“Un puente grúa parado, amor”, le dijo Rubén a su novia días antes de su muerte, “es mucha plata que la empresa pierde”. Una crónica de largo aliento.
Sábado 18 de abril de 2020 01:04
Imágenes aportadas por la familia de Rubén Insaurralde
Cuando Melina Gancedo quiso comunicarse con Rubén Insaurralde, su novio, el 10 de agosto de 2018 por la tarde, y no recibió respuesta, nunca imaginó que ese sería su último mensaje.
Pocos jerárquicos de la empresa siderúrgica Ternium-Siderar, para entonces, conocían la noticia: a las 14 hs de ese viernes, en la planta de Ensenada, Insaurralde perdió la vida mientras revisaba a 30 metros de altura, un puente grúa que levanta 20 mil kilos de acero. Era ingeniero y era jovencísimo: tenía 29 años.
En la empresa se comentaba que el ingeniero había muerto haciendo tareas de mantenimiento que no le correspondían. En el momento que revisaba el puente grúa, tenía todos los elementos de seguridad colocados, sin embargo, una polea de acero en movimiento le partió el cráneo.
Insaurralde era nuevo. Había ingresado en el 2017, y dos meses antes de su muerte, lo habían confirmado en un puesto: a partir de entonces, quedaba como responsable del grupo de mantenimiento de dos puentes grúa. Tenía con qué: disciplinado, dedicado, cuando se le ponía algo en la cabeza no paraba hasta lograrlo. “Estoy volviendo de a poco a la realidad, hoy ya me confirmaron definitivamente, a partir de mañana soy el responsable”, le escribió a su novia. Era todo un logro: había vencido a otros dos ingenieros que peleaban por el cargo- estaba contento, pero también asustado. Rubén estrenaba, además de un cargo, la realidad de un sueño. Un sueño que, 60 días más tarde, le costaría la vida. Y justamente en una de las empresas siderúrgicas más poderosas de Sudamérica.
El Ingeniero Insaurralde muere en el puente grúa
Desde la mañana a la noche aparece en nuestras vidas el acero. La cafetera tiene acero, los tenedores y cuchillos tienen acero. Desde las bicicletas hasta los barcos, las motos, los autos, los trenes y los aviones, todos se construyen con acero. Está presente en los cañones de los rifles que matan, y en las válvulas del corazón que salvan vidas. El Apolo 11 que tocó la luna en 1969, llevaba tres astronautas y un tanque de combustible de acero. Las famosas torres gemelas de Manhattan, de 110 pisos, estaban construidas de acero, y fueron destruidas por dos aviones, de acero.
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La principal productora de acero en Argentina es la Organización Techint, liderada por la familia Rocca. Con sus dos holdings: Tenaris Siderca, especializada en tubos, y Ternium Siderar, volcada a los aceros planos que se usan en los autos, en los artefactos de línea blanca, o para hacer máquinas. Es un monopolio, lo conocen como El Rey del Acero.
Es también una de las siderúrgicas más importantes de la región. Tiene 17 plantas en 22 países, que ocupan 40 mil personas haciendo millones y millones de toneladas diarias de acero.
En Argentina, una de las plantas de Ternium está en la localidad de Ensenada, donde el ingeniero Rubén Insaurralde perdió la vida. Allí se producen bobinas laminadas en frío.
Está a 60 kilómetros de la CABA, por autopista. Un cartel con logo rojo, naranja y gris, despliega en letras blancas el nombre de la empresa. A pocos metros, otro cartel más incómodo, colocado el 28 de agosto de 2019 por la Secretaría de Derechos Humanos de la Municipalidad de Ensenada, con las palabras Memoria, Verdad y Justicia, indica que en esa empresa se cometieron delitos de lesa humanidad durante la última dictadura cívico – militar. De allí desaparecieron 19 trabajadores y otros 6 fueron asesinados, con la complicidad de los directores. Todo lo que uno pretenda conocer de la planta, se termina ahí.
