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Red Internacional
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Efemérides. Héctor Tizón, “Fuego en Casabindo” y la Batalla de Quera

El escritor jujeño nació Yala, el 21 de octubre de 1929. Dejó once novelas, entre las que destacan Fuego en Casabindo, donde narró las voces de vivos y muertos desde la perspectiva de los pueblos originarios. "Una tierra seca y pobre solo puede engendrar gigantes".

Liliana Vera Ibáñez

Liliana Vera Ibáñez Redacción LID @liluzlisam / IG: @Pisotomia

Jueves 21 de octubre de 2021 09:53

Héctor Tizón supo escuchar los relatos de los descendientes de aquellos hombres que lucharon en la cruenta batalla librada en los cercanos campos de Quera, última rebelión armada de los pueblos originarios en la Puna jujeña. Allí fueron despojados de sus tierras para siempre. En aquel momento, lejos de escribir una crónica histórica, Tizón decidió transformar los relatos de estos “hombres expertos en desdichas” en una novela; Fuego en Casabindo.

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El 4 de enero de 1875, en la batalla de Quera, los terratenientes jujeños aniquilaron a los kollas que reclamaban la devolución de las tierras de sus antepasados. Más de 800 campesinos indígenas puneños fueron duramente derrotados por 1100 efectivos del Ejército Nacional y brutalmente reprimidos tras la batalla por haberse rebelado contra la explotación y la opresión de los terratenientes de la región. Para los hacendados era una venganza por la derrota que éstos le habían infringido en la batalla de Abra de la Cruz, conocida también como Combate de Cochinoca, el 3 de diciembre de 1874. Se trataba de campesinos que pagaban arriendos a las familias tradicionales de la región como los Bárcena, Quintana, Campero, entre otros ilustres apellidos. Muchos de los cuales también van a conformar la elite política gobernante de la época y que sus descendientes, al día de hoy, conservan peso político-económico en la provincia, además de portar el apellido.

"Pájaro de la respiración, no te me vueles"

Lejos de atenerse a los hechos puntuales, Tizón entrelaza en un espacio fantasmal, las voces de vivos y muertos desde la perspectiva de la mirada indígena y su mundo. Y relata una leyenda ancestral, que cuenta el regreso del alma de un soldado muerto en la batalla en busca de su victimario.

"De los ochocientos puneños, sólo unos trescientos tenían armas de fuego, los demás lucharon con ondas, lanzas y muchos de ellos sin nada, o solo con piedras, y aún hubo algunos que entraron al combate a mano pelada" describe Tizón la batalla de Quera.

El latifundio fue una constante en esos paramos donde, como narra el escritor "no hay lugar para la ambición y la esperanza desmedida". En esas narraciones de leyendas populares en donde se trasluce la cosmogonía de las comunidades originarias que poblaban la puna, el escritor se explaya en el relato de las tradiciones religiosas, en sus rituales y en las historias contadas por voces anónimas.

Héctor Tizón nació el 21 de octubre de 1929 en Yala, en la provincia de Jujuy, Argentina. Licenciado en Derecho, fue ministro, diplomático y juez del Tribunal Supremo jujeño, y vivió en México, París, Milán y Madrid, si bien siempre volvió a Jujuy. Recibió numerosos galardones, entre ellos varios premios Konex, y fue Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia y miembro de la Academia de Letras argentina. Cultivó varios géneros narrativos: novela (Fuego en Casabindo, 1969; El hombre que llegó a un pueblo, 1988; La mujer de Strasser, 1997; etc.), cuento (El jactancioso y la bella, 1972; El traidor venerado, 1978; El gallo blanco, 1992), literatura juvenil (El viaje, 1988), y también se acercó al ensayo (Tierras de frontera, 2000).

Prefacio
Treinta años después

Algunos dicen que el único don que nos confiere el transcurso del tiempo es el de permitirnos ver, por segunda vez, lo que ante nosotros pasó desapercibido la primera. Esto quizá no sea aplicable a este libro, cuyos entresijos permanecen aún ahora tan oscuros como lo fueron cuando de varias voces a la vez escuché aquello que luego sirvió para su historia.
Entonces era yo un joven ambicioso que pretendía incursionar en política, y ésa fue mi primera campaña para convertirme en diputado. En aquel remoto rincón de la puna, en un cuarto lóbrego que olía a cordero, apenas alumbrado por un candil, escuché a los hombres que me acompañaban hablar de la cruenta batalla librada en los campos cercanos de Quera. Algunos de ellos eran descendientes de los que habían combatido por las tierras y fueron derrotados. Pero esos hombres expertos en desdichas contaban aquella historia como quien recuerda un vago sueño, sin énfasis ni rencores, porque aquí desde hace mucho tiempo no hay lugar para la ambición ni para la esperanza desmedidas.
Uno de ellos contó que meses después de la batalla, el ejército de línea todavía continuaba la busca de pobladores rebeldes, y que habían fusilado a varios; otros dijeron que al día siguiente de la contienda dejó de manar agua en los manantiales de hasta una legua a la redonda (en este país las metáforas son más fuertes que las ideas); hasta que uno, seguramente exaltado por el alcohol, dijo que, como es sabido, matador y víctima deben conciliarse antes de que el alma se evapore.
Así transcurrió aquella noche, que en los veranos suele ser tan breve. Pero esa historia entrecortada se quedó conmigo durante mucho tiempo, sin saber yo el motivo.
Los antiguos dueños, despojados de esas miserables parameras, vencieron en Cochinoca, pero fueron para siempre derrotados en Quera, como dicen los cantares. Si en verdad, para nosotros, no hay aquí diferencias apreciables entre recompensas y congojas; si hay más lugar y ocasión para lo duro y cruel que para lo bello; si la ambición prudente es sólo llegar a viejo y serlo es alcanzar los cuarenta años, ¿por qué lo enconado y desigual de esos combates? ¿por qué esa hambre de tierras desoladas? Ninguna respuesta sensata se compadecería con la leyenda.
Mi primer impulso fue el del cronista, pero a poco estuve convencido de que la historia debía ser contada como yo mismo la había escuchado, es decir narrada por muchas voces a la vez, voces entrecortadas y llevadas por el arbitrio de cada quien, y que ese desconcierto debía sacrificar las buenas intenciones de claridad y de coherencia, porque esto es lo que acontece con la vida misma; y después, conforme a Flaubert, la forma saldría del fondo, como el calor del fuego.
Llevado por la necesidad de un clima que fuese paliativo para los padecimientos del asma de uno de mis hijos, nos instalamos en una casa que nos prestaron en Tilcara. Allí, en un pequeño cuarto que daba a las montañas, en mañanas de un sol que enceguecía, comencé a escribir, hace ya treinta años, las páginas de este libro.

HÉCTOR TIZÓN, Yala, diciembre de 1999

La palabra: Héctor Tizón