En Las Personas, dirigida por Vivi Tellas, los personajes no son “actores y actrices profesionales”. Son personas que exponen su intimidad, y lo hacen desde una especie de interpretación de los sucesos de sus propias vidas. Un relato que está enmarcado en la categoría que la propia directora creó y bautizó como Biodrama.

Natalia Rizzo @rizzotada
Jueves 4 de septiembre de 2014
Esta forma de hacer teatro tiene un correlato directo con el auge de los reality shows de la industria televisiva. El biodrama se teje en el delgado surco que divide la ficción de la realidad, así como lo privado de lo público. Quienes acudimos a ver la obra, somos invitados a formar parte de una experiencia donde nuestra mirada se torna voyeurista. Jugamos a espiar la intimidad de personas reales.
La particularidad que tiene este biodrama es que son los propios trabajadores y trabajadoras del teatro San Martín los/as que invierten su rol invisibilizado del detrás de escena, para subirse a las tablas a contarnos parte de su historia. Esa que no vemos, la historia que no hace historia, toda una realidad encubierta detrás de las ficciones de las que solo suele reconocerse a “personas destacadas de la cultura”, a los que están sobre el escenario.
¿A quiénes aplaudimos, cuando celebramos habernos deleitado con una obra? ¿Alguna vez pensamos en cada uno de los que hicieron posible que la obra se llevara a cabo? Iluminadores, sonidistas, vestuaristas, escenógrafos, utileros, maquilladores, y más… Ellas y ellos mismos ¿reconocen la importancia de su labor?
¿Y cuando vemos una lapicera o un auto, un broche, cualquier objeto de uso cotidiano, pensamos que es trabajo materializado? Los trabajadores y trabajadoras que realizan cotidianamente estas tareas dentro de la producción en serie, reconocen lo que su propia labor aportó a la fabricación de esos objetos?
Vivi Tellas además, declara que “Las personas” es una nueva forma de teatro: “teatro tomado”. Tomado por sus trabajadores y trabajadoras. Pues yo diría que no lo es en términos absolutos ya que no fueron los propios laburantes los que hartos de ser invisibles ocuparon la escena, sino que la propuesta surgió de la directora. De todos modos, la obra tiene la gran potencialidad de poder despertar cuestionamientos alrededor del sistema del arte y sus instituciones. Por otro lado, los trabajadores y trabajadoras del teatro San Martín, han declarado que descubrieron que la actuación es algo que no quieren dejar de hacer, que ya no quieren bajarse del escenario.
No puedo dejar de expresar que esta pieza me interpela en el plano de lo personal. Trabajé durante 11 años en el Centro Cultural San Martín. Estudié Bellas Artes. Luego de cumplir la jornada laboral utilizaba mi tiempo a hacer tareas creativas relacionadas con las artes visuales. En aquel momento, día tras día, año tras año, mientras ocupaba la mayor parte de mi vida en producir muestras de otros artistas pensaba, fantaseaba, con la idea de que quienes estábamos ocultos tras bambalinas pudiésemos mostrar nuestro “arte” en esas mismas salas. Ahí estábamos los “no elegidos”, o los del salón del detrás de escena. Muchos incluso, actores, actrices, bailarines, bailarinas, escenógrafos, músicos, titiriteras. Compañeros y compañeras -por nombrar sólo algunos casos- que formaron parte de “El trío Los Panchos”, “Puente Celeste”, “Dr. Vidal”, “Instinto de Venganza”,el “Grupo Boedo” de teatro, “Ataque 77”, o compañeras dibujantes ilustradoras y pintoras, compañeros fotógrafos, directores de teatro como aquél al que le escondíamos su patito amarillo de la suerte.
Retomando los interrogantes, desde un punto de vista histórico podríamos preguntarnos:¿Cuántos escultores trabajaban con Miguel Ángel, en La Piedad de la basílica de San Pedro del Vaticano? Cuántos con Lola Mora en la Fuente de las Nereidas?¿Cuáles eran sus nombres? No lo sabemos. La historia sólo guarda un recorte de la totalidad de los acontecimientos.
Detrás de escena hay alienación tanto como trabajo materializado, hay olvido, pero sobre todo hay historias. Historias de vida.
¿Y si un día pudiéramos tener las condiciones materiales para poder tener ratos de ocio y hacer si quisiéramos/pudiéramos arte? ¿Qué mundo nos daría esa posibilidad? ¿Qué mundo sería ese?
En la sociedad comunista, cada “persona” podría desarrollarse en todas las actividades que quisiese ya que la sociedad misma regularía la producción general, por lo tanto ninguna mujer, ningún hombre, tendría que dedicarse a una tarea exclusiva. En una sociedad comunista no existirían los “artistas”, sino “personas” que puedan dedicarse a dibujar, pintar, actuar… a hacer arte.
“Las Personas” puede verse en la sala Casacuberta del Teatro San Martín, Av. Corrientes 1530. Martes a las 20. Entrada: $ 30.

Natalia Rizzo
Artista Visual, nacida en 1980, oriunda de Villa Luro. Es profesora Nacional de Bellas Artes y realizó la Maestría en Artes Electrónicas de la UNTREF. Miembro de Contraimagen y del equipo de diseño e ilustración de Ideas de Izquierda.