Traspasar sus puertas, recorrer la fábrica y ver el lugar donde murió Rubén Insaurralde, es misión imposible. Las visitas particulares no son habilitadas por sus autoridades. Las visitas institucionales que ofrece la empresa en su página web, están suspendidas para la planta de Ensenada. La planta está blindada al público. Nadie entra ni nadie sale, que no sea personal de la empresa.
“Desde hace diez años que trabajo en la empresa”, dice un operario, “y nunca vi caminar por la planta a nadie que no sea de acá”.
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Rubén Insaurralde murió en un puente grúa. En una fábrica de acero, el puente grúa es imprescindible para transportar productos de riesgo, por su elevada temperatura, como el acero líquido, o por su kilaje, como las bobinas. En Ternium-Siderar de Ensenada hay varios. Los más antiguos -el número uno y dos-, desde el mes de junio de 2018 estaban bajo la responsabilidad de Insaurralde.
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Durante la mañana del viernes diez de agosto de 2018, en la planta de Ensenada, el puente grúa número uno estuvo parado. Los obreros de una de las empresas tercerizadas de Ternium, fueron los encargados, esa mañana, de cambiar los cables de izaje.
Cerca de las dos de la tarde, cuando estaba por empezar el nuevo turno de la fábrica, el Ingeniero Insaurralde se dirigió al puente grúa número uno. Se colocó los elementos de seguridad reglamentarios: calzado, guantes y casco para protegerse de golpes; arnés para evitar caídas en altura. Subió los 30 metros hasta el lugar de los motores, donde estaba lo que iba a revisar: el Final de Carrera.
Los motivos que llevaron a Rubén Insaurralde a revisar, y a manipular en persona, algo que aparentemente ya estaba arreglado, es la gran pregunta. Por ser ingeniero responsable, no le correspondía esa función. Debía mandar a los supervisores, o en caso necesario, generar una orden de trabajo para su reparación. Hasta ahora, todo eso es un misterio.
Mientras Insaurralde revisaba una de las zonas más peligrosas de la planta a 30 metros de altura, desde la cabina de comando de la grúa, el inspector eléctrico Esteban Blanco Mato, con más de 25 años de trabajo en la empresa, la puso en funcionamiento. Los motores, a espaldas del Ingeniero Insaurralde, giraron y giraron. Como un ventilador rotando a su máxima potencia, una de las poleas chupó el hilo del arnés que colgaba por la espalda del ingeniero, y en segundos, menos aún que segundos, lo levantó por el aire, golpeándole el cráneo.
El operador de la grúa, Blanco Mato, siguió moviendo la palanca y activando la gran maquinaria que, a diario, lleva acero al mundo. Hasta que unos operarios escucharon un golpe seco, vieron caer sangre y gritaron. Era tarde.
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Quién era el Ingeniero Insaurralde
Rubén Insaurralde era el menor de cinco hermanos. Una familia batallada por la mamá, María, separada cuando Rubén tenía 8 años. Mantuvo la familia con un trabajo de costurera y otro de empleada doméstica. Todos viven en Arturo Seguí, una de las ocho localidades más pobres de los alrededores de La Plata. Si de 100 hogares que viven en La Plata, ocho tienen necesidades básicas insatisfechas, en Arturo Seguí son 20.
“Rubén tenía vocación por el estudio”, dice Adriana su hermana, que vende alimentos a dietéticas del barrio y se puso al frente de la investigación de su muerte. “Él mamó lo que inspiraba nuestra madre. Ella siempre nos motivó para estudiar, decía que por no tener estudios terminó limpiando casas por horas. Somos familias obreras que no programamos nuestros futuros. Rubén proyectaba otra vida, y la planificó”.
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Una de las amigas de la adolescencia de Rubén, Yolanda – Yoli- Quispe, trabaja como acompañante terapéutico en centros de día. Con Rubén se conocieron en taekwondo, a los 14 años. Los unía la admiración que cada uno sentía por su madre, mujeres luchadoras que sostenían las familias. “A Rubén le costó mucho llegar, pero nunca doblegó, ni tampoco se sintió inferior”, dice ella. “Cuando salíamos de la práctica de taekwondo, Rubén se paraba en una vidriera de tienda de ramos generales, a ver las zapatillas, porque ahí es donde la mamá compraba. Él nunca tuvo zapatillas de marca, de las que se compran en las casas de deporte”.
