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Red Internacional
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Opinion. La mala Educación

Claudia Añazco San Martín

Claudia Añazco San Martín Delegada de la EES8 de Ensenada - Referente de La Marrón y Pan y Rosas

Martes 19 de abril de 2016

La escuela se presenta como un espacio de circulación del Saber. Un sistema especializado donde los docentes que sabemos tenemos a cargo la tarea de enseñar, y los estudiantes que no saben son convocados para aprender. Sin embargo, hay conocimientos que no se ven, ignorancias que no se revelan y fundamentalmente preguntas que no se hacen. Es un espacio de convivencia en el cual muchos niños y jóvenes pasan desapercibidos, y su singularidad se pierde entre los que acaparan la escena por sus excelentísimas notas o por su comportamiento impertinente y perturbador. Mientras tanto, los trabajadores de la Educación somos una maraña de nervios que tenemos como misión principal “educar”, aunque muchas veces la juguemos de psicólogos, de trabajadores sociales, de médicos y enfermeros y también de madre, padre o amigo.

Díganos Señor gobernante, Señor funcionario, Señor inspector, ¿Qué se supone que debemos hacer con estas condiciones de estudio y trabajo? Los docentes enseñamos en 4, 5 ó 6 escuelas distintas, trabajamos doble cargo, tenemos bajo nuestra responsabilidad civil casi absoluta a un promedio de 32 estudiantes por salón; instruimos en condiciones denigrantes (al menos que consideren que 32 personas pueden ejercer su “libre pensamiento” dentro de una habitación de durloc con una ventana por el que entra un poco de luz y ventilación). Hacerse cargo, dirán a coro gobernantes, funcionarios e inspectores. El Estado se ha quitado responsabilidades para echarlas sobre nosotros y no es ninguna exageración.

Díganos ¿Debemos resignarnos a tan indignas condiciones de trabajo porque “enseñar” es una profesión que se estudia y ejerce por “vocación”, como si fuera un impulso interno, algo casi “divino”? ¿Piensan ustedes que la vocación justifica un salario miserable, trabajar hacinados, a veces sin calefacción o sin ventiladores, sin espacios para la recreación, con remiendos aquí y allá, porque todos los arreglos (cuando los hay) son provisorios - permanentes? ¿Creen, honestamente, que se puede enseñar y aprender, desarrollar todas las capacidades cognitivas y afectivas, allí donde aprieta el hambre y la pobreza, donde la regla es pensar el día a día, dónde no hay trabajo estable o lo hay a destajo por un poco (muy poco) dinero? ¿De verdad creen que debemos aceptar que un funcionario de la derecha, desbocado, diga públicamente que “el que tiene hambre come cualquier cosa”? Seguramente en algún momento, éste funcionario con su chofer tomó la curva que baja a Quilmes, por la autopista Buenos Aires - La Plata y miró (de reojo) a los costados: ahí abundan bebés en pañales revolviendo y comiendo de la basura. Simultáneamente, en muchos comedores escolares del conurbano bonaerense se almuerzan fideos el lunes, el martes, el miércoles, el jueves y el viernes, con jugo dulce y un pedazo de pan, se toma de merienda mate cocido dulce con otro pedazo de pan.

Hay una naturalización de nuestras condiciones de trabajo. Se hace evidente el desprecio y desdén con el que piensa y actúa la clase social a la que pertenecen y defienden los funcionarios desbocados, alejados completamente de la realidad de las mayorías. No intentan disimularlo, lo dicen así como suena, chocante, como cuando Cristina Fernández nos “retó” por cadena nacional porque en teoría, los trabajadores de la educación enseñamos 4 horas y tenemos 3 meses de vacaciones. Lo dijo así, con tono de reproche, como si fuera la dueña de una empresa que mira al obrero por encima del hombro, consiente de tener todos los recursos sociales, económicos y políticos de su lado. Hay una brecha, una distancia entre la abundancia, el lujo, la despreocupación, el derroche de los ricos y la miseria de los pobres; entre los burgueses que ejercen el poder material dominante en la sociedad, y al mismo tiempo su poder espiritual dominante (como decía Marx), y entre los que no tienen nada más que perder que sus cadenas, los trabajadores.

¿Cómo entender que Antonia almuerce como una bacana en su colegio privado de elite “Jean Mermoz”, mientras el hijo de un trabajador cualquiera, en un escuela pública del sur de la capital, Varela o Ensenada come hidratos y más hidratos? ¿Por qué Antonia tiene plato principal con un extravagante menú y el hijo del obrero no? ¿Por qué puede morir Yolanda por un descuento en su sueldo, mientras ese mismo día Juliana Awada facturaba miles de pesos en sus talleres clandestinos, y cientos de millones de dólares viajaban a los “paraísos fiscales”? ¿Cómo es posible tamaño descaro?

La escuela a veces educa, habilita (por sus propias contradicciones) abrir interrogantes, cuestionar, y a veces (muchas) contiene lo que afuera (haciendo uso de la metáfora del adentro y del afuera), producto de la sociedad capitalista, desborda por todos lados. Pero no vamos a creernos que solo afuera se reproduce la diferencia de clases. Adentro, en la sagrada institución escolar, la ideología de la clase dominante (como forma de interpretar el mundo) emerge justificando sus intereses, naturalizando, entre otras cosas, la explotación, la opresión, la injusticia. Para que se acepte y se repita como un mantra que “todos somos iguales” (cuando el capitalismo es la sociedad más desigual de toda la historia), resulta necesario un sistema ideológico que inculque y levante como bandera cotidianamente, estos valores en las cabezas de los hombres. La Educación bajo el sistema capitalista se ha convertido en una pieza indispensable del proceso de acumulación del capital y de creación del consenso social que hace posible la reproducción de la ideología que sostiene este sistema de explotación y dominación de clase. Quienes luchamos por terminar con la opresión, la explotación, la alienación que produce el trabajo asalariado, consideramos como señaló Marx, que “La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana solo puede concebirse y comprenderse racionalmente como práctica revolucionaria”.