En próximos meses la Asamblea Mundial de Salud decidirá si se aprueba la versión 11 de la Clasificación Internacional de Enfermedades y Condiciones Relacionadas con la Salud (CIE-11) de la Organización Mundial de la Salud en la cual las identidades trans dejan de ser consideradas un trastorno mental.

Leah Muñoz @leahdanmunoz
Miércoles 17 de abril de 2019
En próximos meses la Asamblea Mundial de Salud decidirá si se aprueba la versión 11 de la Clasificación Internacional de Enfermedades y Condiciones Relacionadas con la Salud (CIE-11) de la Organización Mundial de la Salud en la cual las identidades trans dejan de ser consideradas un trastorno mental.
La versión 10 de la CIE está en sus últimas fases de revisión para dar paso a la CIE-11. Incluso algunas de las categorías diagnósticas y definiciones que se pretenden incluir ya han sido publicadas para consulta externa.
Dentro de las cosas positivas que se expresan en esta nueva clasificación está el que se saca la condición trans del capítulo V sobre “Trastornos mentales y del comportamiento” y tras un largo proceso de trabajo y discusión se optó por crear un nuevo apartado sobre “Condiciones relacionadas con la Salud Sexual” en donde se incluye buscando desestigmatizar y despatologizar.
Este cambio lo ejecutó un Grupo Internacional de Trabajo en la Clasificación de Trastornos Sexuales y Salud Sexual, que incluía a 11 expertos representantes de las distintas regiones de los países miembros de la OMS basándose en un proceso de revisión de estudios, de comentarios de grupos de profesionales y de la sociedad civil.
De una encuesta de opinión que realizaron a profesionales de la salud en Brasil, China, India, Japón, México, Nigeria, España y Estados Unidos obtuvieron que el 60.4% de los 505 clínicos que participaron indicó que uno o más de los 60 diagnósticos de enfermedades mentales que se incluyeron en el estudio debería ser eliminado de las clasificaciones vigentes en ese momento (CIE-10 y DSM-IV).
Las categorías que más se recomendaron eliminar fueron las de “trastorno de identidad de género”, “disfunción sexual” y “parafilias”, ya que consideraban que estaban basadas en la estigmatización.
Además de lo anterior la evaluación de no considerar más a las identidades trans como una enfermedad mental partió de la premisa de que, por definición, una enfermedad mental ocasiona un malestar significativo, y disfunción o discapacidad por sí mismo.
El cual no era el caso de las identidades trans, ya que una serie de estudios (dentro de los cuales se encontraba el realizado por el Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente en 2016) habían revelado que el malestar y la disfunción en personas trans eran consecuencia de la estigmatización, el rechazo social y la violencia y no de una característica intrínseca de los sujetos.
Vale la pena mencionar que esto último era algo que el movimiento trans venía señalando desde hace décadas, que los problemas de ansiedad, depresión, suicidio y aislamiento eran consecuencia de la situación de violencia y transfobia estructural, y no de algo inherente a las personas trans, como falsamente las experticias psy habían narrado durante mucho tiempo.
Sumado a esta consideración, el grupo de trabajo propuso que se eliminaran las categorías “Travestismo Fetichista” del grupo de “Trastornos de la Inclinación Sexual o Parafilias”, así como el diagnóstico de “Travestismo de doble rol”.
Estas modificaciones a la nueva versión del catálogo internacional de enfermedades no pueden entenderse sin el impacto de los esfuerzos que el movimiento trans ha realizado a nivel global y local, en alianza con académicos y sectores críticos en el área de la salud mental, para exigir la despatologización de las identidades trans.
Dentro de estos esfuerzos está la instauración del 21 de octubre como un día internacional para realizar acciones en torno a la lucha contra la patologización trans y las consecuencias médicas y sociales de dicha patologización. Este día tuvo como sus principales impulsores la plataforma internacional STP, Campaña Internacional Stop Trans Pathologization la cual opera desde el año 2009.
De igual forma, estas modificaciones al CIE han tenido de fondo los logros políticos y sociales del movimiento trans en donde como tendencia internacional han aumentado los países que dan reconocimiento legal a las personas trans y la presencia trans en la vida social cotidiana, medios de comunicación y la política comienza a tener cada vez mayor visibilidad.