Su hermana Adriana destaca su perseverancia: “Si mi hermano era bueno en matemáticas, fue a costa de darle y darle al estudio”.
“En la primaria nunca iba sin estudiar”, agrega Mauricio, amigo de la infancia, “lo menos que se sacaba era 8, y rezongaba porque decía que había estudiado para 10. No le gustaba perder ni en la play”.
“A Rubén, recibirse de ingeniero no le fue fácil, alcanzar cinturón negro tampoco, porque no solo era llegar, había que pagar el examen”, dice Matías Córdoba, otro amigo con el que compartía artes marciales, recitales y ajedrez. “De los 30 o 40 que empezamos taekwondo, solo terminamos él y yo”.
Militante de la exigencia
Después de recibirse de Ingeniero Mecánico, en el 2016, envió un currículum a un llamado para ingenieros mecánicos de Ternium Siderar, en el programa Jóvenes Profesionales, de la planta de Ensenada.
La empresa buscaba reemplazar a un técnico que se jubilaba como Responsable de Mantenimiento preventivo de puentes grúas. Contratarían a una terna de ingenieros, en el programa Jóvenes Profesionales, para que compitan en el cargo, y al término de dos años decidirían quién de los tres era meritorio del puesto. Durante esos años, la empresa pagaría un salario menor a cambio de formación.
Rubén fue citado por la empresa, e inició el proceso de selección: lo entrevistaron, le tomaron un test para evaluar su capacidad de interactuar en grupo, otro para su capacidad de liderazgo, otro para evaluar su estímulo para competir. Finalmente, en mayo del 2017, lo llamaron para decirle que había ingresado al Programa Jóvenes Profesionales. “Ese día Rubén estaba feliz”, dice su novia Melina, “él siempre quiso trabajar en una empresa importante, siempre quiso trabajar en Techint”.
En Junio de 2018 se acortaron los plazos. La empresa le anunció a Rubén que quedaba confirmado en el puesto. Ese día cuando se mensajearon, la novia lo notó presionado: “Él estaba feliz, pero no lo podía disfrutar, le daba susto la responsabilidad que asumía”.
“Rubén sentía mucha responsabilidad por esto, es como si lo guiara una lanza con el lema: lo voy a hacer por mí y por toda mi familia que no pudo”, dice Adriana.
La vida después de Rubén
Melina Gancedo, novia de Rubén, vive en un barrio de casas bajas de Arturo Seguí, con terrenos baldíos intercalados. Tiene 31 años. Es delgada, de cabello castaño y largo, ojos grandes y oscuros, observadores. Se recibió en el 2014, dos años antes que Rubén, de psicóloga. Se dedica al tratamiento de adicciones y conduce un programa de radio. Con Rubén se conocieron en el 2006, en el colectivo 273/línea D, camino a La Plata. Los dos viajaban con tableros, Rubén terminando su secundario industrial y Melina ingresaba a la carrera de Arquitectura. Vivían muy cerca, aunque solo se encontraban en esos viajes: “Me daba tranquilidad encontrarlo en el colectivo, y caminar juntos unas cuadras al bajar, sentía que estaba con alguien bueno. Lo bauticé El chico del tablero”, dice Melina.
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Ella dejó arquitectura y entró a psicología, Rubén entro a Ingeniería, los dos en la Universidad Nacional de La Plata. Se siguieron encontrando por casualidad, en el barrio, cuando Rubén salía de taekwondo y Melina del gimnasio. Cada uno sabía casi nada del otro. Hasta que en el año 2012 se contactaron por redes y se pusieron de novios. Al tiempo Melina fue a vivir a la casa de Rubén, que vivía con su mamá María. En el 2015, se mudaron solos a esta casa de la calle 147, prestada, a siete cuadras de la Avenida Arana. Allí vivían con Zoe, cuyos ladridos adoptaron desde recién nacida.
