La fuga de intendentes desde el Frente Renovador al Frente para la Victoria evidencia las escasas diferencias entre massismo y sciolismo. Un clima político conservador marca el fin de ciclo kirchnerista.

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo
Viernes 29 de mayo de 2015
En estos días todo apunta a la consolidación de una escena política nacional marcada por la polarización entre Scioli y Macri. En ese marco Sergio Massa aparece cada vez más marginado de la carrera presidencial. Si la primera oleada de las PASO permitió el ascenso de Macri como figura de la oposición en detrimento del ex intendente de Tigre, las elecciones de Chaco son parte del empujón pro Scioli que delinea los contornos de la situación.
Cruzando el puente
Scioli gusta de repetir que quiere ser el “puente entre lo actual y lo que viene”, sin definir qué es claramente lo actual y qué será lo que viene. Sin embargo, por estos días, actúa como una suerte de puente de plata para los intendentes que abandonan el Frente Renovador para volver a las filas del kirchnerismo.
Lo logra en tanto y en cuanto encarna las condiciones políticas necesarias para volver sin grandes costos. Si, como definió Diego Genoud, Massa es “menemismo político y kirchnerismo económico”, Scioli es una suerte de menemismo implícito o moderado con el mismo programa para la economía.
De allí que, sin mediar grandes crisis ideológicas, en el transcurso de los últimos días, dos intendentes de peso dieron el salto hacia el kirchnerismo. Uno fue el de la localidad de Pilar, Humberto Zúccaro. El otro fue el histórico Raúl Othacehé, de Merlo. Dos fuertes golpes al massismo que dice tener, hasta el momento, su plaza fuerte en la provincia de Buenos Aires. Habrá que ver.
Ese movimiento de confluencia entre peronistas que se fueron con Massa y ahora retornan, tuvo una de sus expresiones más cristalinas en Martín Insaurralde que, por estos días, hizo su propio “baño de humildad” por presión de los mecanismos del aparato kirchnerista y no de sus peleas político-ideológicas, MI se bajó a la elección de Lomas de Zamora.
Todo esto empuja en el camino de confirmar el fortalecimiento de Scioli al interior del FpV en detrimento de Randazzo. Aunque este miércoles, según publicó el diario Ámbito Financiero, se conocieron rumores de que la “mesa chica” del kirchnerismo podía empujar al ministro a bajar a la competencia por la provincia, la estrategia oficial pareciera ser fortalecer la interna de modo de tornarla competitiva, atrayendo a los sectores progresistas que no votan a Scioli. De todos modos, en el universo del pragmatismo K, nada está descartado.
Un clima conservador
El crecimiento del sciolismo dentro del espacio político nacional no debería sorprender. Es la consecuencia lógica de una tarea bien realizada por el kirchnerismo: la preservación de la casta política cuestionada con el “Que se vayan todos”.
Esa casta logró aggiornarse y reconvertirse luego de las jornadas de diciembre del 2001 y la caída de De la Rúa. Como se señala en Los Límites de la voluntad (Ariel Historia, 2014), los gobernadores peronistas “convencidos a la vez de su escaso valor simbólico en el clima de ideas todavía fuertemente signado por el “que se vayan todos”, y de su elevado valor institucional para el dispositivo gubernamental (…) respondieron a la transversalidad tratando simultáneamente de acercarse a las posiciones culturales de Kirchner”.
Ese acercamiento se extendería a lo largo de todo el ciclo kirchnerista. La historia posterior mostró que kirchnerismo y “pejotismo” podían convivir a costa de dos concesiones: los viejos caciques territoriales aceptaban el progresismo gubernamental como condición de la nueva “época” y el Estado nacional financiaba sus arcas y olvidaba sus “pecados feudales”. Fue eso lo que hizo posible una alianza duradera con figuras como Insfrán o Urtubey.
Scioli encarna esa fusión tal vez como ningún otro, adhiriendo a los “valores” culturales globales de la década, pero con su “impronta”. Como quedó claro el domingo pasado, los progresistas por más que se esmeren, no pueden hacer que Scioli entre en contradicción con los postulados globales del modelo, por lo menos, no con aquellos que la misma Cristina reivindica.
En este clima político orientado hacia la centroderecha, Randazzo aparece como una suerte de figura tragicómica, desarrollando un discurso que no puede diferenciarse claramente de Scioli porque implicaría diferenciarse de Cristina Fernández.
El fin de ciclo del kirchnerismo nos entrega un clima político conservador, a tono con la figura del ex motonauta, donde el progresismo se ha diluido y desfigurado. Una escena que pinta esta situación es la confesión de Hebe de Bonafini de que votará por Aníbal “masacre de Avellaneda” Fernández. No es necesario señalar nada más.

Eduardo Castilla
Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.