Los crímenes racistas, la permanencia del movimiento Black Lives Matter, las provocaciones de Trump y la mediocridad del Partido Demócrata, agitan la campaña electoral norteamericana.
Jueves 3 de septiembre de 2020 00:10
En las nueve semanas que faltan para el 3 de noviembre, las elecciones presidenciales en Estados Unidos, en las que Donald Trump se juega la reelección para su segundo mandato, seguirán siendo tema de análisis político obligado. No es que no pasan cosas en otras comarcas. En el Mediterráneo, Grecia y Turquía están protagonizando un peligroso juego de guerra que tiene como trasfondo la disputa por los recursos energéticos y la preponderancia geopolítica. En Bielorrusia la revuelta contra el presidente eterno Aleksander Lukashenko está recreando la guerra de desgaste entre la Unión Europea en representación de “occidente” de un lado y la Rusia de Putin del otro. En el Mar Meridional de China, una lluvia de misiles disparados por Beijing para reafirmar su reclamo de soberanía, mostró la creciente tendencia militar que está revistiendo la rivalidad estratégica entre el gigante asiático y Estados Unidos. Esto sin nombrar la crisis en Líbano donde Francia está jugando su rol de potencia mandante en el marco de una situación fluida en el Medio Oriente.
Pero justamente este panorama de crecientes conflictos sociales y tensiones geopolíticas, con el telón de fondo de la pandemia del coronavirus, es lo que le da el carácter de definición crucial a la disputa por la Casa Blanca. Con razón, aliados, socios y enemigos de Estados Unidos perciben que un eventual cambio de mando tendrá consecuencias en la política exterior de la principal potencia imperialista –esquemáticamente la continuidad del unilateralismo trumpista o el retorno a alguna variante del “multilateralismo” demócrata con Biden-, como receta para enfrentar la decadencia del liderazgo de Estados Unidos.
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Sin dudas, Trump instaló este escenario con el virulento sesgo anti China de su campaña y la acusación de que Biden es “flojito” para enfrentar los desafíos de la emergencia de este competidor estratégico. Pero la clave de la elección está en la política doméstica, con la novedad de que la batalla se da en torno a la “gestión” de la lucha de clases, algo que no sucede desde 1968 cuando fue electo Richard Nixon con el voto de la “mayoría silenciosa” conservadora.
La centralidad de la “calle” en la disputa entre Trump y Biden muestra que las elecciones se realizan a la sombra del estallido de un imponente movimiento de masas contra el racismo y la violencia policial, combinado con la crisis social y económica por el coronavirus. Este proceso hunde sus raíces en lo más profundo de la sociedad norteamericana, lo que se evidencia no solo en su persistencia sino en acontecimientos inéditos, como el paro histórico de la NBA y otras ligas premium, en repuesta al brutal ataque policial contra Jacob Blake en Kenosha que volvió a encender la llama de la protesta.
Por eso no sorprende que Trump haya adoptado una estrategia electoral muy similar a la de Nixon ante el movimiento contra la guerra de Vietnam, con el objetivo de polarizar entre la “ley y orden” y el “caos”. Como dijo el vicepresidente Mike Pence en su discurso en la Convención Nacional Republicana “la ley y el orden están en la boleta”.
Trump incluso habló de “revolución” en una entrevista con definiciones bizarras que le dio el lunes pasado a la cadena Fox, en la que expuso su teoría conspirativa de que detrás de “Sleepy Joe” (“Dormilón Joe”, como le dice a Biden) estaría agazapada la “extrema izquierda”. Claro que a Nixon le funcionó la pose de outsider porque hacía varios años que no ocupaba cargos ejecutivos, mientras que Trump carga con cuatro años al frente de la Casa Blanca en los que la polarización social y política no ha hecho más que profundizarse.
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En Kenosha, una pequeña ciudad del empobrecido “rust belt”, la acción común de bandas armadas de extrema derecha y la policía para reprimir las protestas por el ataque contra Blake terminó con el asesinato de dos manifestantes. Kyle Rittenhouse, el autor de los disparos, es un joven simpatizante de Trump a quien se lo ve en un video perderse tras las líneas policiales con su rifle de asalto.
Días después en Portland, una caravana de simpatizantes de Trump chocó con una protesta contra la violencia policial. En una situación confusa resultó muerto un militante de la organización de extrema derecha Patriot Prayer que apoya la reelección del presidente. Estos grupos de derecha radicalizados, que incluyen supremacistas blancos y nativistas como Proud Boys o los seguidores de Q’Anon, entre otros relevados por el Center for Analysis of the Radical Right, tienen un desarrollo independiente del Partido Republicano pero son fervientes partidarios de Trump.