El viernes diez de agosto de 2018, el día de la tragedia, a las siete de la mañana, Rubén cargó en la mochila el equipo de mate, el pen-drive, la notebook, el celular y el Nextel que le habían entregado en la empresa, despidió a su novia con un beso y un te amo, subió a su Chevrolet celta blanco, comprado hacía pocos meses, y partió dispuesto a recorrer los 30 km que separaban su casa de la empresa Ternium Siderar en Ensenada.
“Yo siempre salía a trabajar más tarde”, dice Melina. Ese día, a las tres de la tarde, antes de salir, le mandó un mensaje a Rubén: “le avisé que la cortina de enrollar del living se había roto, no me respondió, y me fui a trabajar al consultorio de La Plata”.
La muerte de Rubén Insaurralde, según la empresa
El diez de agosto de 2018, a las cuatro de la tarde, una comitiva de Ternium-Siderar formada por el gerente de recursos humanos, el de seguridad e higiene, y el gerente de mantenimiento de la planta, Jorge Yomha, tocó el timbre en la casa de María, madre de Rubén. “Ella estaba con una de mis sobrinas”, dice Adriana. “Les dieron la noticia y mi mamá, que es cardíaca, se descompuso. Mi sobrina empezó a llamarnos por teléfono. En pocos minutos, la casa se llenó de gente. No lo podíamos entender”.
Tras unas semanas de la tragedia, la familia Insaurralde accedió a escuchar las explicaciones de los directivos de la empresa. “El que se ocupó de hablar fue el gerente de mantenimiento, Jorge Yomha” – dice Melina Gancedo- “Yo lo conocía de nombre porque Rubén, mi novio, lo nombraba y lo pintaba como un ogro, siempre protestando”.
Melina le pidió a Yomha ver el lugar donde su novio había muerto: “Le dije que mis pensamientos me volvían loca, que necesitaba ver el lugar”. Pero Jorge Yomha agachó la cabeza por debajo de la mesa y miró los zapatos de Melina: “Con esos zapatos no hay seguridad para subir al puente”, aclaró. Y sólo mostró un croquis del lugar, indicando dónde estaba parado Rubén al momento del accidente.
Hermanas, hermano, cuñados y novia, estaban sorprendidos. Los operarios de la fábrica les habían advertido que donde están los motores que atraparon a Rubén, es un recinto abierto, sin advertencias de peligro.
El gerente respondió sin mucho detalle: -Todos saben en la planta que está prohibido ingresar ahí.
El holding Ternium Siderar controla y supervisa sus sistemas de seguridad con la empresa Bureau Veritas, reconocida en capacitación y certificación en calidad y seguridad. También contratan la asistencia de Dupont Sustainable Solutions, líder en seguridad industrial. Las certificaciones son necesarias para cumplir con las normas de seguridad internacionales, y para cotizar en la bolsa de Nueva York. Alcanza con recorrer las páginas web de estas consultoras, para notar que sus perfiles de asesoramiento y control, no se alinean con la falta de señales que adviertan de un lugar tan peligroso, como en el que Rubén perdió la vida.
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En aquella reunión con la familia, el gerente continuó relatando que aparentemente hubo un desentendimiento entre Rubén Insaurralde y Esteban Blanco Mato, el técnico que manejaba la grúa, que fue lo que detonó la tragedia:
Las explicaciones resultaban para la familia, oscuras.
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El primer peritaje técnico del proceso de investigación, fue del oficial principal Damián Ignacio González, del cuartel de bomberos de La Plata. En su opinión, la causa del siniestro se debió a conductas inseguras llevadas a cabo por ambas partes: Insaurralde, por estar en un lugar sin tener la seguridad de que la máquina estaba desenergizada; y Blanco Mato, por accionar la maquina sabiendo que en el lugar en el que se encontraba Insaurralde, ponía en riesgo su integridad física.
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El jefe directo de Rubén Insaurralde era Adrián Ronconi, un ingeniero que la empresa le asignó como tutor al entrar. Él es quién lo orientaba en sus trabajos, quien le daba las indicaciones. “Rubén lo veía más como a un par, no le inspiraba susto como Yomha”, dice su novia Melina. “Ronconi le pedía diez cosas y Rubén se esforzaba por cumplir con todo, pero no llegaba. Entonces el jefe le decía que hiciera lo que podía, pero él se desorientaba. Rubén sentía que si le pedían 10, tenía que cumplir con las diez”.
