El joven trans condenado a cinco años de prisión por defenderse de uno de los tantos ataques transfóbicos que sufrió, contó su historia en Rosario. Compartimos sus palabras.

Cecilia Rodríguez @cecilia.laura.r
Martes 12 de junio de 2018
Foto: Julieta Sosa
Viernes 8 de junio, Rosario. Estarán rodando las 10 y pico de la noche. Joe Lemonge sube al improvisado escenario de Casa Kaya, donde se desarrolla una actividad cultural y literaria. Estamos ahí por Joe y ahora Joe habla. Habla porque ha sido condenado injustamente a cinco años de prisión por defenderse de uno de los reiterados e impunes ataques transfóbicos que sufrió en su tierra natal: Santa Elena, Entre Ríos. Apenas Joe empieza a hablar, me doy cuenta que sus palabras tienen que quedar registradas, tienen que difundirse, tienen que conocerse, tienen que quedar por escrito tal como fueron pronunciadas. Prendo el grabador y ocurre lo que sigue:
Hasta mis viejos –cuando estaban los dos, porque ahora solo me queda mi mamá- me decían “mejor andate a un lugar donde te guste, andate a Rosario con algún compañero, alguna compañera o alguna chica. Andate allá que allá siempre la pasás bien”.
Y a veces mis paseos aquí eran tan simples como irme solo al Monumento o al río. Solo. Solo como el día que hice público que soy trans. Lo hice acá en Rosario, era un sábado. Público porque mientras tanto lo mantuve en privado. Lo sabíamos solamente yo y mi ex de Francia. Lamentablemente los demás también lo notaron y eso tan privado que tenía con él pasó a ser público para las personas que me odiaron y me odian hasta el día de hoy. Entonces, volviendo a esos paseos, que eran a veces simples y sin motivo alguno, terminaban siendo a la vez la forma de escaparme de donde estaba, la forma en la que mis viejos podían dormir tranquilos, porque esa noche no iba a estar ahí. Pasé muchos fines de semanas acá pensando que irme era la mejor solución.
Entonces, le comentaba recién a una fotógrafa: ¡Ay!, no puedo creer, que hoy la vida me trae de nuevo a Rosario, a pesar de todo lo que ha pasado. Pero hoy es distinto, con otro aire, con otros recuerdos, con otros planes. Le digo que me encuentro acá para venir a hablarles a todes. ¿Venir a hablarles a todes cuando antes era un paseo solo por el río? Bastante cambio mi vida de un punto a otro (…) Le digo que no podía creer que ahora la historia era otra: que es venir a Rosario como también ir a eventos en Buenos Aires, donde estoy viviendo ahora, o en otras ciudades próximamente, para hablarles, para hablarles de lo que pienso, de lo que siento, de lo que me gustaría que pase.
Me gustaría que pase lo contrario que me pasó a mí. Me gustaría que nadie más pierda todo lo que yo perdí. Que nadie tenga el miedo que tuve yo cuando me atacaron más de cuatro noches, cuando me hostigaron por semanas, por meses. Que nadie tenga el miedo que tuve yo esa madrugada cuando intenté defenderme del último ataque. El miedo que tuve cuando me llevaron a un calabozo por seis días, porque es la primera vez que me metí en un lio así. El miedo que tuve cuando sabía que mi papa estaba muy enfermo y el miedo que tuve las horas antes de que él partiera, sabiendo que ya no lo iba a ver. El miedo y la vergüenza que tuve de llegar al velorio con esposas y custodiado. El miedo que tuve las semanas posteriores a saber que el odio iba a continuar y que pronto quizá iban a cumplir la promesa que siempre me hacían: “te vamos a reventar la casa, te vamos a reventar a vos y te vamos a prender fuego con casa y todo”. Promesa que lamentablemente la terminaron cumpliendo.
No quiero que tengan el miedo que tuve yo esa madrugada cuando me desperté por una explosión y vi todo oscuro. Y que chocando salí y vi luego esa oscuridad contrastada con el brillo de las llamas que ya fundían toda mi casa… mi casa que tenía más de 50 años porque había sido la casa de mi mamá y la casa de mis abuelos… mi casa que estaba llena de recuerdos, de libros, de mis certificados de inglés, de mis colecciones de juguetes, de las ropas de mis abuelos, de sus muebles, de fotos juntos, de recuerdos de mascotas, de recuerdos de amantes, de recuerdos de amores, de recuerdos de noches y tardes juntes con mi mamá, mi abuela, mi abuelo, de recuerdos de mi abuela que partió ahí… todo eso ardiendo y yo sin poder hacer nada, parado enfrente. No quiero que tengan el miedo que tuve los días posteriores cuando me seguían amenazando y me tuve que ir con mi mamá, huyendo a una casa de campo, sabiendo que ella en eso gastaba todo lo poco que le quedaba.
Ni hablar del miedo que fue acostumbrarnos a esa casa en el medio del campo estando solos y yo jugando a ser más que nunca un hombre, sabiendo que era mi destino, destino que ya conocía pero que lo ocultaba, porque creía que lo vivía en privado solamente con el chico que me gustaba, pero que no era tan privado y que terminó siendo de una u otra manera el punto de inicio para que todo ocurra y, al final, para que yo hoy esté aquí y para que les diga que no me voy a callar y que voy a seguir y que no me voy a rendir y que quizás dentro de unos años o quizás un año más no tenga que estar con la noticia de que me voy a una cárcel, sino con la noticia de que quizá puedo representarlos a todes de alguna manera. Gracias.
Queda por decir, de parte de quienes hacemos La Izquierda Diario, que estamos por la absolución inmediata de Joe: ¡defenderse no es delito! ¡basta de transfobia! ¡convirtamos la bronca en movilización! ¡ganemos las calles!

Cecilia Rodríguez
Militante del PTS-Frente de Izquierda. Escritora y parte del staff de La Izquierda Diario desde su fundación. Es autora de la novela "El triángulo" (El salmón, 2018) y de Los cuentos de la abuela loba (Hexágono, 2020)