Maestras, fumigadores y banderilleros, los casos testigo en las filas obreras del lado más oscuro del agronegocio.

Roberto Andrés Periodista @RoberAndres1982
Viernes 5 de agosto de 2016
Fabián Tomassi fue fumigador y su caso es el más emblemático del daño causado a los obreros por los agrotóxicos. Hoy sufre polineuropatía tóxica severa y atrofia muscular generalizada, y está jubilado por incapacidad. Ana Zabaloy es maestra y exdirectora de la escuela N° 11 José Manuel Estrada de San Antonio de Areco, una escuela testigo permanentemente fumigada. La primera vez que fumigaron estuvo 15 días con adormecimiento facial. Jorge Salvador Guillaume fue banderillero, asistente de aplicación aérea de agrotóxicos. En 2007 contrajo carcinoma labial inferior. Hoy se encuentra fallecido.
“Hemos condenado la vida de nuestras generaciones venideras por solamente hacer de esto un negocio”
Fabián recientemente dio una entrevista a Canal 9 Litoral y su imagen es portada del libro Envenenados, una bomba química nos extermina en silencio, de Patricio Eleisegui, libro que según denunció su autor es objeto de censura por la editorial distribuidora Galerna. Fabián fue fumigador rural en Basavilbaso, Entre Ríos. Trabajó durante años en tareas de carga y bombeo en una empresa de aplicación aérea. Hoy, con 50 años, sufre polineuropatía tóxica severa y es tratado por atrofia muscular generalizada, lo que lo obliga a estar postrado.
“Me envenenaron y me metieron en una prisión domiciliaria. Mi vida transcurre en mi casa. Me jubilé por incapacidad y me detectaron polineuropatía tóxica severa, la ‘enfermedad del zapatero’. Es aspirar los solventes que traen las sustancias, que son todas similares y afectan el sistema nervioso periférico”. “Ahora también me está afectando la conciencia. No sabía que el veneno modificaba el ser consciente. Estoy perdiendo la vida”, le dijo a Canal 9 Litoral.
Tomasi estuvo en contacto con glifosato, tordon, propanil, endosulfán, cipermetrina, 2,4D, metamidosfos cloripirfos, coadyuvantes, fungicidas, gramozone y otros químicos. La mayoría están prohibidos en muchos países del mundo por su alto grado de toxicidad (solo el glifosato está prohibido en 74 países), pero en Argentina no hay ninguna ley nacional que regule el uso de herbicidas. El hermano de Fabián falleció luego de haber sufrido las consecuencias de estar expuesto a las fumigaciones.
“Tendríamos que poder ofrecer, en mi caso, el dolor corporal para que entiendan por qué es mi rechazo absoluto a esta matanza que está generando la multinacional Monsanto y todos sus consecuentes que ganan dinero con esto. Son sustancias diseñadas en laboratorios para matar. Si no lo hacen no sirven”. “Tenemos una igualdad genética con los vegetales de casi un 70 %. Explíquenme cómo hacemos para que esas sustancias distingan entre el pasto y un humano”, enfatizó.
Efectivamente los agotóxicos son utilizados para matar todo lo que no esté predeterminado genéticamente por empresas biotecnológicas como Monsanto para resistir. Forman parte del paquete tecnológico de producción agrícola de siembra directa con barbecho químico y semillas transgénicas, y pueden llegar a ser más de 400 millones de litros de agrotóxicos por año los que se riegan en las zonas rurales, con terribles consecuencias para la población circundante.
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Fabián Tomasi es consciente de su rol en la lucha contra el agromodelo, descarta posibilidades de reforma y sus principales críticas apuntan contra “la complicidad del Estado, la Justicia, gran parte de la medicina”. “Hemos condenado la vida de nuestras generaciones venideras por solamente hacer de esto un negocio“, sostuvo. “No creo en un progreso que sacrifique a tantos seres involuntarios. No solo hay que pedir que paren de fumigar en las escuelas, sino que dejen de fumigar. Creo que estoy en la misma pelea que muchos. Estoy totalmente convencido de que el daño ocasionado es imposible de evitar. No sé cuánto tiempo tendrá que pasar”, concluyó.
“Esa inhalación me produjo un adormecimiento facial que me duró quince días, tos de dos meses y una toma de conciencia terrible de lo que estaba pasando en la escuela”
Ana Zabaloy pertenece a la Escuela n° 11 de San Antonio de Areco. Esta escuela padece el flagelo de la contaminación por agrotóxicos en una de las zonas núcleo de la actividad sojera bonaerense. Lejos de tener las comodidades de cualquier otra institución educativa de la ciudad, sufre a diario los embates de los grandes productores agropecuarios, ya que el edificio está rodeado de cultivos agrícolas. Es una de las tantas escuelas fumigadas del país.