Adrián Ronconi tiene 50 años, es Ingeniero en Electrónica. Hace 25 años que trabaja en Ternium, ahora como Jefe de Mantenimiento Preventivo. También es docente en la Universidad Nacional de Quilmes – UNQUI – en la carrera de Automatización. Hasta aquí lo venimos a buscar para recoger su testimonio.
Ronconi llega a la universidad con el uniforme de la empresa, de color azul y logo en la camisa. Todavía no hay estudiantes en la sala.
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Un momento de silencio es seguido de una reflexión políticamente correcta:
Para Ronconi, detrás de la mayoría de los accidentes, hay una persona descuidada, o que comete errores.
En la causa penal abierta en los tribunales de La Plata, Adrián Ronconi prestó declaración. Según reproduce la Dra. Nogareda, abogada de los Insaurralde: “El ingeniero declaró que Rubén Insaurralde estaba haciendo un puesta a punto de cómo se había hecho el trabajo, pero que no le correspondía haberse metido ahí”.
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Solo en las plantas Ternium de Argentina, en ocho años hubo seis siniestros graves, cinco fatales, en los que murieron: en el 2011, Enrique Pacheco de 39 años; en el 2014, Hector Nardi de 51 años; en el 2016, Juan Ruiz Diaz; en el 2018 Rubén Insaurralde, de 29 años, y en el 2018, Gabriel Palermo, de 44 años.
“Cuando no terminan en muertes, los accidentes y las enfermedades se esconden para no encarecer la ART, y no restar puntos en la bolsa de valores”, advierten los operarios. En julio de 2019, los obreros de la planta Ternium de San Nicolás, denunciaron que había operarios contaminados con Hidrocarburos Aromáticos Policíclicos –HAPs-. Son sustancias cancerígenas como cadmio, arsénico, benceno, que los trabajadores aspiran en el sector coquería, y en el de subproductos. En la red social -Trabajadores de Base Siderar- organizada por los obreros metalúrgicos combativos, de San Nicolás, los operarios exclaman: “Le llaman la planta de la muerte, donde nadie quiere ir para no exponerse”.
La muerte de Rubén Insaurralde, según la familia y sus compañeros de trabajo.
Es viernes diez de agosto, mediodía. En el comedor de la planta de Ensenada, Rubén Insaurralde almuerza, tranquilo.
Un aviso lo interrumpe. Desde la empresa tercerizada IMA S.A, le informan que el trabajo de cambio de cables se había terminado: “Manden a los supervisores de Ternium para dar el visto bueno”, habría dicho el supervisor de la contratista, que declaró después ante el fiscal de la causa.
Si la función de Rubén era mandar a un supervisor: ¿Por qué fue él? ¿No había personal? ¿Alguien le pidió que fuera especialmente?
“Un puente grúa parado, amor”, le dijo Rubén a su novia días antes de su muerte, “es mucha plata que la empresa pierde”.
La familia de Rubén pudo recoger el testimonio de operarios de la tercerizada, y de Ternium-Ensenada con más de 30 años en el sector de mantenimiento, y así reconstruir su versión de los hechos.
“Todos los obreros con los que hablamos, nos dicen que mi hermano estaba almorzando, a las dos menos cuarto, y deja de comer para ir al puente. Que la empresa quería que ese puente grúa arrancara, porque ya a la mañana no había trabajado”, dice Adriana. “Los de la tercerizada me dijeron que en los últimos meses, para supervisar el puente grúa número uno, iban Insaurralde y Blanco Mato”.
Las quejas de Rubén le habían llegado a la familia tiempo atrás: en la planta faltaba personal; como había menos trabajo, les daban vacaciones. “Nosotros creemos que Rubén se estaba encargando de supervisar porque no estaban los supervisores intermedios, y que la empresa lo sabía. Ellos no pueden reconocerlo, porque es aceptar que mi hermano estaba cumpliendo funciones que no le correspondían”.
