Publicamos el artículo de Ermengol Gassiot, Secretario General de la CGT de Cataluña, sobre la no derogación de la reforma laboral del 2012 por parte del gobierno de coalición "más progresista" de la historia del Estado español. Publicado originalmente en su blog La Sal de la Terra.
Ermengol Gassiot @ErmengolGassiot
Jueves 13 de enero de 2022
Se veía a venir y ha pasado. El gobierno de coalición más progresista de la historia del Estado español no ha derogado la reforma laboral del Partido Popular del año 2012. Entre el relato y la realidad hay un gran salto.
A partir de lo que ha transcendido a los medios del acuerdo del 23 de diciembre, la nueva reforma laboral más bien hace todo el contrario. Algunos cambios de palabras, algún retoque puntual y la incorporación de nuevas medidas de flexibilización de plantillas. Generalmente las reformas laborales siempre han tenido algún titular para intentar venderlas como positivas para los trabajadores y trabajadoras. En este caso es la reducción del tiempo de concatenar contratos, de 24 meses dentro de 30 meses a 18 meses en 2 años. Una pequeña mejora que es todavía más ridícula si tenemos presente que no tocan ni una de las facilidades para despedir que las sucesivas reformas laborales habían regalado a las empresas, en especial la del 2012.
De aquí a unas semanas de esta reforma podremos decir muchas más cosas, a medida que se vaya conociendo el texto definitivo de este pacto y podamos analizar las consecuencias. De forma muy preliminar quiero mencionar 3 aspectos. Uno es una medida que nos venden desde hace meses como muy positiva: los ERTE. Otro son los contratos de formación y lo tercero es la negociación en sí de la reforma laboral. Y después, nosotros. Voy por partes.
Desde el inicio de la pandemia los ERTE han sido el instrumento que el gobierno, de acuerdo con la patronal y los pseudo-sindicados de siempre, han introducido para facilitar que las empresas puedan disponer de plantillas flexibles. Sindicatos como CGT los hemos criticado desde el principio, puesto que considerábamos que respondían a los intereses de la patronal que, en ningún caso, dedicaban sus beneficios para gestionar situaciones en que los y las trabajadoras se tenían que quedar en casa por la expansión de la pandemia. Al contrario, lo hemos ido pagando con recursos públicos en una forma de una subvención encubierta de parte de los costes salariales de las empresas. Ahora esta reforma los normaliza y esto es muy preocupante. Por un lado, cede a las empresas una herramienta para ir regulando plantillas, enviando temporalmente trabajadores al paro y repescándolos después.
Ahora trabajas, ahora no. Ya nos podemos imaginar cómo irá todo esto. Por otro lado, es un ejemplo de cómo una medida de excepción que se implementa durante la pandemia se acaba volviendo estructural después de una oportuna campaña mediática blanqueándola. Aviso de lo que nos puede pasar en muy otros ámbitos de nuestra vida; especialmente preocupante ahora que en tantos aspectos hemos ido viendo formas de autoritarismo que hace años nos habrían sorprendido.
Los contratos de formación posiblemente se conviertan en la primera fase de la vida laboral de muchos y muchas jóvenes de clase trabajadora. En mi opinión son perniciosos en muchos aspectos. Uno de ellos es que trasladan al trabajador/a la responsabilidad de su precariedad: tienen salarios más bajos porque supuestamente se tiene que formar, son temporales porque supuestamente se tiene que formar, se exonera la cuota patronal (o una parte) al empresario porque supuestamente se tiene que formar, etc. Y cuando esto se aplica a la generación que ha tenido los niveles de escolarización más altos de la historia, que además puede estar años encadenándolos saltando de un trabajo a otro, es especialmente insultante. Aparte en muchos casos el programa formativo es poco más que nominal y no hay casi ningún control para garantizar su calidad o, simplemente, que exista. Todo indica que se aumentará el límite de edad en el que se pueden hacer de 26 a 30 años.