Es innegable que con estas modificaciones se da un paso importante en la despatologización y desestigmatización de las personas trans
Esto significa irrumpir en la letra de los manuales que por décadas generaron y legitimaron una imagen del sujeto trans como un sujeto enfermo, patológico y disfuncional, la cual ha contribuido a dar sustento a un orden social que históricamente ha excluido y oprimido a las sexualidades que no se ajustan a la cisheteronormatividad.
Sin embargo aunque esto es un paso importante es insuficiente y no debe nublarnos la mirada para no formar un posicionamiento crítico respecto a esta nueva clasificación. Si bien lo anterior podemos considerarlo un logro es cierto que siguen existiendo grilletes que atan lo trans y la sexualidad al diagnóstico médico y a sus lógicas sobre la sexualidad y el género.
En este nuevo manual se modificaron las categorías de “Transexualismo” y “Trastorno de Identidad de Género en la Infancia”. La primera se pasó a llamar “Incongruencia de Género en la Adolescencia y la Adultez” y la segunda “Incongruencia de Género en la Infancia”, ambas conceptualizadas como “una incongruencia marcada y persistente entre la experiencia/expresión de género del individuo y el sexo asignado”.
Para el diagnóstico de la primera se propuso cambiar a varios meses en lugar de dos años, esto con el fin de dar la oportunidad de acceder a los servicios de salud de forma temprana. En el caso de las infancias trans se aumentó de seis meses a dos años el tiempo para establecer un diagnóstico.
Estas nuevas categorías y conceptualizaciones, aunque ya no nombradas ni como “trastornos” ni ubicadas en el capítulo de trastornos mentales, siguen concibiendo lo trans como algo que debe ser diagnosticado por un médico.
Una vez más “la verdad sobre el género”, sobre lo trans, para acceder a los servicios de salud transicional, la posee el saber médico y no el sujeto que se testimonia como trans, el cual tendrá que entrar en la temporalidad diagnóstica establecida por un manual para “acreditar” qué experiencias trans son las legítimas y cuáles no.
Aquí vale preguntarnos si el paradigma médico dominante nos dará cabida a la salud transicional a las personas trans (en toda su diversidad, binarias y no binarias) sin invocarnos desde la lógica del diagnóstico ya que, como lo ha mostrado la historia de la sexualidad, toda pretensión de diagnóstico en el terreno de la sexualidad solamente ha traído prácticas estigmatizantes y excluyentes de aquello que no se logra ajustar a los cánones de la sexualidad.
En el caso de la nueva conceptualización al sujeto trans se le concibe como una “incongruencia” entre el sexo y el género la cual busca ser atendida por la medicina. Esta conceptualización se apoya en la idea de que existe una “forma congruente” de habitar el género, la cual no se dice explícitamente pero se da entender como aquella en la que la corporalidad (sexo) y la expresión de género se organizan en un esquema binarista femenino-masculino.
Desde aquí es que lo trans es pensado como “lo incongruente” en donde la masculinidad y la feminidad del sexo y el género están desajustados.
Bajo esta lógica la realidad es que todos los sujetos generizados constantemente hacemos de nuestro género una incongruencia de múltiples formas. Al vestir, los modos con que nos expresarnos, los roles sexuales que ocupamos y en nuestros gustos más triviales. Tal vez algunas veces seamos más incongruentes que otras, pero a final de cuentas incongruentes.
Es por esto que el CIE-11, aunque con aspectos progresivos, sigue conservando elementos que estigmatizan lo trans. Incluso voces críticas dentro del movimiento trans han señalado que la permanencia de lo trans dentro de un manual de enfermedades ya es en sí mismo estigmatizante y patologizante por lo que las modificadas el CIE no son suficientes.
Esto último es cierto, muy seguramente una radical despatologización venga con nuevas maneras de narrar lo trans en donde para acceder a la salud no habitemos un manual que principalmente es de enfermedades y no seamos conceptualizadxs desde el diagnóstico y la incongruencia. Sin embargo esto solo podrá pasar bajo otro paradigma médico que construya el acceso a la salud trans no desde la enfermedad y el diagnóstico.