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Para investigar las causas de la muerte de Rubén, la familia tuvo que estudiar a fondo cómo era su trabajo. Las normas y protocolos dicen que para trabajar en un puente, hay que desenergizarlo. ¿Quién activó la energía del puente cuando Rubén estaba arriba?, aún es un misterio. No existe un acta que explique cómo se puso activa esa grúa: “Unos operarios me confesaron que muchas veces, para hacer más rápido, no desenergizan. Que la empresa quiere todo para ayer”, comenta Adriana.
Su novia Melina sabía que la empresa registra las órdenes de trabajo paso a paso, en un sistema de gestión SAP, y que tenía que estar ingresado en la notebook de Rubén. Unos obreros le advirtieron: “ahí debe estar todo”. La familia se enteró después de un detalle: “El día de la tragedia, los jefes secuestraron la notebook. Cuando se reunieron con las autoridades de la empresa, el gerente Yomha les dijo: “la notebook fue formateada, el usuario estaba asociado a una clave de Rubén, nadie hubiese podido entrar”.
No todas las medidas de seguridad eran seguras. Los mismos operarios le explicaron a la familia, que el tipo de arnés que Ternium les imponía usar, era inapropiado para trabajar en la grúa. Ahí arriba no había condiciones adecuadas para anclar el cabo de amarre a una línea de vida, cosa que si se caen, queden asegurados.
Varios operarios, con años de experiencia en mantenimiento, le dijeron a Adriana que cuando ellos estaban entre los motores, el arnés lo desenganchaban. “Ellos se habían quejado a Seguridad e Higiene y no los escucharon. Preferían que los sancionaran – ya eran tres con sanciones - al riesgo de un atrapamiento, que es lo que le pasó a mi hermano”, se lamenta Adriana. “Mi hermano hizo lo teóricamente correcto. El subió con el arnés puesto y anclado, eso se ve en las cámaras de la empresa”.
La familia también leyó normas, estudió protocolos, y constató sus informaciones con operarios de la planta. Para trabajos en altura, la norma indica dos personas arriba, una es para comunicarse con el gruista. “Mi hermano arriba, estaba solo”, se lamenta Adriana.
Un obrero que pidió el anonimato, cuenta: “Cuando fue el accidente, ahí adentro era todo un descontrol, los jefes no sabían qué hacer. Nos acercamos al muchacho de la grúa, estaba llorando desconsoladamente, decía que él nunca había operado un comando de grúa, que no sabía cómo se hacía”.
¿Pero cómo, ese muchacho era el mismo Esteban Blanco Mato, el que según el oficial principal del peritaje, tenía todos los conocimientos para hacer lo que estaba haciendo? Un mecánico de muchos años aclara: “Una cosa es tener los conocimientos teóricos - acá todos sabemos cómo se maneja una grúa -, otra cosa es tener los conocimientos prácticos y estar habilitado para hacer el trabajo”. El obrero es terminante: “Ninguno de los dos – ni Insaurralde, ni Blanco Mato - estaban habilitados para hacer lo que hicieron, uno estaba fuera de convenio, y otro pertenecía al convenio ASIMRA de supervisores. El personal jerárquico, le digo, no puede hacer ese trabajo. Solo estamos habilitados al trabajo manual, los del convenio de la Unión Obrera Metalúrgica - UOM”.
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A los diez días de la muerte de Rubén Insaurralde, la red social -Trabajadores de Base Siderar, de San Nicolás, publicó la noticia con una entrevista a los trabajadores de Ensenada:
“El compañero era muy joven, hacía poco que se había recibido de ingeniero y ya estaba trabajando acá adentro, en planta. La empresa se aprovechó, lo presionaron, como te presionan acá, con mantener tu trabajo. Lo presionaron para que vaya a meterle mano al motor eléctrico de la grúa puente, lo apuraron para que la saque andando antes de que ingrese el otro turno. Y entre los jefes operaron la grúa, uno de ellos la accionó, levantó la palanca y le agarró el arnés de seguridad, atrapándolo”.