“La primera fumigación y muy traumática, se hizo en pleno horario escolar a las 9 de la mañana, un día de mucho frío y niebla. El productor que trabaja el campo vecino fumigaba con 2,4D, que como todos sabemos es uno de los componentes del agente naranja de Vietnam. Estábamos adentro muy encerrados por el frío. Empezamos a sentir un olor terrible, fuertísimo. La primer señal de alarma es que los nenes inmediatamente lo identificaron, y ellos me dijeron ‘seño, es el olor del veneno de los mosquitos’”. “Salgo un par de minutos a la puerta de la escuela a atender un llamado y ahí inhalo accidentalmente la neblina. Esa inhalación me produjo un adormecimiento facial que me duró 15 días, tos de 2 meses y una toma de conciencia terrible de lo que estaba pasando en la escuela”.
Hace tiempo que Ana Zabaloy maestra rural y exdirectora del establecimiento viene denunciando las fumigaciones que llevan a cabo los productores, a tan solo veinte metros de donde sus alumnos juegan a diario.
“De repente yo perdí mi inocencia, porque cuando fui a denunciar esta situación pensaba ¿quién podía no estar a favor de la salud de los chicos? ¿Quién podía no condenar esta conducta? Y bueno, me encontré con una realidad que desconocía. Ahí se generó todo un debate. Se escucharon muchas cosas. Dudaban de mi afección. Salieron los productores a decir que las fumigaciones eran totalmente inocuas, que las derivas no existían”
Dibujo de un alumno de la escuela N° 11 de San Antonio de Areco.
A partir de un estudio realizado en la escuela por el Espacio Multidisciplinario de Interacción Socio-Ambiental (EMISA) perteneciente al Programa Ambiental de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de La Plata, encontraron presencia de más de siete químicos, todos relacionados a la actividad agrícola, en muestras tomadas en el suelo de las hamacas donde los alumnos pasan sus recreos, en las pruebas de agua de lluvia, en el sector de la huerta, entre otros.
“Ese análisis sirvió mucho, porque la escuela es un caso testigo de lo que pasa cuando las escuelas, los territorios, son fumigados sin piedad. Cuando los intereses económicos arrasan con todos los demás intereses, el de la salud, el de la vida, el de los derechos de los niños”, sostuvo Zabaloy.
La maestra rural también apunta contra la burocracia sindical: “Los grandes ausentes en la provincia de Buenos Aires son los gremios docentes. Es vergonzoso. No se pronuncian en este sentido por más que se elevan notas. Tampoco existe el compromiso de la Dirección General de Escuelas. Las inspectoras reciben las notas y las elevan. Siempre las elevan. Deben estar por el cielo las notas”
“En una década, los casos de cáncer en niños y las malformaciones en recién nacidos aumentarán un 400 %”
Pueblos enteros son fumigados con los aviones aplicadores de agroquímicos, los cuales sobrevuelan los sembradíos, o por aplicadores terrestres conocidos como “mosquitos”, que transitan por zonas prohibidas como rutas o calles vecinales.
“En 2012 se utilizaron 370 millones de litros de agroquímicos sobre 21 millones de hectáreas, el 60% de la superficie cultivada del país. Esto significó que, en una década, los casos de cáncer en niños y las malformaciones en recién nacidos aumentarán un 400 %”, denunció el fotógrafo Pablo Piovano en su exposición El costo humano de los agrotóxicos.
Las personas afectadas habitan en zonas rurales, o pueblos, que están ubicados muy cerca de las zonas de fumigación. Muchas de ellas han trabajado en esas empresas, y otras son contaminadas a través del agua que beben, o el aire que respiran, como el caso de las escuelas rurales, las cuales han denunciado incansablemente que dejen de fumigar, ya que el viento transporta los químicos tóxicos.
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“Estoy perdiendo la vida”
Lamentablemente las palabras de Fabián Tomasi no son una metáfora, sino la realidad de un sector de la clase obrera. Ya lo había dicho Karl Marx en el Capital, al analizar la agricultura capitalista: “No desarrolla la técnica y la combinación del proceso de producción social más que socavando al mismo tiempo las dos fuentes de donde mana toda riqueza: la tierra y el trabajador”.
Jorge Salvador Guillaume fue banderillero, asistente de aplicación aérea de agrotóxicos, y en 2007 contrajo carcinoma labial inferior, un tipo de cáncer a la boca. Pero no contamos con su testimonio. Jorge falleció.