Premonitorio de cuál será la nueva marca de la precariedad de los y las jóvenes, ahora que parece que otras formas de contrataciones temporales tendrán algunas limitaciones. ¿Cambio de envoltorio para mantener igual lo que hay dentro? No muy bien. En los contratos formativos los empresarios se gastan menos dinero (los pagamos nosotras las cuotas patronales) y, como decía, se criminaliza a quién sufre estos contratos por no estar bastante formado/da. La culpa es una buena herramienta de control social y esta reforma parece que la impondrá a los jóvenes, como también hace en otros aspectos de la vida colectiva.
No nos tiene que extrañar que la negociación de todo esto haya sido casi secreta, lejos de miradas indiscretas y sin ni luz ni taquígrafos. Ya estamos acostumbradas y acostumbrados, pero no por eso es menos indignante. En sí misma, esta negociación es parte de las normas del juego de esta democracia meramente nominal. Participan personas, ya sea del gobierno o de los sindicatos institucionales amparados en una supuesta representatividad que les otorgan unas urnas cada cierto tiempo. Donde llegan con unos relatos muy alejados de lo que después se sientan a hablar (¿recordáis aquello de “Vamos a derogar la reforma laboral”?). Ahora bien, como en virtud de no sabemos muy bien qué, les hemos delegado nuestra capacidad de ser seres políticos, ellos y ellas gestionan la realidad por nosotros. Aunque de lo que acaben hablando esté diametralmente opuesto a aquello que nos habían dicho.
Nosotros, que lo sabemos, a veces nos enfadamos pero la rueda de la democracia burguesa, con parlamentos y similares, con la cultura de la delegación impuesta hasta los huesos de la clase trabajadora, sigue girando.
Ahora vendrán unos días en los que muchos de nosotros y de nuestras organizaciones haremos comunicados criticando esta nueva reforma laboral y acusando de vendidos a los pseudo-sindicados que lo han pactado. Una vez más tendremos razón y diremos verdades. Pero quizás habrá una parte de la realidad de la que hablaremos poco o nada. Si ellos han podido hacer este nuevo pacto vergonzoso y que puede hipotecar una generación de la clase trabajadora es porque globalmente los y las trabajadoras los hemos dejado hacer. No hemos fortalecido bastante los sindicatos combativos de clase ni, alternativamente o complementariamente, otros movimientos sociales. Y aquí nos toca, a los sindicatos, mirarnos también al espejo y meditar en qué no estamos a la altura. ¿Por qué crecemos tan lentamente? (ep, y no nos engañamos, cuando se trata de hacer la revolución, el número en algún momento empieza a ser relevante) ¿Por qué no acabamos de ser creíbles y lo que decimos engancha más bien poco?
De todo esto tenemos que hablar. Evidentemente ahora haremos comunicados criticando la reforma laboral y llamando a la lucha. Pero si después no hacemos nada para aplicar aquello que decimos, también nosotros caeremos en la política del relato que tanto criticamos de la izquierda institucional. Y si queremos no hacerlo hace falta que salgamos de nuestros espacios de confort y autorreferenciales, y picar piedra. Tendremos que dedicar más energía a articular espacios de lucha sobre temas concretos en espacios concretos y definir los vínculos de solidaridad que permitan retroalimentarlos. En el ámbito laboral el sindicato, si realmente hace de sindicato, es por ahora la mejor herramienta que tenemos para poner en común estas luchas y construir y mantener vivos estos vínculos. Pero para hacerlo hay que bajar del universo de las ideas y de los relatos abstractos. Aterrizar y ensuciarnos las manos con el barro del día a día. Empresa a empresa, barrio a barrio. Y así, en el futuro, seremos capaces de plantear una lucha que ahora mismo nos queda fuera de nuestro alcance, por mucho que hagamos proclamas: hacer frente globalmente y derribar esta reforma laboral. Con nuestras propias manos y por nosotras mismas. El resto es simplemente relato, como hacen ellos.