Las presiones que empujan a jóvenes que quieren avanzar en un trabajo que les costó años conseguir, que quieren cumplir y destacarse para progresar, pueden jugarles una mala pasada. Un operario con trayectoria en mantenimiento lo explica: “En la actualidad los encargados de mantenimiento son todos ingenieros jóvenes, antes se hacía carrera”, comenta el operario, “Ese chico era nuevo, con poca experiencia, y muchas presiones por parte de la empresa para resolver los temas, y una persona joven no las sabe llevar. Sin el convenio por detrás, piensan que pueden perder el trabajo”.
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El segundo peritaje, fue contratado por la familia Insaurralde, para evaluar los sistemas de seguridad del puente grúa en el que murió Rubén.
El perito, Ingeniero mecánico y laboral, Francisco Zatko, destacó en su dictamen que la mayor parte de las capacitaciones teóricas del técnico Blanco Mato, estaban vencidas, aclara la Dra. Nogareda, abogada de los Insaurralde. El perito también confirmó que el recinto de los motores de la grúa, escenario de la muerte de Rubén, no señalizaba que es un lugar inhabilitado para la circulación o permanencia de personal. Que las normas de la empresa que instruyen desenergizar el puente grúa, no se refieren a las tareas de inspección, que requieren hacerse con el equipo en marcha.
Los técnicos de Seguridad e Higiene que dieron la charla de capacitación al personal de Terniun, a las pocas semanas de la tragedia, indicaron como una de las causas de la muerte de Rubén Insaurralde, la falta de entrenamiento en el puesto de trabajo para jóvenes profesionales, y la falta de protección mecánica del recinto de los motores. Ese mismo lugar al que el gerente de mantenimiento Jorge Yomha se refirió, en la reunión con los familiares, como un recinto que, aunque no estaba señalizado, su acceso prohibido era de público conocimiento, comentó Adriana, hermanas de Rubén. Un lugar que meses atrás, según contaron los obreros, había sido protegido con paneles para evitar los enganches de las ropas de los operarios, pero que ese fatal 10 de agosto de 2018, estaba al descubierto.
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En los Tribunales de la ciudad de La Plata, se abrieron las investigaciones en una causa civil, y en otra penal. En la civil se busca que los identificados como responsables, resarzan económicamente a la familia Insaurralde y a Melina Gancedo, su novia. Los querellantes demandan a la empresa Ternium Siderar, a Esteban Blanco Mato que es el empleado involucrado, y a la ART.
La causa penal está caratulada como homicidio culposo. Los Insaurralde quieren identificar las cadenas de mandos y de responsabilidades. ¿Quiénes son las autoridades jerárquicas de Ternium Ensenada, que debieran responder por los déficits de los sistemas de seguridad? “Nosotros queremos demostrar que mi hermano cumplió con las normas, por eso subió con el arnés que le provocó la muerte, no fue un error de él”, apunta Adriana.
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Pasó más de un año y medio del momento en que Rubén desapareció de las vidas de su novia, de su familia, de sus amigos.
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Su compañera, Melina, continuó con el programa de radio, y escribió un libro, Vivir después del dolor. Su mamá María, busca paz en sus nueve nietos. Adriana, su hermana, sigue recorriendo programas de radio, respondiendo entrevistas, pidiendo testigos, buscando pruebas. “Si se pueden evitar, no son accidentes laborales”, denuncia Adriana.
Sus amigos Yolanda y Matías, se siguen reuniendo con Melina a cenar. Hicieron un pacto: llegan siempre puntuales, como le gustaba a Rubén.
Mientras tanto, en el holding de la Organización Techint, todo sigue a su ritmo. Los Rocca siguen vendiendo acero por el mundo, y se mantienen en el primer puesto del ranking Forbes, de las 50 familias más ricas del país.
La planta de Ensenada sigue largando bobinas de acero. Y a los cuatro meses de la muerte de Rubén, llegó un mensaje al mailing de jóvenes ingenieros -lo recibió la propia Adriana-. Allí se convocaba: “En la planta de Ensenada se busca un ingeniero mecánico. Es un puesto contratado para el sector de Ingeniería de Mantenimiento. Enviar CV”. Lo que se llama borrón y cuenta nueva.
Noemí Giosa Zuazua, Febrero 2020