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Red Internacional
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ARTE & POLÍTICA. La confluencia entre lo político en el arte y la deslegitimación de las instituciones del régimen chileno

Conocida es la anécdota sobre la obra de Juan Domingo Dávila quien travistió la imagen de Simón Bolivar, la idea del prócer, en una obra financiada con plata del Estado de Chile. Guillermo Machuca establece este escándalo como “una vuelta de tuerca en las relaciones entre arte y política: ahora lo político en el arte no depende de representar ideales utópicos, sino en establecer un diálogo crítico con la institucionalidad artística general.”

Bárbara Brito

Bárbara Brito Docente y ex vicepresidenta FECH (2017)

Viernes 4 de septiembre de 2015

Este hecho ocurrido en 1994 y su consiguente transformación en la mirada del arte político tiene una correlación con la ideología noventista del fin de la historia planteada por Francis Fukuyama, con la reflexión filosófica de Foucault del fin de la ideología (y el paso a los discursos); con la muerte del autor de Barthes y con las teorías autonomistas, encabezadas por Toni Negri y otros teóricos como Michael Hardt, del fin del sujeto y de la caducidad del marxismo revolucionario en el marco de una sociedad globalizada donde las masas venían protagonizando movimientos sociales en pos de conquistas democráticas en el marco del triunfo del capitalismo como sistema económico y donde la clase trabajadora había perdido su peso en la tarea de la transformación social y se sumió en una profunda crisis de identidad como resultado de la represión ejercida por los distintos regímenes autoritarios. Esta nueva ideología fue entonces la consecuencia directa de la derrota de los grandes procesos revolucionarios y un acomodo a las condiciones impuestas por la burguesía sobre los alcances o los límites de los derechos democráticos de los trabajadores y el pueblo.

El refugio de la política en el arte se situó en este contexto en la crítica a la institución arte contra la utopía de las vanguardias de transformar la realidad a través de la producción artística tomando, por ejemplo, el rol del artista militante. Se combinó además con una historia donde se aplacó, a través de la bota militar, toda creatividad que proviniese del pueblo que tuvo su pic en el asenso revolucionario de los 70’ con la conocida Brigada Ramona Parra con el Mono González, el teatro de Isidora Aguirre (cuyos referentes eran las obras organizadas en las distintas poblaciones lejos de la academia), Balmes, Santiago Nattino, entre otros.

La academización del arte (de la cual habla Gerardo Mosquera, crítico cubano) producto de la eliminación activa de parte de la dictadura militar de toda “cultura popular” reemplazándola por una “cultura económica”, de la mercantilización de la educación y con ello, de la mercantilización de las escuelas de arte que llevó al ejercicio artístico a ser propiedad de una elite; redujo el arte político a un arte de resistencia y, ya en los 90’, con la consolidación de la democracia burguesa donde la Concertación mantuvo y profundizó los principales pilares de la dictadura (con ello su cultura neoliberal), el arte político se redujo a la crítica de la institución arte manteniéndose en los marcos de la academia, gobernada también ésta por las leyes del mercado y la libre competencia. El artista lejos de las penurias de un amplio sector de la población y con la obligación de transformarse en un gestor cultural o en profesor o académico de las artes visuales está por un lado cooptado por la institucionalidad vigente, amarrado por sus intereses políticos y económicos y, por otra, limitado en sus posibilidades creativas por las paredes de la academia.

Hoy las artes y la cultura son financiadas y reciben un relativo apoyo sólo en tanto respondan a los intereses del gobierno y de particulares, sin embargo, cuando se toca la propiedad privada a través de la denuncia de temas tan sentidos como la precarización laboral o la aún presente violación de los derechos humanos con la represión de los movimientos sociales, el arte es completamente rechazado, desfinanciado y relegado al olvido por los grandes poderes que gobiernan hoy Chile.

Sin embargo en un contexto político nacional de profunda crisis del régimen, de deslegitimación del conjunto de las instituciones del Estado y, también, del mercado como lo son las empresas y las llamadas “universidades-empresas”; la crítica a la “institución arte” se pliega a los grandes movimientos sociales y vuelve a confluir con las ansias de cientos de miles de estudiantes y trabajadores que salen a las calles y se van a huelgas por transformar sus condiciones inmediatas de estudio y trabajo. Es, sin duda, una época donde el regreso a lo político se torna no sólo posible, sino que una realidad fuera de los debates al interior de la academia respecto a la creación de arte neoconceptual.

Es cosa de mirar los cientos de colectivos artísticos que proliferaron tras las movilizaciones estudiantiles; también el auge de un arte militante presente, principalmente, en el arte gráfico y en el cartelismo callejero que se viene elaborando y perfeccionando cada vez más desde la explosión del movimiento estudiantil del 2011.

Junto con la confluencia entre la crítica a la institucionalidad arte y la crisis de la institucionalidad burguesa (encuentro posible por la base neoliberal que sustenta hoy la producción cultural del país), cientos de artistas vieron en los estudiantes, trabajadores e, incluso, en los militantes de izquierda, sujetos políticos con los que se compartía un enemigo en común que impedía que el arte llegase como en los 70 a las poblaciones y a los trabajadores, no como espectáculo, sino como actividad creativa y productiva de cada cual. Es este fenómeno el que choca cada vez con la producción de arte desde la academia, es esta confluencia y perspectiva de un enemigo común el que reabre las discusiones de arte y revolución en medio de un auge internacional de la lucha de clases y de la posibilidad de la revolución en una época marcada por los límites de la restauración burguesa tras los distintos procesos contrarrevolucionarios que marcaron un escepticismo sin igual. En los límites también de la crisis de subjetividad de la clase trabajadora que viene rearticulándose como sujeto político con las distitnas huelgas que hemos visto a lo largo de Chile y Latinoamérica, entre ellas, el paro portuario, las tomas de faenas de la minería que dejó a un trabajador asesinado, etc. Y donde todos aquellos artistas, críticos a su propia institucionalidad, comienzan a empatizar con otras luchas netamente políticas que implican una vuelta al problema de la identidad de género, etnia o clase, una vuelta también a las llamadas utopías una vuelta en realidad a las perspectivas estratégicas de transformación social.

Para dar cuenta de este “fin de ciclo” en las artes visuales tendríamos, sin duda, que mirar la escena artística chilena desde una mirada más amplia que aquella que analiza los movimientos de la academia, integrando las diferentes expresiones artísticas que se vienen produciendo con mayor fuerza desde el estallido de las movilizaciones estudiantiles y de distintos actores sociales y políticos. El 2012 el CNCA emite un estudio sobre la profesionalización del arte visual en Chile e incluye entrevistas, como actores claves del circuito, a funcionarios académicos, a académicos profesores, a académicos curadores a galeristas directores de museos, a directores de galerías, a directores de centros culturales y colectivos, a artistas visuales, referentes, artistas visuales emblemáticos y funcionarios públicos del CNCA Nacional y Regional. Todo un circuito preestablecido en función de un arte elitizado y academizado. Como contracara que el Estado no reconocerá a través de sus instituciones: el auge de la creación “desde abajo” y por fuera de la academia, propiciada por esta confluencia entre un arte político dirigido a criticar la institución arte y la crisis contenida de la institución por excelencia en el capitalismo (el régimen político) y, con ello, la deslegitimación del conjunto de las instituciones.