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Red Internacional
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DOSSIER CONTRA-CULTURA. La contra-cultura de la protesta en Neuquén: desafíos y perspectivas

Una contracultura de la protesta con una mínima pretensión ideológica de trascenderse a sí misma debe cuestionar e interrogar seguridades ontológicas que nos han acompañado en nuestra militancia.

Miércoles 14 de junio de 2017 20:58

“Hoy el militante no puede pretender ser un representante, ni siquiera de las necesidades humanas fundamentales de los explotados. Por el contrario, hoy la militancia política revolucionaria debe redescubrir la forma que siempre le fue propia: no la actividad representativa, sino la actividad constituyente. La militancia de hoy es una actividad positiva, constructiva e innovadora. Esta es la forma en que hoy nos reconocemos como militantes todos aquellos que nos sublevamos contra el gobierno del capital”

(Toni Negri & Michael Hardt)

En el mundo

Asistimos a tiempos históricos donde el desarrollo de la lógica capitalista ha conducido, en gran medida, a la producción de un mundo fluido y volátil, frágil y evanescente, cual si fuera una mercancía más. Y efectivamente, las características lábiles y fugaces de la mercancía capitalista han penetrado todos los poros de la sociedad humana hasta en los ámbitos más reservados e íntimos de la misma si pudiera haberlos. En este sentido, el sistema capitalista se caracteriza no sólo por el grado de expansión planetaria que ha alcanzado, sino también, y en lo fundamental, por la expansión socio-cultural hacia el conjunto de la humanidad. Podría afirmarse que no hay aspectos de la vida humana que hayan quedado afuera de la fuerza de gravedad que impone e irradia esa lógica de la mercancía.

Ese desarrollo capitalista se presenta, en su formulación ideológica más reciente, el neoliberalismo, como impulsándose desde su propio interior, expandiendo las fronteras interiores del propio capital hasta capturar todas las diferencias, heterogeneidades y disidencias. Es un despliegue incesante de manufacturación social de nuevas subjetividades producidas por la lógica del Poder (cultural, político, económico, mediático) que asumen distintas configuraciones de sentidos en el ámbito familiar, educativo, político, laboral, etc.; distintas configuraciones según sea el ámbito cotidiano donde tengan lugar, pero permeadas todas ellas por la lógica circular de la mercancía.

Es un proyecto ideológico, este, el del neoliberalismo que, retomando la individuación “humanista” producida en el siglo dieciocho por sus padres liberales, pretende hoy llevar adelante, al decir de Jorge Alemán, “un proceso de deshistorización y desimbolización”. Esto es, la producción de sujetos desprovistos de legados simbólicos y sin inscripción en tramas históricas. Ni más ni menos que la aspiración neoliberal de construir “un ‘hombre nuevo’ precario, ‘líquido’, fluido y volátil como la propia mercancía”1. Y como sabemos desde Étienne de la Boétie, pasando por Gramsci y Foucault, el Poder no solamente debe ser entendido en su fase negativa y represiva, sino también en su fase positiva y productora de consensos. Al fin y al cabo, la naturalización de las ideas dominantes es el fruto de la producción de subjetividades sociales configuradas según parámetros de la lógica de la mercancía, más que de una imposición venida desde afuera. En otras palabras, asistimos a la producción bio-política ya no sólo como control y regulación de las poblaciones con la figura de la autoridad ordenando las subjetividades, sino también como estrategia de control de las voluntades masificadas de los sujetos, que nada tienen de individuos al estar, al mismo tiempo, unidos y separados en la privatización del consumo de objetos.

En el país

Esta postal del capitalismo tardío y su expresión ideológica, el neoliberalismo, se expresa políticamente en nuestro país con mucha fuerza desde diciembre del 2015. Estamos en presencia de un Estado nacional atendido por sus propios dueños que viene desarrollando sistemáticamente políticas atentatorias de derechos sociales en general y laborales-sindicales en particular. Y ello, en el marco de políticas económicas que destruyen a diario las condiciones materiales de existencia de los trabajadores y de la población en su conjunto. Dichas políticas materiales entroncan en la construcción discursiva de negar las tramas históricas y banalizar los legados simbólicos del pueblo argentino. El negacionismo en torno a los treinta mil compañeros detenidos-desaparecidos quizás sea uno de los puntos más altos y perversos alcanzados por el gobierno en sus políticas deshistorizantes.

De este modo, asistimos también en el país, al experimento neoliberal de intentar trocar toda experiencia colectiva, pasada y presente, en una mercancía más susceptible de compra-venta. Y es que, al no haber trama histórica, lo que vamos a encontrar son sujetos atravesados por la inconsistencia de una memoria que impide la capacidad de elaboración de los acontecimientos sociales y la incorporación de los mismos a las experiencias personales y colectivas. En este contexto histórico, las prácticas políticas no escapan a la manufacturación de subjetividades sociales con esas características de evanescencia y fugacidad propias de la mercancía. De ahí, el desarrollo del marketing político. Sobre ese sustrato cultural, el marketing político está en mejores condiciones de convertir las prácticas políticas, justamente, en unas prácticas de consumo más. Esto resulta posible en la medida que las vivencias personales pasan a ser vivencias siempre actuales, sin memoria histórica, cual si fueran una buena publicidad referida a un producto cualquiera; cumplido su cometido, esa publicidad muta velozmente en busca de nuevas necesidades detectadas o creadas expresamente para el desarrollo y venta de nuevas mercancías.

