serían utilizadas en su contra. Si es para perder, anímense y vayan. O “tomen el bastón de mariscal”, como dijo ella de forma más elegante en diciembre en un acto en Avellaneda.
Ese análisis de Cristina Kirchner tiene causas profundas. En los dislates de Alberto Fernández hay una parte de verdad, que sin embargo oculta lo esencial. La economía nacional, es cierto, recuperó crecimiento (que ahora se está frenando por el propio ajuste), pero a la par aumentaron la pobreza y la caída de los ingresos. Dicho de otro modo: en 2022 el país produjo casi lo mismo que en 2015 pero con salarios un 23 % más bajos. Se crea empleo, sí, pero precario, y la inflación deteriora los ingresos.
Según detalló Luis Campos, del Observatorio del Derecho Social de la CTA - Autónoma, entre 2015 y 2022 los trabajadores formales acumulan una pérdida del 23,2 % en su poder adquisitivo. Pero no es solo la herencia macrista: los asalariados registrados terminaron el último año con salarios un 2,8 % inferiores a los del 2021, mientras que en el mismo periodo los haberes jubilatorios descendieron un 4,7 %. Para los asalariados no registrados la situación es aún peor, ya que llevan perdido un 15,6 % en relación a diciembre de 2019.
Vista con otros datos, la realidad es que quienes no pueden cubrir sus necesidades básicas (tomando como parámetro las canastas elaboradas por el Indec) pasaron de ser el 28,6 % de la población en 2017 al 36,5 % en 2022. Quienes ni siquiera pudieron acceder a una alimentación mínima pasaron a su vez del 6,2 % al 8,8 %.
En este contexto, con Cristina habiendo declinado su candidatura y Alberto hablando para el balance, quien tiene la pelota ahora es Massa. El “candidato natural” del peronismo, a quien casi todas las alas del espacio le reclaman que encabece, demora su confirmación. “Es incompatible ser candidato con ser ministro de Economía”, es una frase que deja correr para abrir el paraguas y ganar tiempo.
Para su decisión, analiza diversas variantes. Desde ser, efectivamente, el candidato a la presidencia en una situación difícil, apostando a mostrar algún resultado mínimo en la gestión económica y jugar con el apoyo de casi todo el peronismo polarizando contra el fantasma que representan las diversas variantes de la oposición de derecha; o, si la situación económica no mejora (ni hablar si empeora), puede jugar la carta de la “cédula de identidad”, como comenta él en los círculos del poder. Siendo un hombre de 50 años - joven para la política tradicional- puede apostar a quedar como quien se hizo cargo de una crisis y competir por la presidencia en otra oportunidad. Para esta segunda opción, por las dudas esperan agazapados Daniel Scioli, Juan Manzur, “Wado” de Pedro y algunos más.
Sin embargo, para los sectores progresistas y populares, ese no es el debate. El problema no son los nombres, ni la rosca, ni "ordenar la interna", sino el modelo. Y el modelo que eligió el Frente de Todos es el de convalidar la herencia macrista y los planes del FMI. Incluso cuando hay crecimiento, es para beneficio de los poderosos de siempre.
Si se quiere pensar el futuro, no hay lugar a engaño: Cristina Kirchner y su espacio no solo nombraron como presidente a Alberto Fernández -antes habían apostado por Scioli en 2015- sino que el actual apoyo sin fisuras a Sergio Massa demuestra que la separación discursiva contra Martín Guzmán era para la tribuna. Hoy el hombre de Tigre aplica un estricto plan de ajuste aún más duro que el de su antecesor para los sectores populares, mientras que realiza cada vez más concesiones a los poderosos, como el agropower, los bancos, las petroleras o las mineras. Para esta política ortodoxa, es apoyado en toda la línea por el kirchnerismo. Estas conclusiones, sumadas a la renuncia de Cristina Kirchner a cualquier candidatura, cierran el debate respecto de otro rumbo posible para el Frente de Todos, idea con la cual el kirchnerismo se quiso diferenciar antes. Ellos ya eligieron, y eligieron al FMI.
Los duros números de la situación social referidos más arriba no cayeron del cielo. No solo son resultado de décadas en las cuales ningún gobierno quiso revertir los retrocesos del neoliberalismo -antes de la dictadura la pobreza era del 4 %- sino también, más coyunturalmente, del ajuste actual. Sergio Massa se vanagloria hoy de haber sobrecumplido la meta de ajuste ordenada por el FMI para el 2022. Para los últimos meses del año pasado, eso significó que en el último trimestre el gasto en jubilaciones y pensiones cayó un 10 % en términos reales, mientras que las asignaciones sociales descendieron un 13 % y los subsidios energéticos nada menos que un 44 %. El 2023 comenzó con medidas que confirman la continuidad de ese rumbo del hombre manos de tijera.
Antes de seguir, cabe señalar el inestimable apoyo a estos planes de ajuste otorgado por las cúpulas sindicales de la CGT y la CTA, ayer cómplices del ajuste de Macri, hoy del peronismo.
En estos factores hay que buscar el creciente desencanto de amplios sectores con las dos coaliciones principales del régimen -no es solo con el peronismo, sino también con Juntos por el Cambio-, el mayor abstencionismo que se percibió en 2021 o el crecimiento de opciones como Javier Milei por derecha y el Frente de Izquierda desde el otro lado del espectro político, que en las últimas legislativas salió tercera fuerza nacional e hizo elecciones históricas en diversos distritos como Jujuy, el conurbano bonaerense o la CABA.
Sin balance, no hay perspectivas. Posiblemente, la mesa del Frente de Todos que se inaugura este jueves dé lugar a debates internos, nombres de candidaturas y especulaciones. Pero para quienes buscan un cambio de rumbo, no se puede tropezar dos veces con la misma piedra: el malmenorismo para enfrentar a las derechas de Milei, Bullrich o Larreta sería la repetición de votar a Alberto Fernández contra Macri. El resultado, está a la vista, y lleva a administrar los planes del FMI con un alicaído discurso nacional y popular, que en la realidad implica la decadencia del país y el empobrecimiento para millones. Ante la decadencia del régimen, la salida es por izquierda. Es hora de grandes debates y peleas para un cambio de rumbo.
La inflación no para. Ajustan en jubilaciones y programas sociales. El gobierno y la CGT quieren paritarias a la baja. Hay que imponer un verdadero plan de lucha para derrotar el ajuste del FDT, la oposición de derecha y el FMI.
— Nicolas del Caño (@NicolasdelCano) February 14, 2023
Un gran encuentro de org. combativas y en lucha, como el Sutna, los residentes de CABA y de la salud de todo el país, la unidad piquetera y muchos otros, podría ser un paso para unir a ocupados, desocupados, formales e informales, como alternativa a los dirigentes traidores.
— Nicolas del Caño (@NicolasdelCano) February 14, 2023

Fernando Scolnik
Nacido en Buenos Aires allá por agosto de 1981. Sociólogo - UBA. Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001.