A continuación publicamos una colaboración que nos hicieron llegar a La Izquierda Diario México, cuya autoría pertenece a Sergio Martín Tapia Argüello, investigador doctoral del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra y Profesor invitado de la Universidad Católica de Porto.
Miércoles 3 de noviembre de 2021
Durante la última semana, el debate público se ha centrado en la idea, impulsada desde Palacio Nacional, de un cierto giro neoliberal sucedido en la Universidad Nacional Autónoma de México. Esto ha generado, como en otras ocasiones, una paradoja: aquellos que hasta hace no mucho se oponían abiertamente no ya a la idea abstracta de la universidad pública (y a nosotros, que estudiamos/trabajamos en ella), sino que incluso luchaban activamente en contra de la UNAM como espacio académico, social y político concreto (es decir, como espacio de creación, recreación y transmisión de conocimiento, pero también como espacio vital para muchas y muchos de nosotros), se han erigido como los defensores a ultranza de un proyecto que simplemente desprecian, con tal de llevarle la contraria al Presidente.
Las razones para hacer esto son, como en la mayoría de los casos, tanto contradictorias como confusas. Esto quiere decir, que no se entiende muy bien lo que discuten y que mucho de lo que dicen rechazar, no es más que lo que siempre han presentado como sus propios argumentos. La razón es lógica: intentan centrar la discusión en elementos eminentemente emotivos y personales, para obtener beneficios políticos, antes que lograr una discusión democrática que nos lleve a mejorar las condiciones de los involucrados y del país entero. Para decirlo sencillamente: están buscando los votos, y no un mejor México, y mucho menos, por supuesto, una mejor Universidad.
Como ex alumno, ex trabajador, ex profesor y todavía colaborador de la UNAM, me resulta claro que hablar de un proyecto neoliberal en nuestra máxima casa de estudios es una obviedad. Considero que nadie que sea intelectualmente honesto, puede negar el camino que se ha articulado en este sentido, durante los últimos periodos, para llevar a cabo una transformación ideológica en la administración y el sentido común en la universidad.
Los múltiples procesos que llevaron a la huelga estudiantil de 98-99, limitaron las posibilidades de presentar un proyecto de transformación abierta en este sentido, pero eso no quiere decir que haya sido abandonado. Cada año, nos enfrentamos a la reducción porcentual de la matrícula escolar, la precarización de la planta docente, la apertura de formas educativas diferenciadas, la interiorización de formas de flexibilización laboral y educativa, la problematización de nuevas contrataciones y la división entre los trabajadores dentro de la institución.
Todos los elementos que podemos ver, responden a la lógica neoliberal de reducción de la participación estatal y a la desregulación de mercados laborales. Por ello, negar la neoliberalización de la UNAM en estos temas, me parece un sinsentido de las mismas proporciones que negar la esfericidad de la tierra: algo que sólo puede hacerse por completo desconocimiento o bien, por intereses personales concretos.
Dicho esto, uno podría preguntarse si los dichos del presidente van en ese sentido.
Después de todo, una universidad no puede ser un ente independiente de la sociedad en que se desarrolla y por ello, en una sociedad en proceso de neoliberalización, resulta obvio que sus universidades articularían igualmente este tipo de procesos. Hablar así, de la UNAM como “neoliberal” tiene el mismo sentido que hablar del proceso equivalente en la Universidad Autónoma Metropolitana, en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México o en las Universidades del Bienestar.
Basta con ver las marchas de profesores y trabajadores universitarios, para ver que los mismos profesores que son precarizados en la UNAM, han sido despedidos sin justa causa de la UACM o relegados de contratación en las Universidades del Bienestar o en la UAM. No se trata de un problema “de la UNAM”, sino del modelo laboral y educativo que permea en nuestra sociedad y de la cual los proyectos educativos impulsados en la presente administración, no escapan en absoluto.
Esto no significa, como han intentado presentar algunas personas, que la UNAM sea una especie de santuario o lugar neutro, donde los procesos de neoliberalización no son más que “diferencias académicas basadas en la libertad de cátedra”. Resulta evidente que muchas y muchos profesores dentro de las aulas, dirigen su trabajo bajo principios teóricos, metodológicos y políticos que podríamos llamar neoliberales y que ellos se encuentran, con colegas que no comparten estos principios, que los problematizan y cuestionan desde otras posturas. Asumir que AMLO se refiere a esos profesores para hablar de la neoliberalización de la UNAM, es no sólo un intento de engañar al público, sino de presentar un falso debate que permita escapar de un análisis profundo de nuestra institución.
Como universitarios, nuestro papel en la sociedad debe ser siempre llevar a cabo una crítica implacable a todo lo existente. Un trabajo que nos es conferido por el ilegítimo privilegio de acceder a lo que debería ser un derecho generalizado: el acceso a la educación superior. Hacer eso, implica necesariamente cuestionar los procesos de neoliberalización que perjudican a una inmensa mayoría de trabajadores, a estudiantes y a los procesos de enseñanza- aprendizaje, como lo son, reitero, la precarización y la elitización de posiciones universitarias. La selección de autoridades, los exámenes de ingreso, la inestabilidad laboral y los beneficios de las cúpulas son vicios que deben ser eliminados. Con independencia total, de los dichos de actores políticos externos.
Quizá lo más poderoso de esta revisión, sea precisamente el observar las maneras diferenciadas con que las voces dentro de la Universidad son escuchadas y cómo ciertos grupos, amparándose bajo la idea de su propio poder, se han valido del nombre de nuestra institución para privilegiar sus propios intereses. Por ello, resulta necesario que cualquier universitario, ya sea trabajador administrativo, académico precario, estudiante, pueda cuestionar el papel legitimador que durante décadas, ciertas élites universitarias han tenido en el fortalecimiento de un sistema económico, político y educativo contrario a los intereses populares. Algo que es visible, por ejemplo, desde el rechazo de la reforma en materia indígena que se encontraba en los Acuerdos de San Andrés, hasta la privatización de los bienes y servicios anteriormente públicos que nos han traído problemas estructurales y enriquecido a unos cuantos. Esto, resulta claro, no es un problema exclusivo de la UNAM. Pero sería profundamente inocente, pensar que es algo que sucede en todos lados excepto en la UNAM.