En la medida que las prácticas políticas -aún aquellas que se reclaman revolucionarias- estén atravesadas por esta lógica de consumo, el poder del marketing político se acrecienta. Sobre la base de la evanescencia, la velocidad y el cambio propios de toda mercancía, el marketing político procede a desarticular los discursos y reemplazarlos por consignas; procede a remitir la ideología del partido, alianza o frente político a, meramente, una imagen o color; y las figuras políticas que encarnan representaciones colectivas son reducidas a la sonrisa perfecta, el gesto de baile, la mascota personal, etc. El marketing político conduce al vaciamiento de la política, a eso que algunos llaman la pospolítica, donde no hay derechas ni izquierdas, donde la política ha cedido su lugar a la gestión (ahora todo se gestiona). El marketing político produce así sujetos sin legados históricos ni herencias simbólicas. Estas son las políticas neoliberales que aceleradamente se despliegan en el país en estos dieciocho meses del gobierno de derechas. Y también es el tiempo en que se desarrollan políticas de resistencia a esos planes intentando aunar historia y memoria en la construcción de subjetividades sociales contrahegemónicas. También en Neuquén.

En Neuquén

La contra-cultura de la protesta en Neuquén ha sido caracterizada por Ariel Petruccelli2 por una cuestión praxiológica en mayor medida, y por una cuestión ideológica en menor grado. Esto es, sobre la base de un sustrato ideológico más o menos común de lucha anticapitalista, la contra-cultura de la protesta se distingue por sus prácticas asamblearias, las huelgas prolongadas, las medidas de acción directa, etc. Son estas prácticas comunes y el grado de movilización lo que actúa como el factor aglutinante y constitutivo de la propia identidad de esta contra-cultura de la protesta. Y dados los programas económico-políticos implementados a nivel nacional y provincial con el consecuente aumento de la conflictividad social, dicha identidad contestaria será puesta a prueba una vez más.

De la disposición al reclamo y la lucha en los ámbitos públicos esta contracultura ha dado recientemente muestras de enorme vitalidad y vigencia a través, por caso, de una huelga docente de más de treinta días. Y de la participación en gigantescas marchas por el 24 de marzo y contra el 2x1, por otro lado. Esto es, todo indica que la contracultura de la protesta se mantiene enhiesta ante los embates renovados del neoliberalismo vernáculo. Cabe preguntarse, si el carácter reactivo de esa cultura contestaria alcanzará para irradiar a otros segmentos sociales y con ello masificar su perspectiva ideológica o, por el contrario, quedará presa de una circularidad endogámica proclive a guetificar las luchas por venir (por lo demás, son los riesgos a que se enfrentan todas las disidencias, diferencias y alternativas al sistema dada la enorme capacidad demostrada por el Capital para asimilar esas luchas, justamente, a su lógica mercantil).

Al respecto, nos parece que una contracultura de la protesta con una mínima pretensión ideológica de trascenderse a sí misma, debiera asumir un carácter más propositivo hasta alcanzar la construcción de una cultura política que se permita:

  •  cuestionar e interrogar seguridades ontológicas que nos han acompañado en nuestra militancia referidas a la educación, el trabajo, el Estado, el sindicato, la subjetividad, permitiéndose la posibilidad de que a una verdad le pueda corresponder más de una práctica y donde el pensar no se detenga ante los criterios de autoridad.
  •  una cultura política que torne difícil la distinción entre la práctica política de las personas y sus organizaciones con la propia vida cotidiana. Nos permitiríamos así, el prefigurar aquí y ahora, la sociedad a la que aspiramos.
  •  una cultura política que se permita cuestionar los hábitos adquiridos en la militancia, las maneras de actuar y pensar sindicalmente y el valor de sacudir las familiaridades políticas. Con ello, nos permitiríamos ver y pensar si no estaremos habitando otra época que requiera de nuevas herramientas teóricas y organizativas.
  •  una cultura política que permita un pensar constituido a partir de la discusión de ideas, no de creencias. Y se pueden discutir ideas a partir de las dudas, de las incertezas, no de las creencias que nos dejan siempre en la seguridad de las tradiciones ya conocidas.
  •  una cultura política capaz de crear y desarrollar nuevas subjetividades políticas que no estén, de antemano, secuestradas por una identidad ya sabida y preestablecida y que, en ocasiones, hacen que las protestas se degraden hasta convertirse en una coartada moral.
  •  una cultura política capaz de superar el narcisismo de las pequeñas diferencias y se plantee lo político como un deseo y una apuesta, y no, como el deber ser.

    Son estos, entre otros, los desafíos a los que se enfrenta la contra-cultura de la protesta en Neuquén.

    Notas

    1 Jorge Alemán. Horizontes neoliberales en la subjetividad. Grama, Buenos Aires, 2016.
    2 Ariel Petruccelli. Docentes y Piqueteros. De la huelga de Aten a la pueblada de Cutral-Có. Bs.As., El fracaso-El cielo por asalto, 2005 (hay una segunda versión corregida y aumentada).