El presidente les retribuyó el apoyo tanto desde su cuenta de Twitter como en la vida real. En un acto que no puede ser leído más que como una provocación política, viajó a Wisconsin, reivindicó el accionar policial, de la Guardia Nacional y de los “vigilantes” armados que supuestamente actuaron en “defensa propia”.
La campaña republicana apunta a evitar que la elección se transforme en un plebiscito sobre el manejo desastroso de la pandemia, que para noviembre ya habrá superado con creces los 200.000 muertos, y la crisis social. En función de esto, tan mal parecería no les está yendo, no tanto por mérito propio sino por el deslucido desempeño de Biden, más preocupado por mostrarse ante Wall Street y los votantes moderados en disputa como el verdadero garante de la “ley y el orden”. En su primera aparición pública luego de los eventos de Kenosha y Portland, Biden llamó a “repudiar la violencia de ambos bandos”, ofreciendo una versión yanqui de la “teoría de los dos demonios”. Y como si hiciera falta, retóricamente preguntó si parecía “un socialista radical” con una “posición blanda” ante los disturbios.
Las elecciones le ofrecen la oportunidad dorada a la clase dominante para sacar a las masas de las calles y llevarlas a las urnas, con la ilusión de que un gobierno demócrata pueda resolver pacíficamente y por la vía reformista algunas de las demandas.
Desde el punto de vista de las amplias masas, el artificio está funcionando. Sin embargo, la contradicción relativa entre desvío y polarización está creando un clima enrarecido y peligroso, en el que se ven empoderados desde la Casa Blanca no solo las fuerzas de represión institucional, sino sobre todo milicias armadas y organizaciones de extrema derecha que le disputan la calle al movimiento Black Lives Matter. Incluso como ya hemos planteado en una columna anterior, no se puede descartar que pueda abrirse una crisis política de magnitud después de las elecciones si Trump fuera derrotado y se negara a aceptar el resultado (algo que según una encuesta reciente cree un 47% de los norteamericanos, y un 75% de los votantes de Biden).
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Los demócratas y los medios “liberals” usan el “peligro fascista” para unir a su base electoral por medio del espanto detrás de la candidatura de “extremo centro” de Joe Biden. La congresista estrella de la izquierda demócrata, Alexandra Ocasio Cortez usó el minuto que le dio el establishment en la Convención para argumentar que en las elecciones de noviembre hay que “frenar al fascismo en Estados Unidos”. No hay dudas de que en la sociedad se incuban tendencias fascistizantes, expresadas en el racismo y los crímenes de odio. Pero como explica el sociólogo Dylan Riley en un editorial de New Left Review publicada a los inicios de la presidencia de Trump, no existen hoy las condiciones para que se desarrollen los fascismos clásicos: la guerra interimperialista y la revolución socialista (triunfante en Rusia y derrotada en occidente). Riley prefiere usar la categoría weberiana de “patrimonialismo” bonapartista donde la clave es la lealtad. En un sentido similar, en un libro de reciente aparición sobre la derecha norteamericana, los autores definen al fenómeno Trump como un “populismo plutocrático”, producto de la desigualdad y la concentración de la riqueza que se viene gestando desde la década de 1980. Y dicen que la polarización en realidad ha sido asimétrica, con el partido republicano girando mucho más a derecha que los demócratas a izquierda.
La polarización política y las tendencias a la crisis orgánica están produciendo nuevos fenómenos políticos en los márgenes. La derecha radicalizada está hoy contenida en el partido republicano en su versión trumpista. El partido demócrata quizás se imponga electoralmente como mal menor pero no cubre todo el espectro a su izquierda. A la existencia del DSA (Democratic Socialists of America), un partido socialdemócrata que atrajo a unos 70.000 jóvenes a sus filas, se le suma la constitución de un nuevo partido populista (Movement for a People’s Party) una suerte de “sanderismo que no baja las banderas”. Estos nuevos fenómenos políticos son subsidiarios del partido demócrata y tienen por estrategia la “acumulación” dentro del régimen democrático burgués imperialista para conseguir algunas reformas. Las perspectivas de radicalización de la lucha de clases, y la señal de alerta de la extrema derecha, reafirman la necesidad de poner en pie un partido socialista revolucionario. En esa pelea están los y las compañeras que impulsan Left Voice.

Claudia Cinatti
Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.