Nahuel Segovia Psiquiatra, Jefe de Guardia de psiquiatría, Hospital Gral. De Agudos “General San Martin” de La Plata.
Jueves 14 de julio de 2016
Aclaración: la nota no expresa la posición de La Izquierda Diario, expresada en diversas notas, contraria a la utilización de las TEC.
A partir de una resolución que dio a conocer la Secretaría de Salud Mental y adicciones de la provincia de Jujuy, que pretendía autorizar el uso de la terapia electroconvulsiva (TEC) en esta provincia, se reavivo la polémica en relación a esta práctica y al modelo de Salud Mental que tenemos en nuestro país. La Ley Nacional De Salud Mental Nº 26.657 sancionada en el año 2010, aunque no prohíbe explícitamente esta práctica, adhiere a la Resolución N° 17/14 del Órgano de Revisión Nacional que recomienda su prohibición.
Diferentes actores han expresado posturas tan antagónicas, que dejan de manifiesto un trasfondo ideológico, cultural y político que atraviesa la historia y el presente de la salud mental en Argentina. Por un lado la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA), en más de una oportunidad rechazó los dictámenes del Órgano de Revisión de la ley considerando que este organismo cometió un exceso al invadir el acto médico. Por otro, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) hizo pública una declaración, en la que afirma que la TEC “infringe normas de rango constitucional que prohíben la tortura y otras penas o tratos crueles, inhumanos y degradantes”.
A partir de esto, surgen algunos interrogantes que sirven para pensar, tanto en los intereses del modelo medico hegemónico, como en el dogmatismo que caracteriza a otras corrientes discursivas que parecen estar más preocupadas por imponer su verdad, que por transformar el paradigma actual.
¿Es la terapia electroconvulsiva un procedimiento terapéutico? ¿Se puede pensar a la ciencia por fuera de lo político?
La medicina es una disciplina que interviene a través de nuestros cuerpos, principalmente de manera física, química y eléctrica. La contención mecánica que se realiza en todas las instituciones de salud, la farmacología, y hasta la electro estimulación profunda, que hoy se practica en diferentes centros especializados, son ejemplo de esto. El sector hegemónico de la psiquiatría, bancado por la industria, trata de parecerse lo más posible a las otras especialidades médicas, tratando ser reflejo del Paradigma Actual. Pero la psiquiatría no puede dejar de ocupar un lugar incomodo, una “bisagra” entre lo biológico y lo filosófico. Si asumimos que entre estos territorios hay límites que se tocan, la psiquiatría es justamente la frontera. Y como toda frontera, es un lugar de disputa, de tensión, de tránsito y transformación.
Si quienes ejercemos esta profesión no lo entendemos así y subestimamos las críticas, corremos el riesgo de caer en una soberbia discursiva que solo ha servido para distanciarnos de los diferentes actores que integran el mundo de la salud mental.
Durante la formación como psiquiatra, en diferentes espacios académicos el tema que genera más polémica, en relación al tratamiento de pacientes “resistentes”, es la Terapia Electroconvulsiva (TEC). Por otro lado existe consenso, por ejemplo, sobre los avances científicos y terapéuticos de la psicofarmacología que ha sido fundamental para lograr la desmanicomialización en muchos países. En relación a los fármacos la polémica se centra principalmente en el rol de la industria farmacéutica, que presiona no solo para flexibilizar criterios diagnósticos, sino directamente para inventar nuevos “trastornos”. La medicalización de la angustia o del malestar social, es uno de los negocios más rentables dentro del gran negocio mundial de la salud. También existe cierto consenso entre quienes trabajan en áreas de internación sobre otras prácticas como la contención mecánica en pacientes confusos o excitados que corren riesgo de lastimarse o lastimar a terceros. Pero en relación a la práctica de la TEC, en Argentina, no solo no hay consenso sobre su utilidad entre los psiquiatras, sino que se ha convertido posiblemente por su asociación a métodos represivos, en la práctica médica más resistida de nuestra historia
Al existir posturas tan antagónicas y teniendo en cuenta su extensa difusión en muchos países del mundo, describiré brevemente, como se realiza la TEC hoy en día, tomando como ejemplo el Hospital Sant Pau de Barcelona que cuenta con un servicio de Salud Mental especializado en trastornos afectivos, de orientación biologicista, donde se realizan sesiones de TEC a diario. Actualmente es una intervención médica sencilla y de bajo costo, que por seguridad se hace en una sala de cuidados intermedios. Dos enfermeros especializados en psiquiatría, un residente de anestesiología y un residente de primer año de psiquiatría son quienes se encargan de realizar esta práctica a diario. La intervención dura menos de un minuto, con el paciente anestesiado, por medio de un relajante muscular se evita la respuesta motora de la convulsión y la única manera de observar la respuesta eléctrica es por medio de un registro de computadora. El efecto adverso más importante es la amnesia, que la mayoría de las veces dura algunos minutos. Desde el punto de vista de la eficacia, la evidencia científica actual nos dice que son muy pocos los pacientes que obtienen beneficios significativos con la práctica, es decir, mejoras sostenida de sus síntomas afectivos. Por ello la indicación actual es para pacientes con trastornos afectivos que no tienen respuesta a otro tratamiento y que sin la TEC corren riesgo de vida.
