El desafío que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y la mayoría republicana del Congreso norteamericano lanzaron contra el presidente Obama, muestra hasta qué punto la “cuestión iraní”, que desvela a Estados Unidos –y por extensión a sus aliados regionales- desde la revolución de 1979, es objeto de manipulación para los fines de la política doméstica. Lo que no se puede perder de vista en los análisis de las derivaciones del caso Nisman y el atentado contra la AMIA en Argentina.
Sábado 31 de enero de 2015
Es de esperar que cualquier presidente o primer ministro de un país que visite Estados Unidos, lo haga en acuerdo con la Casa Blanca. Pero esta vez, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu decidió romper este protocolo implícito en las relaciones con la presidencia de la principal potencia mundial, y aliado estratégico del estado de Israel. Invitado por el líder del Congreso, el republicano
John Boehner y el embajador israelí en Estados Unidos, el también republicano Ron Dermer, Netanyahu visitará el 3 de marzo el Congreso norteamericano, donde dará un discurso nada menos que en la sesión en que se intentará votar una ley para aplicar nuevas sanciones contra Irán, en abierto desafío a la política exterior de Obama que impulsa junto con sus aliados occidentales, la negociación con Irán para regular y mantener controlado su programa nuclear . De hecho ya el presidente Obama anunció que vetará esta ley en su discurso del estado de la Unión.
Como era de esperar también, Obama hizo saber a través de su secretario de Estado, John Kerry, que no recibirá al primer ministro israelí en la Casa Blanca.
Este incidente muestra el grado de deterioro al que ha llegado la relación entre ambos gobiernos, lo que no implica de ninguna manera que esté en cuestión la relación estratégica entre Estados Unidos e Israel, como muestra la intensa labor del mismo Kerry que viene de conversar con alrededor de 50 líderes mundiales para bloquear el pedido palestino de integrar la Corte Criminal Internacional.
Simplemente, la línea dura de Netanyahu, que coincide con los halcones norteamericanos, es disfuncional a la estrategia de la Casa Blanca que después de los fracasos de las ocupaciones de Irak y Afganistán y embarcada en una nueva guerra contra el Estado Islámico en Siria e Irak, optó por una política dialoguista con el régimen iraní, ahora encabezado por el ala reformista de los ayatolas.
La osadía de Netanyahu responde a los tiempos de la política doméstica. El actual primer ministro considera que llevarse el aplauso del Congreso norteamericano para una política dura contra Irán, puede ser decisivo para su triunfo en las elecciones del 17 de marzo.
Como cualquier gobierno conservador y de extrema derecha, Netanyahu apuesta a la campaña centrada en la seguridad del estado de Israel como carta de triunfo. Esta es la clave para leer el breve incidente militar generado con Hezbollah a partir del ataque israelí en las alturas del Golan en Siria, donde murieron altos efectivos de la milicia libanesa y un general iraní. Una operación militar calculada con la envergadura suficiente para mostrar la disposición a atacar a los enemigos estratégicos de Israel y a la vez evitar cualquier perspectiva de una nueva guerra en el medio de la campaña electoral, que evoque el fantasma de la cuestionada operación Margen Protector en la Franja de Gaza.
El reflejo simétrico en el plano interno fue la reanudación de la construcción y asignación de viviendas ilegales en Cisjordania.
Pero el panorama electoral hoy parece más complicado que en diciembre, cuando Netanyahu echó al ala “moderada” de su coalición de gobierno y convocó a elecciones anticipadas. En ese momento, era casi indiscutible que surgiría un gobierno de extrema derecha “puro”. Sin embargo, hoy el Likud, el partido de Netanyahu, enfrenta ahora el avance del llamado Campo Sionista, una coalición liberal (llamarla de “centroizquierda” parece un exceso) conformado por el Partido Laborista y El Movimiento, organización de Tzipi Livni, despedida en diciembre de la coalición gobernante por el mismo Netanyahu, por diferencias en la ley promovida desde el ejecutivo, que declara el carácter judío del estado de Israel. Según informes de la prensa israelí e internacional, el equipo de campaña de Obama estaría en Israel trabajando por la derrota de Netanyahu.
Tzipi Livni no dudó en utilizar este enfrentamiento con Obama, acusando a Netanyahu de profundizar el aislamiento internacional del Estado de Israel.
No solo la dirigencia política cuestiona este desafío. La agencia de inteligencia israelí, Mossad, rompió filas con el gobiernoy alertó sobre las consecuencias que podría tener un endurecemiento de las sanciones en las negociaciones por el programa nuclear iraní.
Este enfrentamiento se da en el marco de un complejo tablero geopolítico en el Medio Oriente, con alianzas cambiantes y multifacéticas según los intereses en juego. Eso implica que en algunos casos entre los mismos actores, puede haber cooperación en un punto y conflicto en otro. No hay dudas que Estados Unidos basa su dispositivo de dominio en su alianza con Arabia Saudita, Israel y Egipto. Pero eso no quiere decir que sus intereses sean idénticos. Mientras que la monarquía saudita e Israel tienen en Irán su principal enemigo, y a sus clientes, como el régimen sirio de Bashar al Assad, Estados Unidos necesita de la colaboración del régimen iraní para su combate contra el Estado Islámico en Irak y Siria. Por esto, ya no es una prioridad para Obama derribar a Al-Assad.
Ante la derrota de la perspectiva de la primavera árabe, son estos intereses reaccionarios de las potencias imperialistas y sus aliados, los que marcan el pulso de los conflictos en Medio Oriente.

Claudia Cinatti
Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.