Pero lo cierto, es que uno piensa en donde pisa, y en la Argentina (por nuestra historia y por diferentes variables que exceden esta nota) se ha construido un sentido común que asocia la TEC a prácticas represivas. De esta manera ha servido de excusa para dividir aguas de un modo tajante. Solo hace falta preguntarle a un profesional de la salud mental, que opina con respecto a la TEC (independiente de conocer la practica) para ubicarlo de uno u otro lado de la bisagra. Si un profesional cree que el TEC podría tener utilidad terapéutica (como también creemos en la utilidad terapéutica de los antidepresivos, cuando solo está comprobado que ayuda a menos del 40% de los pacientes), será denostado por sectores que critican el “biologisismo”, mientras que si se opone, será denostado por quienes se identifican con el modelo medico hegemónico.
Tenemos que tener cuidado en la crítica a la TEC con argumentos anacrónicos, ya que podemos darle legitimidad a quienes desde la defensa del paradigma medico hegemónico terminan subestimando el avance que significo en materia de Derechos Humanos la sanción de la Ley Nacional de Salud Mental. Si centramos la discusión en un método de intervención y no en el discurso o el sistema que lo practica, continuaremos discutiendo sobre el objeto, invisibilizando al sujeto.
Ahora bien, no sería muy descabellado pensar que en el contexto político actual, sectores reaccionarios conociendo este imaginario que nos atraviesa a todos, utilicen la TEC de pantalla para justificar el uso de la electricidad con fines que exceden el ámbito de la medicina. Esto ocurre con otras prácticas psiquiátricas, donde cualquier intervención termina siendo degradante, principalmente en los sectores más vulnerables de la población (como decía Basaglia, la condena de ser loco y pobre) Un ejemplo es el chaleco químico que soportan los pacientes en internaciones crónicas, tanto en instituciones públicas como privadas. Acá la solución no tendría que ser la prohibición del uso del haloperidol en los pacientes, sino la mejora de los estándares de tratamiento de los pacientes, que en última instancia es la lucha por una salud pública y de calidad.
Teniendo en cuenta el momento en el que surge la resolución de la provincia de Jujuy (avance en políticas represivas), la noticia que reavivo el debate la tenemos que tomar con mucha seriedad y prudencia, para que el árbol no nos tape el bosque. Lo mismo vale para los argumentos que defienden, el uso de las pistolas eléctricas Taser, que fueron aprobadas para su uso en la ciudad de Buenos Aires.
Por ahí sean tiempos de tomar el ejemplo de Pichon Riviere, un psiquiatra psicoanalista Argentino, que rompió con las estructuras establecidas. No solo pensando la Salud Mental desde una perspectiva grupal, transformadora y comunitaria, sino q fue el mismo quien paradójicamente introdujo el electroshock en Buenos Aires, enseñándonos que las certezas absolutas son solo compatibles con el dogma o con la locura.
Nahuel Segovia, Psiquiatra, Jefe de Guardia de psiquiatría, Hospital Gral. De Agudos “General San Martin” de La Plata.